PARADITA SUREÑA

Paradita sureña

Robertzio Pistola


El autobús altera su runrún y enciende las luces. Con el sueño ligero que se puede conciliar cuando estás embutido en un asiento en el que cabe tu cuerpo pero no tu alma es inevitable despertarse. Voy de camino al sur en un trayecto nocturno y se avecina una parada.

Los lugares en los que se detienen los buses de línea que se recorren Españita siempre me han hecho sospechar, y es que a unos impresentables, que les da igual que viajes horas dándote besos en las rodillas y que llegues al destino entumecido, sucio y más viejo, no tendría por qué importarles demasiado la experiencia de usuario en sus paradas.

A propósito del término: es verdad que «experiencia de usuario» se usa sobre todo para dispositivos electrónicos o páginas web, pero le viene que ni pintado al establecimiento en el que caí en plena madrugada. Ese lugar era lo post-digital. O mejor aún: la única gasolinera abierta en el minuto posterior al apocalipsis nuclear que se va a llevar por delante nuestro mundo de pantallas y de máquinas de hacer zumo de naranja BIO. Un vertedero de la grasa de nuestro tiempo que se mantiene inexplicablemente en pie.

Nada más bajar, lo que encuentro me hace ver que no estoy ante el habitual bar-hostal-tienda de recuerdos regionales de carretera. En el medio del sopor aparece una mole rectangular con cristaleras y una intensidad lumínica de esas que deben usar los despertadores para ciegos, pero multiplicada por cien.

La puerta se abre y el primer golpe de vista quita el hipo: un espacio enorme infestado de mesitas con bandejas sucias, llenas de botellas de plástico vacías y envoltorios de comida cutre. Escenario que contrasta con el rótulo gigantesco pintado en alguna parte que anuncia a bombo y platillo, en castellano, inglés y francés: la «cocina en vivo» (sea lo que sea eso: se entiende, pero suena raro. Hace pensar en un bocadillo de cangrejo que todavía se mueve) de la que disponen en el establecimiento.

La estética está a medio camino entre el McDonald’s de periferia ―nada que ver con esa parafernalia healthy de los locales del centro― mugriento después de un día entero de trajín, un aeropuerto internacional con baños de última generación y la sección de comida de plástico de una juguetería gigante. Transmite una sensación de desnaturalización absoluta: si tuvieras que ubicarlo geográficamente, señalarías sin dudarlo al cielo y jurarías que ese es el aspecto que tiene el menos glamuroso de los transbordadores espaciales. Los altos techos te hacen sentirte tan pequeño como el minizombie consumista que eres y que se va a lanzar a devorar el primer bocadillo de dudosa tortilla con pan (100 % hecho de) chicle que le pongan en las garras.

Se trata de un sitio para el que la idea de los no-lugares, que tanto juego ha dado para describir espacios como los centros comerciales, se queda pequeña. Este sitio es el antónimo más rotundo del término «acogedor».

Tras el comedor se extiende un amplio autoservicio con precios malsonantes del que parten unas escaleras mecánicas rumbo a ¡un museo! Lo museado es ni más ni menos que el aceite, algo que por la zona en la que estamos no desentona demasiado. Pero tampoco desentonaría en absoluto que el museo fuera de sidecars nazis, de cabezas reducidas por los jíbaros, que conservaran un trozo del Muro de Berlín, que organizaran sesiones de yoga exprés o que hubiera unos calabozos en los que encerrar unas horas a los viajeros díscolos.

En el medio de las mesas con los residuos de los visitantes hay una máquina tragaperras. Salta a la vista que no es su lugar porque está ubicada de tal forma que se le ve perfectamente la parte de atrás, algo que no suele ocurrir por ahí (¡fíjense!) y parece haber caído del cielo traída directamente de cualquier otro bar del mundo. Como si quienes estuvieran detrás de haber creado este delirante complejo de ocio y relax en el medio de la carretera hubieran tenido un arranque de nostalgia y hubieran decidido incorporar ese pequeño detalle de parada tradicional.

Que las rutas de los buses paren en centros como este tiene mucho que ver con esa idea de viaje convertida en turismo atroz, o turismo a secas; que no sólo se está apropiando del destino, también de las paradas. Lo próximo puede perfectamente ser el transporte. Cruceros aparte, Ryanair se ha puesto a la vanguardia con la conversión de asistentes de vuelo en mercachifles que lo mismo te ordenan abrocharte el cinturón, que te venden un perfume, que te sirven la cena recalentada en una caja. Podemos imaginar algo parecido en los autobuses, habida cuenta de que ya casi todos aquellos de largo recorrido incorporan servicios de «entretenimiento a bordo» que te mantienen horas pegado o pegada a una pantalla ubicada en la nuca de la persona de delante.

Y lo más temible de todo: la entrada del ocio en el tiempo muerto, en el trayecto y en las paradas del mismo, insinúa una forma de allanar el camino a la productividad, a poner el viaje a trabajar. De entrada, a que te sigas metiendo en Facebook a producir esos datos tan valiosos y a recibir impresiones publicitarias; de ahí a que te convenzan de no perder el tiempo en un autobús, hay sólo un paso: ya no sólo te podrás entretener, sino que se podrá «¡trabajar mientras te mueves!» WiFi incluido, botellita de agua y «por sólo dos euros más, te incluimos un rollo de papel higiénico por si se te indigesta tu vida».

Cuánto de todo esto sea reversible no lo tengo claro. Ante ello queda, por lo menos, la posibilidad de extrañarse, de asquearse, cada vez que, en calidad de viajeros o «transportados», aparezca una experiencia de este tipo. Recordad que el viaje es otra cosa. Aun así, es complicado reponerse. El letrero de despedida rezaba «Próxima sonrisa» y todavía me dura el mal cuerpo.

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