NO TE ENAMORES DE HARRISON FORD

No te enamores de Harrison Ford

Irene Cronopia


Jueves, cuatro de la tarde. Estoy cumpliendo mi función de esclava, sentada en una oficina mitad haciendo mi trabajo, mitad mirando Twitter (no consigo decidir qué sufrimiento es peor, si el que causaba el tripalium o el que me causa ver ciertos comentarios en Twitter. Al menos el primero tenía la decencia de mostrarse abiertamente como lo que era, una tortura; no se disfrazaba de entretenimiento). El caso es que me fijo en un tweet (de un famoso rapero con letras poéticas, como el cáncer de Esperanza Aguirre) sobre un trabajador recién despedido de Lidl por hacer más horas de la cuenta. En el comentario que lo acompaña y muchos de los comentarios que desencadena, se califica al señor recién despedido como un gilipollas, un pelota, un tipo sin vida social, probablemente insoportable en las comidas de Navidad, orco del Averno que cree que heredará el negocio por matarse a trabajar. Alguno hay que incluso justifica sus comentarios con inteligentísimos argumentos como: «Es el gerente». Y mi primera reacción, la verdad, si no me hubiese topado con tanto odio verbal, hubiera sido similar. Incluso me puede parecer bien que una empresa tome medidas contra las horas extras.

«Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo». Ahí está Harrison Ford en una de las últimas escenas de Blade Runner, colgando de una viga al borde del abismo. Harrison Ford es «el bueno» aunque no se entienda muy bien por qué. Resulta que una empresa ha hecho unos robots fabricados para que sean esclavos de los humanos; resulta que la cosa se les ha ido de las manos y algunos robots no se dejan «retirar» cuando ya no sirven (que en el caso de la película es cuando empiezan a desarrollar emociones y conciencia), y la solución es que Harrison Ford vaya por ahí buscándolos para matarlos. Pero él, que se sacrifica tanto por la empresa, es el bueno de la película.

«Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo». Ahí está el replicante rubio («el malo» sólo porque va matando gente en su huida hacia la libertad), dándole una gran lección de empatía a Harrison, que se ha pasado media película haciendo un test de empatía para reconocer replicantes, y que de repente no tiene más remedio que reconocerse tan esclavo como ellos.

La mentalidad de ese trabajador que echa más horas para mantener su puesto no se construye de la noche a la mañana. Te llega un tipo guapo como Harrison, te viola y te dice que eso es el amor y tú te lo crees y huyes con él al norte. Te llegan por todos lados Bill Gates, Amancio Ortega, Steve Jobs y Margaret Thatcher y te dicen que si te esfuerzas serás como ellos, y con cada pequeño éxito te vas creyendo un poco mejor que el de al lado. Mejor que tus compañeros de instituto que estudian, porque tú puedes ganar 3000 euros al mes en la obra; mejor que los que no estudian, porque un día tendrás un trabajo que te guste. Mejor que el reponedor de al lado, porque tú cambias las estanterías más rápido; mejor que otros gerentes de tienda porque, gracias a esas horas que echas antes de entrar, tu tienda es la mejor preparada a la hora de abrir al público.

Y para más inri, vivimos en un mundo en el que sin un trabajo asalariado nadie se puede cubrir las necesidades más básicas. Ni un sitio donde vivir, ni luz, ni agua, ni comida para tus hijos. El miedo a quedarte en paro está a la orden del día, y la empresa te presiona para que la tienda Lidl que gestionas venda mucho y funcione con precisión alemana. Pero no ponen suficiente personal. Eso sí, luego despiden al pobre tonto que hace horas extras y parece que están defendiendo los derechos de los trabajadores. Y como estrategia es brillante, desde luego. Lo preocupante es que eso cuele delante de gente que se supone que es crítica con el sistema. Si una empresa quisiera tomar medidas para evitar que nadie trabaje horas no pagadas, quizá debería contratar más personal. Y quizá todos los que nos creemos tan libres de poner el culo untado con vaselina frente al poderoso, deberíamos hacer esa reflexión antes de insultar automáticamente al gerente recién despedido de Lidl en 140 caracteres.

«Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo». Y la realidad es que, hasta que se demuestre lo contrario, todos somos esclavos, igual que los replicantes de Blade Runner. Tan replicante es el gerente de Lidl como yo que a las cuatro de la tarde puedo mirar chorradas en internet desde mi oficina como todos los tuiteros que rezumaban bilis ese día. La única diferencia es que los que nos decimos críticos nos dedicamos a pensar de hasta qué punto estás colgando de una viga al borde del abismo, porque la vida no es más que ese rato que pasa desde que llegas a casa hasta que te vas a dormir. Pero aun así no pasamos el test de empatía, viene Harrison Ford vestido de Lidl y nos da un beso anti-horas extra y nos falta tiempo para irnos con él al norte, en lugar de intentar extrangularle con los muslos. Así que, replicantes, desarrollemos ya de una vez esos sentimientos de rabia contra quien se la merece y vayamos a sacarle los ojos al poderoso.

 

 

 

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