ODIO PAUSADO

Odio pausado

Miguel Bravo


El odio suele ser denostado, despreciado, considerado propio de gente de mal vivir y cortos de luces. El odio se esconde, se tapa, se mete debajo de la alfombra, se niega su existencia. Las redes sociales lo reprimen, pudiendo ser denunciados los lenguajes groseros o las intimidaciones. Y es que en el mundo pausado, es decir, en las instituciones (colegio, juzgados…), en la mayoría de formas de lenguaje escrito (excepto en los chats) se exigen buenas maneras, respetando siempre a la persona que se tiene delante.

En este tema es fundamental tener en cuenta dos velocidades, dos tramos de nuestras relaciones sociales: la acelerada/espontánea y la pausada/meditada. Siempre hay situaciones en las que estamos con gatillo fácil, nos encontramos en una situación acelerada y vomitamos todo tipo de insultos. Ejemplo de esto es el momento de odio máximo a la persona que te tira un café encima, o al administrativo que te pone veinte problemas en un minuto de conversación, o el momento de discusión política acalorada entre borrachos. Pero, por otra parte, vemos que existen situaciones en las que estás en casa, recordando lo que te ha pasado en algún otro momento, y te empiezas a acalorar. Eso es una situación pausada. Una y otra circunstancia son muy diferentes entre sí, ya que ni son los mismos estímulos ni los mismos razonamientos, siendo en la última situación mucho más complejos y elaborados.

Y aquí empieza mi problema. La sociedad, pese a su odiofobia (yo también me quería inventar una fobia, no le voy a dejar monopolio a El País), suele perdonar los arranques de ira en situaciones aceleradas. Hay muchas frases tópicas: «Claro, pobre, con el día que llevaba…»; «¡Si es que como para no!, con lo que trabaja…»; «Yo lo entiendo, le ha tirado café a su camiseta favorita». Pero por el contrario se tiende a penalizar el odio pausado. Ese odio fundamentado, elegante, verdadero, bonico.

Yo, por mi parte, odio a la gente que odia espontáneamente. Es algo primitivo, ruin y traicionero. No es ni ético, ni productivo y desde luego no es divertido. Cuando te dedicas a insultar a la gente por la cara, te vuelven más problemas de los que solucionas. Generas una situación incómoda, hieres los sentimientos de la gente sin que comprendan por qué, te suben los niveles de estrés y además resulta que eres verdaderamente retrasado. Y lo digo faltando todo el respeto del mundo. Y, atención, que esto es una muestra de odio pausado.

Las personas de gatillo fácil representan las nuevas lógicas de la sociedad de consumo informatizada. Que tú insultes a la gente sin que te importen las repercusiones, siendo así un perfecto Álvaro Ojeda, se debe a que no se suele tener un lugar asiduo al que acudes. La diversificación de las posibilidades de consumo hace que se multipliquen a la vez los espacios en los que te relaciones y la cantidad de gente con la que te relacionas. Si insultas a la dependienta de una tienda es poco probable que o bien vuelvas a ir (al tener más opciones donde comprar), o que cuando vuelvas no esté trabajando ahí (precariedad laboral).

Añadimos a esto que nuestra época es la época de los trolls y la exaltación cotidiana vía internet. Formarse una opinión en la época de Twitter resulta mucho más rápido que en la época de grandes mítines y periódicos impresos. Antes tenías que tragarte a tu referente, ya fuese un comisario de la sección metalúrgica o a tu profesor de derecho hablando dos horas para poder odiar a la ligera. Ahora con que mientras cagues abras Twitter y leas 280 caracteres ya estás listo para poner un tuit que parece que vas a hacer la quinta intifada. Por eso, odiar vía Twitter puede hacerte que en un mismo día hayas odiado incluso cosas opuestas, creando una contradicción tan estúpida que define a la perfección tu vida. Es odio fluido, es odio posmo, es odio gafapasta.

El odio debe trabajarse. El odio tiene que ser informado, elegante y muy preciso. Si no, es un odio que rompe en vez de solucionar grandes cuestiones o divertirnos. Que le sueltes a una camarera un comentario hiriente porque te ha traído el café diez minutos después y llegabas tarde al metro tiene más que ver con lo poco empático que eres que con su trabajo. Y, sin embargo, odiar a tu jefe por hacer cumplir las normas con la disciplina militar, porque si no te manda al carrer y coge a otro desgraciado en paro, es útil, preciso y sobre todo necesario.

La gran narrativa pacifista y pactista del mundo contemporáneo nos dice que el odio es algo propio de movimientos de masas del siglo XX que desembocaron en guerras mundiales y guerras civiles, genocidios en nombre de ideas sentimentales como la patria o la revolución. Aquí reside una idea peligrosa. Se alaba la razón por encima del sentimiento, olvidando la necesidad de su combinación. No podemos separar una de la otra, porque estaríamos cayendo en la ideología en el sentido de censura de la realidad. En cada idea política habita una forma de sentir y diversos momentos emocionales. Defender España como unidad frente al independentismo viene de un sentimiento primario de sensación de agresión injustificada. Los argumentos independentistas están marcados por el sentimiento de odio a la idea de España. No sabría decir qué es lo que va antes, si el sentimiento o el argumento. Para mí es más bien una especie de ADN político que nos vertebra. Y luego sobre este ADN construimos argumentos y sentimos emociones de maneras diferentes.

Es por ello que el odio pausado no debe ser reprimido. Porque nos mentiríamos a la cara. El odio forma parte de nosotros y es además útil. Al igual que el miedo es una señal de alerta de nuestro cuerpo frente a situaciones peligrosas, el odio puede ser una señal frente a fracturas sociales. Odiar el racismo, el machismo, la homofobia, el autoritarismo y el clasismo es odiar una estructura social que nos hace efectivamente infelices. Y es a partir del odio a dichas injusticias lo que ha generado teorías y movimientos que han conseguido desarrollar nuestras sociedades. Si todos hubiésemos amado al prójimo nunca podríamos haber mandado a la mierda a los que se lo merecían en el momento en el que un debate amable se encasquilla (porque siempre se encasquillan) al encontrar un choque de intereses sociales.

Para terminar este artículo me gustaría poder lanzar una propuesta que creo que mejorara el mundo. Si alguna vez estáis presentes cuando alguien pierda los papeles porque le han tirado un café encima y lo pague con la otra persona, por favor, lo pido por favor, id allá y muy tranquilamente le explicáis por qué le odiáis, por qué es excelsamente retraído y por qué todo el mundo estaría mejor si se atragantase con el palo para remover el café y acabase en una caja de pino. Pero recuerda: con tranquilidad y, a ser posible, una buena sonrisa.

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