NUESTRA UNIVERSIDAD

Nuestra universidad

Fernando Ángel Moreno


La Universidad es el termómetro del pueblo. Su funcionamiento indica cómo el pueblo valora el conocimiento y lo que valora a quienes viven inmersos en él. También indica la relación que los profesionales del conocimiento consideran que deben tener con la sociedad.

La mayor parte de las veces, la separación entre universidad y sociedad es enorme, y esto nos sugiere que las sociedades nunca han sido suficientemente maduras como para entender la importancia de esta interrelación, a pesar de que las grandes revoluciones de la modernidad han sido impulsadas por universitarios.

Por su parte, la mayor parte de los profesores universitarios investigan alejados de la sociedad y han dejado de interactuar con ella y para ella. Por fortuna, hoy, en España, los estudiantes están cumpliendo el papel que deberían cumplir los profesores. La afirmación merece ser explicada. Soy consciente de que muchos jóvenes universitarios no han sido educados en la reflexión, en la lucha, en la crítica y que la mayoría se limitan a sus estudios. No obstante, otros muchos impulsaron más que nadie el 15M, salieron con las mareas, aprendieron a manifestarse pacíficamente, acuden a asambleas, participan en ONGs. Y, mientras gobierno tras gobierno, España ha dejado a la juventud universitaria sin futuro, esta ha decidido construirlo.

La Universidad es el termómetro de un pueblo, pero, según dicen, estamos en tiempos de crisis y más allá de lo que mueven los estudiantes, poco puede hacerse.

He escuchado una y otra vez que cambiar la universidad española vale dinero. Lo niego.

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Hacer cumplir las funciones de la universidad vale dinero en unas cantidades que podemos discutir, de acuerdo. Sin embargo, cambiar la universidad española no vale dinero. Bastaría con cambiar una serie de parámetros. Bastaría con recordar sus valores socioculturales y trabajar conforme a ellos. Bastaría con elegir las ideologías solidarias y ponerlas a funcionar de manera realista. Bastaría con que los tribunales de concesión de plazas fueran públicos, que toda reunión fuera pública y sus actas fueran de fácil acceso. Bastaría con no hacer listas corporativas en cada elección a decano, a rector, a director de departamento. Bastaría con devolver el dinero que sobra en los proyectos y no gastarlo como fuera «porque de lo contrario no te darán más». Bastaría con asumir con valentía el cargo que se asume, sin pensar en el beneficio personal que conllevará ni en las simpatías o antipatías que despertarán las decisiones. Bastaría con entender el conocimiento y el progreso como un complejo sistema multidisciplinar.

He aquí el gran pilar que arrastra los otros: entender que la filosofía no puede prescindir de la física y la física no puede prescindir de la filosofía, que la medicina debe leer literatura y la música debe sanar a los ciudadanos.

Vivimos en un mundo competitivo. Nuestro deber es cambiar esa perspectiva y construir un mundo colaborativo. Bastaría con no defender ideologías basadas en la competitividad, sino en la transparencia y la solidaridad.

Es difícil explicar todo esto al Gobierno de la Comunidad de Madrid, donde vivo, o al Gobierno de España, porque defienden ideologías basadas en la competitividad y, por mucho que les expliques la realidad, les muestres los datos, les reveles sus contradicciones, mantendrán sus mantras: «la Universidad no debe ser para todos»; «la Universidad debe dar dinero como una empresa»; «la Universidad sólo debe formar para el mundo laboral».

Lo repiten tanto que hay quienes les han creído. Trágico.

 

La Universidad no debe ser para todos

Una sociedad que piensa que la universidad no debe ser para todos es una sociedad que no considera que el conocimiento y la cultura y la educación valgan para nada. Es una sociedad que piensa que un camarero no debería leer literatura, no debería saber qué estrellas está mirando, no debería entender cómo funcionan sus emociones, no debería plantearse otros sistemas culturales, conocer culturas diferentes, plantearse nuevos retos. Una sociedad que piensa que la universidad no debe ser para todos considera que el taxista debe limitarse a conducir su taxi y no mirar más allá del asfalto que pisa su coche.

Recuerdo un acto de La Uni en la Calle en el que una estudiante dijo: «¿Por qué una amiga mía que no quiere ir a la universidad debe pagarme mis estudios con sus impuestos? No hay dinero para todos». Esta mezcla de ideología y utilitarismo funcionaba, sin duda, en su cerebro como una absurda ley causal, cuando en realidad estaba mezclando materialismo con ideología. Para explicar su confusión, acudo a dos cuestiones utilitaristas:

1. Que con los impuestos su amiga pagaba los estudios al médico que iba a operarla de corazón y al filósofo que iba a plantear un sistema de pensamiento que mejorara los problemas sociales.

2. Lo mucho que cambiaría su vida a mejor si todo en la sociedad se hiciera de manera solidaria, sin pensar, de una manera falaz e irreal, en el «tal porcentaje doy, tal porcentaje recibo».

No cuesta ver que ambas cuestiones responden también a posturas ideológicas. Esto respecto a la segunda parte de su reflexión. Ante la primera (¿por qué debe pagar mi amiga lo mío?), que no es utilitaria, sino ideológica… Poco hay que hacer. Piensa que vive sola en el mundo y que cada uno debe preocuparse sólo de sí mismo, que la única conexión que hay entre nosotros es la de la selva. Así son los anti-sistema, también llamados «neoliberales».

Al final, el problema no es de recursos. Es ideológico.

 

La Universidad debe dar dinero como una empresa

Una sociedad que piensa que la universidad es un gasto inútil desconoce que toda ciudad de este planeta quiere tener una universidad en su suelo. Pregúntenle, al alcalde de Getafe, al de Morgantown, al de Aachen, al de Bolonia. ¿Qué ocurriría con las economías de sus municipios si se cerraran sus universidades?

Las universidades mueven la economía a su alrededor. La universidad no es cara. Si lo fuera, ni las de Alemania ni las de Francia ni las de Argentina serían gratuitas.

Por otra parte, estos falsos utilitaristas no ven más allá de sus propias billeteras. ¿Recuerdan a los campesinos del siglo XVIII que se negaban a que sus niños de ocho años fueran a la escuela porque no les serviría de nada leer? Si lo que harían el resto de su vida sería labrar el campo, ¿para qué estudiar arte, filosofía, historia? No hay demasiada diferencia con la visión de los gobernantes de España. Los neoliberales conciben el conocimiento como una manera de ganar dinero rápida, inmediata, en lucha con otros tipos sin escrúpulos que piensan como ellos, en esa jungla que creen que es la vida. Son incapaces de comprender que si tenemos aviones fue porque los filósofos plantearon otra forma de entender la naturaleza. Que si hay derechos sociales, si hay leyes laborales en Occidente es porque Marx leyó a Hegel y a Kant y a Nietzsche, y eso le reveló un nuevo concepto de relación entre empleado y empleador, que es la actual. Que Ramón y Cajal defendía que su pasión por la literatura fue lo que le había llevado al premio Nobel.

La ignorancia de quienes no ven más allá de la patente inmediata, del nuevo sistema operativo que vender a La Caixa, de la nueva crema de rejuvenecimiento o de tratamiento de alopecia que vender a los adolescentes de cincuenta años…, carecen de cultura y de sabiduría para juzgar razonablemente la universidad.

 

La Universidad sólo debe formar para el mundo laboral

La Universidad es el termómetro del pueblo. Por ello, reconozcamos que no puede vivir apartada de la sociedad en la que vive. Así que no todo su pensamiento puede funcionar abstractamente.

Los conocimientos aplicados y los conocimientos abstractos se encuentran interrelacionados. Por desgracia, hay demasiados profesores que, al no haber trabajado fuera de la universidad en su vida, sólo conciben el conocimiento como algo abstracto, separado del mundo, sin relaciones posibles porque apenas tratan con personas no intelectuales más que cuando comentan el partido de fútbol con el peluquero o se quejan de los precios con el frutero.

Por otra parte, enseñar sólo la parte técnica de los trabajos no forma correctamente para vivir en sociedad. Saberse las leyes no hace un buen abogado. Puede hacer abogados que ganan casos, pero no buenos abogados. Entender el puesto del derecho en la sociedad se aprende con una formación humanística, más allá de la parte técnica de la profesión.

¿Queremos una España de trabajadores eficientes o una España de personas formadas humanísticamente, con valores sociales, que entiendan el problema de la corrupción, del odio, del egoísmo?

Si quieres lo primero, amable lector, vive solo. Entiendo que nos ves a todos como enemigos y como máquinas de producir sin ética alguna.

Si quieres lo segundo, no puedes decir que la universidad sólo debe formar para el mundo laboral.

Debemos estudiarlo todo, lo abstracto y lo aplicable directamente, la nueva turbina, el nuevo antibiótico, la nueva crema rejuvenecedora, el nuevo concepto de ser social. Debemos formar para el mundo laboral, pero debemos aún más formar personas. Debemos ser exigentes con nuestros alumnos, pero también debemos facilitarles el acceso sin que importe su economía. Debemos ser realistas con los presupuestos de la Universidad, pero también debemos profundizar en el conocimiento más allá de las ganancias económicas que brinde.

La Universidad es el termómetro de una sociedad. La manera en que la contemplamos cada uno de nosotros es ideológica. Entenderlo implica entender que la universidad es nuestra y habla de nosotros.

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