TAN DIVERTIDO

Tan divertido


Este mes tratamos el ocio y vamos a hablar de toros. Nos molan los toros. Es más auténtica una corrida de toros que las cervezas que te tomas con tus amigos. ¡Qué liada! Es broma ―o no―, pero hay una idea que nos atormenta: ¿de qué hablas cuando tu vida no es interesante y sales a tomar algo? De tu trabajo no quieres hablar y no tienes tiempo para ver series. Las PUTAS series. Si los jueves son los nuevos viernes, las series son los nuevos sábados y más te vale emplearte a fondo hasta el último capítulo de la temporada o te quedas sin salir.

¿Qué es ocio y qué no es? Diversión, risas, relax, absentismo laboral, novillos. Hacer novillos es ocio aunque te aburras, igual que ir a ver una peli de mierda. Los nueve eurazos que has pagado se encargan de asegurarte que lo que estás consumiendo es ocio. En tu cara y en pantalla gigante.

Si hace unas décadas el tiempo social se dividía en días de la semana con ocho horas de trabajo, ocho de tiempo libre y ocho de sueño (sobre todo para quienes tuvieran mujeres que se encargaran de cuidar de sus casas y sus familias, a las que no se les aplicaba eso del tiempo social), hoy en día esa división está patas arriba. Trabajas cuando puedes, te emborrachas los findes curres o no al día siguiente y te duermes en el bus. También en tu cama, sí, pero ¿hace cuánto que no cambias las sábanas? El autobús por lo menos lo limpian todos los días.

¿Qué demonios es ese tiempo libre? Las pasamos canutas para conseguir algo que gastamos, como si fuera dinero, en itinerarios predefinidos, en consumiciones absurdas o en eventos de mierda, como si fuéramos un mono apostando en la ruleta: doble o nada y ya es domingo por la noche.

Todo el mundo llega a casa y se siente cansado, vapuleado, derrotado. Y si no es tu caso es que te faltan horas de Whatsapp. Así, el ocio es ante todo una maldita obligación más. Si hay algo transgresor y, por tanto, proscrito, eso sigue siendo la vagancia; y ante ella el ocio es la obligación con rostro humano, la socialdemocracia del tiempo. Pero la más jodida, una como la de Toni Blair o Susana Díaz.

Cuando pensamos en nuestro ocio se nos vienen a la cabeza actividades más bien poco satisfactorias, a menudo relacionadas con el trabajo y los estudios o con sus gentes y sus temas de conversación. Cada vez es más difícil encontrar esos momentos de ocio como «desconexión», porque cada vez es más difícil interrumpirnos.

No sólo realmente, ya que en prácticamente cualquier sitio en el que te escondas para divertirte, por infecto que sea, te puede llegar un mensaje con el último meme de Albert Rivera, o una invitación a picar algo (follar) con tu jefe (¡toma ocio!). Sino mentalmente: ¿qué divertimento es capaz de atraparnos durante horas, días incluso, y hacernos olvidar nuestra pusilánime condición de trabajadores o aspirantes a? BDSM, insurrecciones, huelgas salvajes. ¿Cómo nos divertimos en realidad? Tomando cerveza, bailando mal, leyendo poco y drogándonos mucho. Todo inocuo, todo diluido, domesticado, manso. A veces deseamos volver a tener la varicela solo por divertirnos un rato.

Casi siempre las formas de evasión a las que nos precipitamos están más relacionadas con la satisfacción de un vínculo social que con lo personal. Sospechamos que si hay una salida a todo esto, si existe una escapatoria, tiene que ver con dos cosas: la destrucción de las estructuras que hacen del trabajo y del ocio una obligación y la realización de actividades en soledad, que no se cuentan después en Facebook.

¡Casi nos olvidábamos! Los conciertos, obras de teatro, exposiciones. El ocio como cultura. El otro día fuimos a la Fundación Telefónica y vimos una exposición de fotos que nos gustó mucho. Todo en blanco y negro. Nos encantó, estaba muy bien. Después picamos algo por ahí. Un saludo.

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