OCIO EN SU PUESTO DE TRABAJO

Ocio en su puesto de trabajo

Pablo Rada


¿Y los romanos? ¿Qué nos han dado los romanos? Pues bueno, aparte de la crucifixión, el acueducto de Segovia y demás patrimonio universal así como películas de los años cincuenta más o menos infumables, los romanos y las romanas nos dieron una diferencia fundamental: la que hay entre ocio y negocio. Ésta es una diferencia a la que se podían acoger muy pocas personas en la época, todo hay que decirlo, porque la mayoría (esclavos y esclavas, proletarios y ciudadanos extranjeros) tenían una ocupación mucho más parecida a nuestro trabajo (aunque probablemente mucho peor) que a la dicotomía ocio/negocio de la que disfrutaban las clases altas. En esta distinción se considera que la persona tiene periodos de descanso —entendiendo éste como una labor activa, de pensamiento, formación y reflexión— y periodos de actividad complementarios a los primeros, tanto es así que la palabra negocio, negotium en latín del bueno, es la negación del ocio: nec otium.

Pero esto tiene que ver con nuestro trabajo (también con raíces latinas en… ¡en un instrumento de tortura!) porque a diferencia de este ocio/negocio, el trabajo es una actividad perpetua, necesaria y que no contempla necesariamente unos periodos de descanso, y menos aún unos periodos de descanso pensados para la reflexión. Una profesión vital e incluida en unos ritmos humanos que incluía el descanso como parte del trabajo o, más bien, de las propias fases de actividad/espera, en las que la proporción ideal tomada como más rentable era que cuanto más de lo primero y menos de lo segundo mejor.

Aun así había algunos periodos de entretenimiento activo y no sólo de descanso puramente fisiológico (no podemos decir que tener seis horas para dormir sea un tipo de ocio). Este primer ocio estaba frecuentemente asociado a festividades religiosas, que en algunos casos tenían una dimensión de caos, o festividades agrarias, aunque en general solían estar tan entremezcladas e impregnadas de sustratos festivos anteriores que no es fácil distinguir el sentido primario de esas fiestas. En muchas ocasiones tenían su origen en labores colectivas que requerían de la participación de todo el pueblo para llevarse a cabo, ritos de paso o apotropaicos. Sea como fuera, en estos momentos por la propia naturaleza del trabajo agrícola no se puede decir que haya una distinción plena entre trabajo y no trabajo, sino más bien un continuo en el que todo cuenta.

Nuestra idea de ocio es moderna, incluso bastante moderna: una actividad casi que no es en negativo como el propio descanso pero que no está dotada de un significado o una misión clara (como hacer que llueva, estar a bien con el patrón en los cielos o celebrar una nueva generación de personas y pedir que haya más). Cuando se produce la industrialización, las fábricas y la producción mecanizada comienzan a requerir muchísima gente a las que organizan como fuerza de trabajo. La fábrica organiza todo: la subsistencia, las viviendas y, por supuesto, el horario. Y es aquí donde está el cambio importante porque es ésta una organización del tiempo por terceros de una manera no lógica, es decir, con una lógica diferente a la del campo y solamente económica.

Probablemente el ocio moderno naciese como una necesidad de tiempo no empleado o libre en esas colonias obreras. Como una especie de tercer tiempo entre el laboral y el personal, una semiocupación con una dimensión más colectiva. El ocio empieza siendo una actividad eminentemente masculina, (no porque la mujer no trabajase sino porque, como en el campo, la mujer además de trabajar en la fábrica trabajaba en casa) y recurre a una de las pocas cosas que tenían en común el mundo antiguo y el nuevo: la bebida, antes elaborada y consumida en esas festividades agrarias comunitarias y ahora en establecimientos que junto con los economatos eran los únicos comercios en las colonias obreras. A esto hay que sumarle que muchas veces estos comercios estaban en manos de los patrones, eran por tanto rentables y además tenían la ventaja de ayudar, de alguna manera a paliar el agotamiento de los trabajadores por acción de la bebida. Dentro de estos sitios encontramos un segundo tipo de ocio muy relacionado con el tabernario: los juegos de azar. Estos juegos provenían también del mundo campesino donde se veían con una especie de doblez (a veces sólo se permitían en los días de fiesta especialmente religiosa). También forman parte de esta herencia del campo los juegos físicos (peleas o juegos de habilidad en actividades determinadas) y que se diferencian del deporte en el hecho de partir de una tarea útil: en ser una parte pautada y extraída de un proceso mayor.

La taberna se constituyó, así, como el centro de ocio y como una especie de centro social puramente trabajador y con el tiempo en un espacio político fundamentalmente masculino. Porque este nuevo mundo segregó a la mujer más si cabe que el antiguo mundo rural, apartando el trabajo de la vida, en categorías diferentes y creando otras de las que también se las excluyó como el ocio, el juego o la propia amistad o actividad social.

La causa de esta preeminencia de las tabernas como centro de reunión y ocio, como creadora de un ocio urbano y trabajador, hay que buscarla también en la ausencia de cualquier otro lugar con actividad social o aglutinadores, como por ejemplo las iglesias, que siempre mantuvieron una actitud de desinterés cuando no de desprecio o sospecha por estos barrios obreros.

Esta situación se prolonga sin cambios hasta la segunda década del s. XX aunque con diferencias según el país. Hasta entonces, el único cambio que se introduce y solamente diez o veinte años antes es el deporte que había surgido en entornos privilegiados como hobby, es decir, como una actividad con normas fijas, equipaciones y equipamientos. Aunque también en la tipificación de actividades cotidianas como la bicicleta, antes solamente un medio de transporte, o también el boxeo.

Asimismo, van apareciendo nuevas formas de ocio que complementan sin sustituir este ocio poco imaginativo (aunque ocasionalmente había música, contadores de historias o las propias anécdotas mitificadas), como los acontecimientos masivos y relacionados con el progreso, carreras de coches, exhibiciones de globos o aviones y una minoritaria pero creciente afición por la lectura a medida que creció la alfabetización.

En torno a los años veinte del siglo pasado nace el ocio pasivo con la extensión de la radio que supone el acceso a la música, a seriales…; y con el conocimiento de la música, a los primeros bailes con orquesta en fiestas o fechas señaladas. A este primer ocio basado en una industria del entretenimiento le seguiría un poco después el cine. Se comprendió que, con jornadas algo más cortas y con el día de descanso, que habían sido piedras de toque de las luchas obreras, el entretenimiento de las masas (y no sólo de los privilegiados) suponía un gran negocio para unos colectivos que claramente deseaban otro tipo de ocio más variado e imaginativo (aunque probablemente el elemento de escapar de la realidad también estuviera muy presente). Este ocio sí se abrió a la mujer, en parte porque entraba en las casas en alguna medida y quizás también por su conceptualización como ocio pasivo.

Poco a poco estos medios se asientan y van pasando de un ámbito colectivo, radio compartida o salas de cine, a ámbitos particulares: una radio para cada familia o una tele por casa. También se acogen actividades antes exclusivas de clase alta (en ocasiones debido a la producción en cadena), como el coleccionismo, mientras se siguen extendiendo los espectáculos de masas, especialmente los eventos deportivos.

Pero aunque este modelo de ocio pasivo, que parecía divulgarse cada vez más y cuya adopción muy asociada al consumo y a la consecución de una seguridad económica parecían ser imbatibles con el cambio de paradigma laboral, se empezó a construir una idea de nuestra realización a través del trabajo. Y así, lo que antes eran vidas con secciones nunca del todo estancas pero bien diferenciadas entre trabajo y no trabajo empezaron a convertirse en proyectos vitales inseparables, un conjunto de valores y actividades que hablaban de cómo éramos y de cómo queríamos ser. Y como era de suponer, el ocio cambió con el trabajo: la inclusión de un elemento saludable, el aprendizaje continuo o incluso cosas con muy poco significado real como el enriquecimiento personal se imponían sobre los medios de entretenimiento más comunes. Y cuanto más se extendía esta idea de proyecto vital y más alterado se veían los trabajos tradicionales —perdiendo seguridad y la idea de un trabajo para toda la vida— más parecían preocuparse por nuestro aparente bienestar, con la reunión en un solo lugar, el laboral, de todos los elementos deseables para una vida feliz, como si el trabajo hubiera colonizado el resto de nuestras vidas que antes, aunque poco, podíamos preservar como entes esféricas separadas hasta el punto de que se produjera una vigilancia del ocio o un uso del mismo, de nuestra parte lúdica, para juzgar nuestras capacidades. Pero el ocio que esta idea implica es siempre un ocio descafeinado, nunca dañino ni medianamente independiente, que se centra en el individuo y va gritando su carácter diferenciador frente al ocio colectivo (una vez más el temor a la masa), una revalorización de la persona, en suma, basada en su ocio, al no existir ya una valoración y orgullo por el trabajo cada vez más poroso, líquido e indeferenciado.

Es la confusión extrema que precede al apocalipsis en el imaginario medieval, cuando los burros vuelan y los niños nacen hablando. La laborización del ocio y la ocialización del trabajo: haz lo que te haga feliz, diviértete en tu puesto de trabajo y convierte tu cuarto y tus días en una oficina.

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