NUESTRAS VACACIONES

Nuestras vacaciones

Fernando Ángel Moreno


Me preguntan las chicas de Juegos de Manos dónde paso las vacaciones. Han tenido suerte, porque el año pasado trabajé y apenas salí de la pequeña casa familiar que tenemos en Providence. Aparte de un curioso libro de un árabe loco que encontré en la biblioteca municipal y que me hizo perder el sentido del tiempo y el espacio, no habría tenido mucho más que contar. Sin embargo, este verano estoy viajando por la galaxia para aprovechar el cobro de las horas extras de la Universidad que, como siempre, ha sido un dineral.

Como aún me encuentro a mitad de viaje, algunas de las referencias quizás dependan más de mi imaginación que de haberlas visto con mis propios ojos. Así que empiezo por lo que puedo jurar que he visitado y pido comprensión si algo de lo que cuento no se ajusta exactamente a la realidad. Como sé que los planetas a veces se nombran por el término terrestre y a veces por el local, usaré los dos cuando me parezca que puede haber confusión.

Comenzamos por el peaje imprescindible en la Luna, donde vale la pena detenerse a consultar informaciones turísticas y a conseguir descuentos para amarrar la nave en estaciones del espacio profundo. A las niñas les llamó un poco la atención esa costumbre de los ciudadanos lunares de cambiar de sexo cada 24 horas. No obstante, creo que es bueno para ellas, para que se acostumbren a lo de que el género es una construcción cultural y que no todo el mundo tiene que vivir con las tradiciones de la Tierra. Nausicaä, la pequeña, con sus cinco años, nos preguntó si de mayor tenía que limitarse a los pocos géneros de la Tierra o si podía tener varios sexos. ¡Con cinco años, mira!

De allí fuimos a Pandora, que le encanta a Zaria, la mayor. Hicimos parapente desde las montañas flotantes y dormimos en el bosque junto a unos amigos na’vi que tenemos allí. Zaria se acostó con dos o tres nativas de las que está enamorada, así que tuvimos bronca en la familia. Si vincula siempre el sexo con lo espiritual, va a tener problemas de mayor cuando pierda oportunidades para follar por follar. Pero su madre le consiente todo, así que lo dejé correr. Aparte de eso, recomiendo el planeta. Es difícil conseguir pase, por las limitaciones de visitantes al año, pero reservando con tiempo puede visitarse.

Decidimos continuar el veraneo en Caladan y en Arrakis, por hacer la tontería. Pero están bien, están bien; es verdad. Caladan —o Kamino, como lo llaman ellos— es una preciosidad, sin un solo centímetro de tierra natural, sus tormentas que a veces abarcan una cuarta parte del planeta, sus enormes bestias sin patas que sólo nadan o vuelan… Zaria y yo montamos en una de ellas. Alucinante. Sales del fondo del océano directamente al cielo y luego te zambulles de nuevo, en medio de la tormenta.

Su planeta hermano, Arrakis o Tatooine, impresiona. Impresiona mucho. Pasar de un planeta de agua a uno de arena te pone en tu sitio. Como Ivan¨a sabe montar gusanos de arena, de cuando hizo una estancia de investigación con los fremen, nos llevó a todos. Yo no subí. Me dan demasiado miedo y no te garantizan que no aparezca una tormenta de arena cuando estás justo a seiscientos metros de altura sin arnés, pero ellas lo disfrutaron mucho. Dicen que hay dunas de quinientos metros en el desierto profundo y que los fremen toman unas drogas que te permiten ver el futuro. Buscamos a algún experto, para que las probaran al menos las niñas, pero había mucha lista de espera.

Mientras estábamos allí, nos comunicaron que pasaba una de esas naves generacionales justo por el sistema solar, así que las dejé jugando a los cowboys de Arrakis, pregunté si necesitaban un redactor y me apunté a la misión de exploración. Pasamos cuatro días en la nave recogiendo datos sobre los posibles habitantes, aunque no encontramos las cápsulas de hibernación. La nave era colosal, como una pequeña luna. Sólo cada lanzadera de su bodega medía lo que una ciudad terrestre. Fue una pasada. Tomamos notas y hologramas del mobiliario, el invernadero —con sus muchos kilómetros de ríos, praderas y bosques de colores inauditos y que quizás representen su mundo de origen—, los sistemas de mando de la nave, su ruta y sus archivos, para entender qué les interesaba. Murieron sólo dos miembros de nuestra expedición, así que encima de puta madre, porque volvimos vivos el 95% de quienes habíamos empezado, sin siquiera heridos.

Me recogió la familia e Ivan¨a condujo hasta una estación del espacio profundo que había pertenecido a los cardasianos y que ahora dependía de la Federación y de los bajoranos. Escribo justo desde aquí. Es la clásica estación del espacio profundo: mucho cuidado con las mochilas y las carteras, mucho bar con salas de juego y gente rara de todas partes. Las holocubiertas están bastante bien, pero no estamos viajando para quedarnos encerrados en simulaciones de supernovas o de la Segunda Guerra Mundial. Así que, por mucho que protesten las niñas, mañana salimos hacia Invierno. Para cenar, hemos conseguimos mesa esta noche junto a una pared de energía, desde la que se observa el agujero de gusano junto al que se construyó la estación. Nunca había visto nada igual. Mide miles de kilómetros, pero está apagado, confundido con el negro del vacío hasta que una nave lo atraviesa. Entonces se ilumina en azules, ámbares y púrpuras, como si se rompiera el universo por la mitad, en silencio.

Invierno —o Hoth, como lo llaman ellos— es un planeta cubierto de nieve y con nativos que cambian su sexo según las fases de la Luna. A Ivan¨a le carga un poco todo su rollo espiritual y su obsesión con las historias de amantes separados por un eclipse. Es normal, por su ascendencia klingon, pero yo me lo pasaré en grande con su mitología y su literatura. Se lo debo a mi parte shi’ar, claro. Todos los edificios tienen dos puertas: una a pie de construcción, para el verano, y otra, ocho metros más alta para cuando las ventiscas de enero cubren los primeros pisos del edificio. La gente es enormemente ajena, con formas que tan pronto te parecen sobrias y distantes como enormemente cariñosas, sin que de verdad entiendas por qué se produce el cambio. Una cultura fascinante y extraña.

Estaremos apenas tres noches y nos moveremos a Kronos, para que las chicas vean a su abuela. A mí no me entusiasma el planeta, con esa constante agresividad de sus nativos y con todo ritualizado: desde la subida a un transporte público hasta los saludos al levantarte por la mañana. Así que Ivan¨a —que tampoco disfruta su planeta natal— y yo aprovecharemos para visitar la biblioteca de la Segunda Fundación. Tenemos que consultar unos documentos de los heechee y no va a haber manera de encontrarlos en otro sitio. Como sólo para moverte entre los anaqueles de la biblioteca te tiras varios días, incluso cogiendo la nueva lanzadera, lo vamos a tomar como unas mini-vacaciones románticas. Al menos, han digitalizado mucho durante el último siglo, por lo que apenas nos moveremos por unos pocos barrios de la biblioteca. Por otro lado, hay buenos hoteles y restaurantes, donde sirven incluso cerveza romulana. (Hay que saber dónde, claro, y te sale por una pasta cada botella, pero vale la pena).

Íbamos a ir a Alderaan —o su nombre local: Krypton—, para ver un poco de arquitectura, pero me cuentan que ha habido no sé qué movida con una guerra civil o no sé qué historias y que no se puede visitar por ahora. A ver si el año que viene está más accesible. Por tanto, pararemos a repostar y hacer compras en alguna estación del espacio profundo, en una Babylon o en la Ciudadela, y ya volveremos a nuestro sistema solar. Preferiría la Ciudadela, porque es un vergel: una especie de cilindro con bosques y lagos que gira sobre sí mismo para crear la gravedad, como en la prehistoria. ¡Al mirar hacia el cielo ves ciudades boca abajo! Crea un efecto muy Escher, muy chulo. Las Babylon, por el contrario, están demasiado militarizadas. No deberían haber vendido la franquicia al ejército de los dorsáis.

A la vuelta hemos quedado con un antiguo novio de Ivan¨a que me cae especialmente bien: Norrin Radd, que está ayudando a terraformar Marte y a mediar con los terroristas ecologistas. En este caso no estoy muy de acuerdo con los terroristas. A ver…, ya sé que tienen su derecho a protestar, secuestrar y matar si sus ideales lo sostienen, no me interpretéis mal. Pero no veo lo de mantener Marte como una roca intocable porque así lo ha hecho la naturaleza, la verdad. En fin, basta de política. A ver si Norrin saca hueco y enseña a las niñas a surfear los vientos solares, que también les conviene hacer un poco de ejercicio. El Halcón Milenario mola mucho para viajar, pero todo el verano en él atrofia un poco.

Y eso es todo. No es muy original, ya lo sé, pero viajar con la familia no permite muchas maravillas. ¡No te vas a ir al planeta volcán Mustafar con las niñas!

Espero que estéis disfrutando bien de estas vacaciones.

Desde algún punto entre Coruscant —o Trántor— y Oa, un abrazo enorme y buen verano[i].

 

 


[i] Las referencias han sido tomadas de las siguientes obras: Fundación, de Isaac Asimov; Segunda Fundación, de Isaac Asimov; Deep Space Nine, de Rick Berman y Michael Piller; Green Lantern, de John Broome y Gil Kane; Avatar, de James Cameron; X-Men, de Chris Claremont y Dave Cokrum; Cita con Rama, de Arthur C. Clarke; Dorsai, de Gordon R. Dickson; Dune, de Frank Herbert; Mass effect, de Casey Hudson, Ian Frazier y Kevin Barrett; El imperio contraataca, de Irwin Keshner; Silver Surfer, de Jack Kirby y Stan Lee; La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin; El sabueso, de H.P. Lovecraft; Una nueva esperanza, de George Lucas; El ataque de los clones, de George Lucas; La venganza de los sith, de George Lucas; Nausicaä del Valle del Viento, Hayao Miyazaki; Pórtico, de Frederik Pohl; Marte verde, de Kim Stanley Robinson; Star Trek, de Gene Roddenberry, Superman, de Jerry Siegel y Joe Shuster; Babylon 5, de J. Michael Straczynski; Playa de acero, de John Varley.

 

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