ODIO A LOS BEBÉS

Odio a los bebés

Pablo Gastaldi


Cafelito

No lo vi. ¿Cómo lo iba a ver? Salía diciendo «hasta luego», levantando la mano derecha y mirando a mi camarero con un café con leche hirviendo en la izquierda, abriendo la puerta ya entreabierta con un gambiteo de pie y de repente el golpe. Blandito que parece de algodón y el grito de la madre, y el ardor en mi mano, y el estremecedor llanto de la criatura que pasará las segundas dos semanas de su vida en una cápsula en un hospital y no sobrevivirá.

Pillines

Eran puras risas, las mejores de la adolescencia, que al final quedan como las mejores de toda la vida. Es por la despreocupación. De más mayor tienes más recursos para reírte, pero las responsabilidades y las inquietudes te meten mano y te impiden carcajearte con total libertad. Teníamos quince años y nos apostábamos en la callecita de delante del colegio, en dos grupos. Uno en cada orilla. La calle era de un sólo carril y se nos veía perfectamente. Cuando estábamos ahí colocados y pasaba un coche, cada grupo fingía tirar de una cuerda imaginaria forzando la detención del vehículo, y con ella el sonido del claxon y las quejas con la ventanilla bajada. Después los insultos, e incluso las amenazas físicas de un conductor que bajaba a perseguir a unos muchachos que sólo habían hecho teatro con sus cuerpos y nada más.

En una de esas lo hicimos con un coche que venía rapidito. Pegó un frenazo y un bebé salió disparado de la sillita de la parte de atrás y se reventó la cabeza contra la luna. Pero no fue responsabilidad nuestra, ni siquiera la cuerda era real, no tuvimos la culpa de que el cinturón de seguridad tampoco lo fuera.

Des-pa-cito

Siempre he sido de levantarme rápido cuando me caigo. No estoy hablando en clave motivacional: soy muy pudoroso con el ridículo, y cuando me caigo al suelo me pongo de pie rápido, para evitar ser visto, para disimular. Y creo que no soy el único, la gente suele disipar las evidencias de que ha ocurrido una caída cuanto antes. Si hay que curar heridas, mejor de pie o sentadito.

Creo que por eso me impactó tanto la escena. Fue un golpe tonto: el coche metió el morro y la bicicleta que iba despacio a su derecha no tuvo tiempo de frenar. Le dio un poquito pero la caída del ciclista fue casi de parado, con esas caídas tan ridículas y vistosas que ofrecen las bicicletas o motos detenidas cuando el tripulante pierde el equilibrio, no puede controlarla y acaban cayendo de lado, lenta y pesadamente.

Me llamó la atención que el ciclista no se levantara. Se movía frenéticamente en el suelo, pero no se levantaba. Me di cuenta de que tenía un bebé delante, con uno de esos trastos de tela para llevarlos, y después me enteré de que la cosa no acabó bien.

*   *   *

Odio a los bebés. Odio tener treinta años, treinta trabajos distintos y treinta horas de curro al día, que me rujan las entrañas porque quiero tener un hijo y no tengo los medios, y que la única forma de acallarlas sea matando a los bebés de los demás papás. Tan bonitos y llorones. Me dan envidia las ojeras de los padres que no duermen por la noche y la acidez de estómago de las embarazadas. Y me arde la polla cada vez que uso el condón y me duele por dentro cada vez que me corro fuera porque yo quiero un hijo ya. Un mocoso que huela a caca y a bebé y que se cuelgue de mis rizos, y para cuando tenga dinero suficiente voy a estar más calvo que Nosferatu y mi hijo de lo único de lo que se va a colgar es de mis huevos pelones.

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