NOSOTROS SOIS NUESTRO PEOR ENEMIGO

 Nosotros sois nuestro peor enemigo


1. gatitoNunca en toda la historia de Occidente han coincidido viviendo al mismo tiempo un contingente tan numeroso de personas que pueden decirse listas, formadas o intelectualmente solventes. Con estudios superiores, conocimiento de varios idiomas y del mundo de la informática. Nunca habíamos estado tan cualificados los de arriba de la pirámide del mundo y, sin embargo, nunca como ahora se consumen tantos antidepresivos, ansiolíticos y se prolonga la «juventud despreocupada» hasta entrados los cuarenta. Nunca habíamos sido tantos «listos» como ahora, pero tampoco habíamos sido nunca tantos los que veíamos vídeos de gatitos.

2. Una reciente encuesta de la Universidad de Leicestershire acaba de hacer público un estudio sobre las creencias de los jóvenes acerca de qué hay después de la muerte. Un 49% se adscribe a las teorías salvíficas de alguna de las grandes religiones, un 22% sostiene que son ateos y que después de la vida no hay nada, un 7% desearía convertirse en zombi y un 14% sostiene que en las próximas décadas la tecnología avanzará lo suficiente o bien para reparar constantemente los cuerpos, o bien para almacenar el contenido de la mente en un dispositivo electrónico. Nos preocupa profundamente que siga habiendo tantas personas que creen en la reencarnación o el paraíso, como que cada vez sean más las personas que se crean religiosamente las historias de la ciencia ficción y todo lo que leen en las redes y que es falso, como este estudio.

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3. Tenemos cuerpo y es un campo de batalla. Los accidentes profesionales de la generación millennial no serán caerse del andamio o aplastarse la mano con una prensa hidráulica en un turno de noche; serán la ansiedad crónica, la desaparición de la memoria a corto plazo, la depresión y el aplastamiento de las vértebras cervicales por vivir mirando el móvil. Nunca como hasta ahora los humanos dedican tanto tiempo a mirar, observar y vigilar lo que hacen otros humanos. Mientras revistas como Playground revolucionan el concepto del telediario con vídeos de un minuto, en tu Instagram han aparecido cinco recetas de comidas, cinco humanos sexualmente apetecibles, un anuncio de dietas y tres fotos de lugares que no son tu país. A día de hoy los liderazgos sociales necesitan de periodistas que los apoyen y los describan. En esa otra vida que son las redes sociales, las mesías del twerking, los gamers o youtubers concitan en torno a sí comunidades mucho mayores que un mitin socialista en la Transición.

4. Y resulta que si somos lo que hacemos, somos espera. Pero si somos lo que soñamos, ni siquiera sabemos qué quieren decir nuestros sueños. Porque 42r2rcomo millennials hemos soñado con apocalipsis nucleares que veíamos en las películas y nos salió vello púbico mientras Lehman Brothers se iba a la mierda, pero igualmente esperamos que la precariedad amaine antes de que se convierta en un eufemismo definitorio de nuestras vidas. Esperamos, por tanto, a poder vivir una vida que anhelamos sin saber muy bien cuál es, pero con la creciente sospecha de que no hay nada por llegar diferente a lo que hay.

5. La misma razón que nos impide entablar una conversación con un(a) desconocido/a es la misma que hace que recorramos toda su huella digital en las redes sociales en la soledad de nuestro ordenador. Gracias a un dispositivo móvil somos más autónomos que nunca hasta el punto de que un smartphone tiene más autonomía por sí mismo que nosotros mismos. Por eso le hemos otorgado las decisiones importantes, como las charlas de ocio, trabajo y amistad (aunque cada vez son más lo mismo) y, por la misma razón, hacemos más caso a nuestro móvil a la hora de elegir parejas sexuales (Tinder, ola k ase) que a los consejos de un buen amigo analógico. De la misma manera que nos abre un inmenso campo de posibilidades, nos obliga a vivir en una permanente disonancia cognitiva entre dos mundos que se separan lentamente. ¿Cuándo fue la última vez que pasaste un día sin internet?

6. El «no» es un objeto de marketing para nuestra vida en constante campaña. La resistencia pasiva de Tess Asplund contra los nazis suecos sirve para que Arianna Huffington siga siendo millonaria a base de no pagar por los artículos que se publican en su web. La falsa rebeldía del sujeto que rompe con las rutinas y responsabilidades para vivir la constante aventura ya no es identificada como un «sinverguenza» sino como un estereotipo libidinal. Porque es más que probable que en el quincuagésimo aniversario de mayo del 68 en París haya un desfile de moda retro, antes que vuelva a haber barricadas en el barrio latino. Porque cada vez hay menos palabras que no sirvan para vender cosas, ya sean ropitas, cochecitos o experiencias únicas. Cada vez hay menos espacio fuera del mercado, hasta el punto de que los millennials no sabemos bien la diferencia entre sociedad y mercado. Eso nos suena más a una canción de otro tiempo. No se trata de poner una balanza lo viejo y lo nuevo y decidir que lo primero es bueno y lo otro es malo. Es la necesidad de constatar que vivimos en un tiempo que nos ha quitado las palabras.

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7. No hay fronteras sociales que no se puedan traspasar. Los tabúes de ayer son las novedades de las colecciones primavera-verano de las grandes marcas. Y lo que queda oculto es porque todavía no ha encontrado una manera de hacerse vendible. En este marco de intercambio y valorización tan inseparable de la vida cotidiana normalizada, parece que la negación pasa por hacerse conservadora y negar nuestro propio tiempo. Suponemos que los amish dormirán muy tranquilos por las noches, pero nosotros sabemos que es tiempo de valientes. Como personas que vivimos en Occidente, blancos en nuestra mayor parte, y con tres comidas diarias aseguradas además de casa, somos conscientes de la banalidad de nuestras quejas en comparación con las situaciones que viven la inmensa población que convive al mismo tiempo que nosotros en la Tierra. La comparación nos hace quedar como unos niñitos quejumbrosos, como un personaje de un libro de Flaubert en comparación con la Francia en la que vivía. Pero si decidimos decirlo en vez de callar, es porque ¿cómo es posible que siendo a los que mejor nos van las cosas del mundo, lejos de pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles, reneguemos de nuestras vidas?

Vamos a empezar una guerra (nosotros que nunca hemos vivido una y que jamás dispararemos un fusil).
Vamos a liberarnos de nuestras cadenas (nosotros que jamás os obligaremos a hacer nada que no queráis hacer).
Vamos a ganar esta guerra contra los que nos oprimen (aunque nunca les hayamos visto, aunque de alguna manera nos guste lo que nos venden).
Vamos a establecer una nueva forma de gobernarnos (nosotros que nunca hemos tenido responsabilidades y siempre las hemos rehuido).
Vamos a ocupar nuestro lugar en la historia (nosotros para los que Boris Yeltsin es tan viejo como Papa Noel).

Vamos a dormir, a querernos, o algo así.

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En este monográfico…

Como somos un grupo de jóvenes corajudos y corajudas en la sección de Política hablamos de Roma, de historia y de zombis. Asumimos (sólo por esta vez) que los orígenes son los orígenes y nos trasladamos a la Antigua Roma de la mano de Guillermo M. Canet para atender a los planteamientos de Escipión en «Las lágrimas de Escipión»La cobertura de lo que pudo ser y sólo quizás no fue corre a cargo de Pablo Sánchez León en su entrevista al historiador Francisco Sufi. Cerramos con un muerto que camina conjurado por Alberto Tena y Enrique Maestu en «¿Izquierda y derecha? Metáforas zombies».

En Cultura este mayo tenemos mucha cosa y toda buena: Marta Guirao nos muestra cómo el enfado hace (aparte de otras cosas) canciones buenas en «Canciones para declarar la guerra». En «¡Reikiavik!» hablamos de ajedrez, guerra fría y sitios fríos en general; porque la confrontación también va de alfiles, reyes y, sobre todo, peones. ¿Eres un hater? Todo bien. Entonces te gustará el artículo de Marta Fernández: «El placer de criticar bien». Finalmente tenemos fiesta y contestación en las calles de una ciudad que arde de rabia en «Pelea o baila»,de Pablo Rada.

En Yo Ya nos rebelamos contra la ortografía («Muerte a la ortografía»), los caseros («No más caseros: taras emocionales y otras manías») y la humanidad («Condones contra la humanidad») para acabar recibiendo un sonoro «No» en el Sena («El no y el Sena»).

Y, por primera vez en un número de Juego de Manos, incorporamos la sección de  Tintorería, inaugurada por la ilustración de Ángela Fernández Montoya, «WAR IS HELL», y la viñeta de UnaSopa: «¡La crueldad de la guerra!».

Si han leído hasta aquí les felicitamos y les invitamos a disfrutar del número. Manténganse alerta porque iremos añadiendo contenido inédito en los próximos días.

Sólo una cosa más: ¡aún no está todo dicho!

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