PAROLE, PAROLE, PAROLE…

Parole, parole, parole…

Pablo Rada


Las personas no somos las únicas que envejecemos, también pueden volverse viejas (como de hecho hacen) las ideas, los objetos, las modas y, por supuesto, las palabras. Está claro que cuando hablamos de vejez asociada a alguna de estas diferentes realidades las humanizamos y les aplicamos nuestra dimensión biológica por la relación que guardan con nosotros y, por qué negarlo, debido a que nos gusta pensarnos como el centro de todo. Pero su envejecimiento, si queremos llamarlo así, no funciona como el nuestro.

Hay palabras que perduran y sobreviven durante generaciones mientras sus acuñadores llevan años en la fosa; palabras que parecen inmortales, normalmente útiles y poco evocadoras, sirviendo a la misma realidad siglo tras siglo. Hay otras palabras, primas pobres y algo menos afortunadas que las anteriores, que viven o malviven algo desgastadas, de prestado, siempre al borde del desahucio, esperando el milagro de las modas lingüísticas refugiadas en las páginas de los cursis, los pedantes y los académicos de la lengua (acabo de nombrar a la misma gente tres veces). Hay palabras que viven muy poco tiempo, como los fantasmas del cuento de Navidad: nacen, crecen muy rápido, envejecen más rápido aún y luego se mueren, o si tienen suerte quedan en el habla de alguno que quiere ser joven y no sabe muy bien cómo (aunque lo mejor sería una muerte digna). Y, por fin, (aunque podríamos pensar en más tipos) las palabras muertas, pero muertas de ayer mismo, recientes, o muertas desde hace siglos, con sus pequeños ataúdes y lápidas con sus nombres, al principio llenando cada año los gigantescos y caros cementerios que son los diccionarios. Pero aún hay otra diferencia más y es que… ¡estas muertas pueden resucitar! A veces como Lázaro y otras como Frankenstein (que yo no quiero imponer tradiciones), para un rato o para siempre, un poco malolientes o perita e, incluso, pueden rejuvenecer. ¡De novela, oiga!

Pero no es ésta la única diferencia que vemos entre la vida de las palabras y la de los humanos, porque además de esa curiosa relación con la muerte, las palabras conviven entre ellas sin marcar las diferencias que las personas nos marcamos entre nosotras. Así, cuando vemos cómo habla un colectivo concreto o un grupo observamos que en su habla se mezclan palabras de todas partes, de los pueblos, de la ciudad, del extranjero: no tienen ningún problema, obviamente no les importa su origen. También se juntan sin tener en cuenta edades, si son viejas o jóvenes, palabras del s. XV con palabras de ayer, y tampoco son clasistas y se mezclan hermanas que vienen de los salones y las universidades (del latín incluso) con sus hermanas del barrio, la fábrica o el campo.

Pero, ¿qué dicen estas palabras de nosotras y de nosotros?, ¿de nuestros grupos familiares o de nuestras amistades? A pesar de la aparente libertad con la que viven las palabras, dejan huella de los sitios por los que han pasado, de dónde o cuándo nacieron y, de esta manera, el lenguaje de una familia, su peculiar dialecto, nos puede enseñar cómo geológicamente los diferentes estratos en forma de personas se nos han unido, adquisiciones por edad, profesión u origen; palabras que van viniendo con los tiempos y palabras que van muriendo como los propios miembros de la familia. Pero, si juntamos los diferentes dialectos hablados por una serie de individuos, de familias o de grupos del carácter que sea de un lugar concreto, quizás descubramos una red de orígenes, clases e intereses comunes que marcan los barrios y les dan coherencia y sensación de ser.

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Un pesetas o peseto, según se quiera

Pienso en mi propia familia y en nuestro lenguaje y encuentro mezclados en él los trozos de una intrahistoria que nos han definido como grupo e individualmente, que hablan de nuestras vidas y de nuestros muertos. Y hay de todo: allí conviven desde las palabras y expresiones más antiguas, de mi bisabuelo y mi bisabuela, él de Madrid y ella de Navarra, pero que a su vez a saber de dónde salieron. Tenemos morrosco (‘chico’), «echa la pala», «hacer la horizontal», «el vil metal» y otras expresiones que demuestran que no siempre se tuvo acceso a la educación, mal dichas y fosilizadas en su forma errónea como «¡que hirva, que hirva!» (por «¡que hierva, que hierva!»). En todo lo referido a la cocina hay una clara presencia del norte: chilindrón, churinga, magras, clarete, alubias, longaniza, picachorras.

De mi abuela, de Chamberí, hay palabras antiguas y de ciudad, castizas: diario (y no periódico), chaflán, mandil y nombres de cosas, sobre todo muebles, que el resto traducimos por «con cajones» o «sin ellos»: sinfonnier, cómoda, aparador. Luego tapetes, sietes…, y expresiones cómicas y algo antiguas sacadas de letras de canciones, desde los cuplés y coplas hasta la música ligera italiana y francesa de los sesenta; traducida eso sí, con la omnipresente zarzuela y bromas sacadas de a saber dónde como la pureta (el puré), a lo que toda la gente contesta invariablemente: «¡es lo primero!». De mi abuelo, criado en Navarra y Tolosa: jatorra, chabisque, albérchigo…; un conector muy raro y que suena a reviejo, «so capa de», y expresiones futbolísticas rancias como linier y orsay.

En mi casa, de todas formas, los grandes innovadores del lenguaje han sido mi madre y mis tíos. Adolescentes y malos estudiantes entre los ochenta y noventa, llenaron nuestra habla familiar de expresiones incomprensibles y origen más que dudoso —supongo que muchas de uso común entonces o compartidas por grupos de jóvenes de cierto entorno periférico—, pero incluso entre éstas sólo algunas triunfaron y se continúan usando en casa mientras desaparecían en la calle. Es también el único caso donde se producen verbos y no sólo nombres. La lista es larga y temáticamente hay más palabras para las cosas que más importan. Para cerveza tenemos galimba y mol; un cigarrillo es un diali o un truja o trujilla; para comer, la manduca, y para beber, especialmente si es alcohólico, el alpiste; «tener gusa» es tener hambre y «ser un buitre» es ser un gorrón o un gocho; los garbanzos, gavirolos. Para otras funciones corporales están «el orín de Anthony Quinn», «plantar un pino», «poner un huevo», «volcar o cambiar la libra» (estas dos últimas para vomitar); cosas todas ellas que es preferible hacer en el baño, es decir, en el tigre. Seguimos con la anatomía, un terreno que no hemos explotado demasiado: de abajo arriba están los pinreles (‘pies’), el bullas o bullate, la andorga por ‘tripa’ (pero prominente) y el buque (quizás por el uso de «cabeza buque»), y constituyendo un misterio, incluso para nuestra familia, tenemos la platusa por ‘nariz’. En prendas de vestir no hemos sido muy productivos: los gayumbos cariñosamente abreviados en gayus, aunque esta palabra sea más común; y los picantes, que son las cosas que se ponen en los pinreles. Usamos, por supuesto, verbos como jipiar o «echar un jipio» (‘mirar’), jumelar (‘oler’) y girar (‘oler mal’); y expresiones que denotan bien o mal como cualidades: debuti, que es conocida y entendida por una gran mayoría; y ful, fulaña o fulañil (a veces también «ful de Estambul»), que quiere decir malo. También nombramos realidades locales, normalmente del barrio con palabras que cuentan, estas sí, con el respaldo del uso del barrio: el refu, los banquitos, el campini y, más en general: keli, cada cual la suya; el gachi, el pueblo; el «sesientan cinco», el autobús 65; las blasas, los autobuses verdes; y la camioneta (éste nunca lo entenderé, porque es un autobús, el 500, exactamente igual que los demás).

Un bule, si fuera verde sería una blasa.
Un bule, si fuera verde sería una blasa

Seguro que se me han olvidado algunas palabras o expresiones que usamos, quizás porque hace mucho que no las usamos y van camino de olvidarse; igualmente, seguro que hay quien conocía ya estas palabras o la mayoría de ellas, no dije que fueran exclusivas o propiedad nuestra. De hecho ahí está la gracia: en que sean compartidas por personas de diferente edad, de diversos barrios. Las palabras, incluso las más cotidianas, nos hablan de quiénes somos, de quiénes hemos sido, reflejan nuestras relaciones y orígenes y, más importante que todo eso, nos gustan y les tenemos cariño. Cuando seamos viejas y viejos a saber cómo se hablará o que palabras se usarán, pero quizás hayamos podido conservar en alguna de esas palabras estos tiempos y lugares. Y puede que haya alguna que sobreviva cuando hayamos muerto, así que… ¡parole, parole, parole!

 

 

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