PABLO RIVERO O EL HUMOR DE LA DESESPERANZA

PABLO RIVERO O EL HUMOR DE LA DESESPERANZA

Carlos Heras


Érase una vez el fin (Anagrama, 2016) son 134 páginas de vómito. La última novela de Pablo Rivero es un torrente de desprecio a la clase media, de odas a las drogas y al alcohol, de misoginia, miseria y sordidez. «Odio a la gente que puede disfrutar de la vida» es la cita que hace inútil esta reseña.

 La novela cuenta la historia de un hombre a la deriva que trabaja como pianista en un hotel (sic) y vive en casa de sus padres. La voz es una primera persona insistente, cruda, con la que no cabe identificarse: «Estoy cerca de un parque que conozco bien. Suele haber muchos niños y no me será difícil quitarle la merienda a alguno y huir», dice después de otra noche lamentable.

 La huida hacia ninguna parte de este hombre la desata una deuda de juego. Lo que sigue es una odisea por un Gijón contemporáneo tan sórdido que el de Nacho Vegas parece un cuento de hadas; una ciudad (los fragmentos de una ciudad) que estaba en crisis mucho antes de que esa palabra fuera una tendencia, luego un gran tema, luego un cliché, y luego algo que dejó de tener sentido de tan normal que se volvió; un territorio donde Toni y Mari tienen una tienda que se llama Mundo Chuche, un nombre —nos dice el narrador— con el que nadie puede hacerse rico.

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 Una huida por el presente donde vale todo: pegarle una paliza a un adolescente, robar dinero en los hospitales, gastarlo en cocaína en lugar de en pagar las deudas. Y en paralelo, el lector es testigo de un recorrido por el pasado que tiene poco de ajuste de cuentas y más de pequeños episodios que, en píldoras, apuntalan el momento fundacional de la miseria del personaje:

 «Aquel que marca el punto de inflexión de mi infancia para convertirme directamente en un hijo de puta sin un aparente proceso de transformación».

 Érase una vez el fin va de un policía que maltrata a un yonqui porque sí. Va de un mal hermano y un mal hijo. Va de palizas, cigarros, alcohol, cocaína, hambre y dolor. Va de sacar varias copas gratis, una en cada garito, armando trifulcas porque el alcohol es de garrafón. Va de una sucesión de anécdotas que no se pueden contar en un bar, porque en este caso la infamia siempre se relata en primera persona.

 Las situaciones más sórdidas se describen con el detalle de quien está muy familiarizado con ellas o ha escuchado muy buenos relatos al respecto —a  pesar de que Rivero, nos dicen las reseñas de la prensa local, es profesor de primaria y músico—, pero los aciertos del libro van más allá:

 El primero, lograr construir un personaje absolutamente desesperado, pero completamente lúcido. Ahí reside el humor de la novela, que a ratos hace reír a carcajadas: sólo quien está fuera de juego es capaz de retratar sin ambages las miserias de los demás; sólo quien ha renunciado a la vida identifica el patetismo del hermano que logró opositar, pero sólo obtuvo el divorcio de la esposa y el desprecio de los hijos, del padre que no se quita el pijama, de la madre que sólo puede preparar gambas caducadas por Navidad.

 El segundo, cerrar toda esperanza a pesar de los amagos. Hay un lugar de la narración que apunta a la rehabilitación del fracasado que nos habla. «Todas esas muestras de cariño me hieren de muerte. Cada vez que alguien me demuestra algo a cambio de nada, coloca un espejo frente a la conciencia que nunca quiero ver», nos dice el pianista postrado. Y sin embargo, la novedad, la posible senda hacia la luz, el amor entre dos personas sin esperanza, acaba en la negrura absoluta de la muerte, única redención posible tras esa sucesión de tropiezos y abyección.

 En esta novela, lo hermoso sólo aparece como algo donde mearse. O como el recuerdo de un futuro que nunca fue. Únicamente hace falta un poco de maldad para reírse.

Érase una vez el fin. Pablo Rivero. Anagrama. Barcelona, 2016. 134 páginas. 14,90 euros

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