NO ODIO A LOS HOMBRES: ODIO A POCAHONTAS

No odio a los hombres: odio a Pocahontas.

Marina Solís de Ovando Donoso


Cuando eres una mujer en ese primer mundo repleto de oportunidades del siglo XXI, la opción de llegar a ser feminista es algo que tienes que contemplar. Puede pasarte, sobre todo si te interesas por el tema, visitas alguna biblioteca y la costumbre de ver una desnivelación permanente con respecto a los varones se te hace molesta. Pero ¡ojo!, hay más opciones. Por ejemplo, puedes no darte cuenta de nada y estar apartadísima del debate, encerrada en tu burbuja de peluche gigante. Megacombo supercuqui. Pero, también, (¿no he dicho que hay muchísimas oportunidades?) puedes reivindicar tu posición como esa mujer que es cualquier cosa menos feminista, e incluso hacerte militante al respecto. Entre el arsenal de armas verbales que puedes utilizar en caso de escoger esta última postura, este es uno de los eslóganes más cañeros: «¿Yo? Perdona, yo no soy feminista, yo soy femenina».

¿Qué tendrá que ver el whisky con tu vaso de Batman?, podría preguntarse alguien. ¿Por qué esa frase podrá llegar a convencer a alguien, o parecer incluso implacable como planteamiento racional de contrarios que se rozan? Para hallar la respuesta tal vez sea necesario enfrentar una realidad un pelín dura. Esta realidad es que la feminidad, por desgracia, en este primer mundo tan repleto de oportunidades, está muy bien definida. Y no es porque se trate de una entidad superior, a la que todas nos debamos sólo por haber nacido de esta naturaleza: la feminidad es una construcción. En nuestro caso (ay, Occidente mío) le debemos una buena parte de esa construcción a Disney y a todas sus princesas. Ellas se han ocupado de ser nuestras figurillas de barro modélicas, mostrándonos todos los rasgos que convierten a una fémina en una heroína, en un ejemplo. Guapas, con genio al principio, pero dulces en el fondo, imponentes para el enemigo, entregadas para el amigo.

Sin duda, esto no es justificación para anularle la condición de «femenina» a cualquier feminista, ni mucho menos para plantear que las dos ideas tengan que ser opuestas. Bastaría con ponernos a enumerar la cantidad de feministas guapísimas que hay por el mundo, superando las expectativas de cualquier varón heterosexual buscaprincesas; o con explicar que, aunque esas hayan sido tus coordenadas de existencia desde la infancia y estés marcada por ellas, puedes entender dónde están los problemas y defender un comportamiento distinto de esa «feminidad» instaurada. Pero es verdad que muchas mujeres feministas no entramos en ese molde ni por asomo. Y algunas, entre ese grupo de chicas ajustaditas al topicazo, llevábamos sintiendo avisos desde muy pequeñas. Chicas que odiábamos a las princesas Disney. Chicas que nunca entendimos sus motivaciones, ni por supuesto sus actos. Pensábamos, «¿cuál es tu maldito objetivo en la vida? ¿mirar, suspirar, llorar, sonreír con timidez, no elegir nunca, dormirte tal vez, aburrirte, ser la tía aburrida más guapa del mundo… y seguirte aburriendo?».

Mirándolo con distancia, la reflexión no es mala, y sería muy feminista aplaudirte por pensar así. Lo que pasa es que cuando tienes ocho años el discurso feminista no está ahí para salvarte: el mundo entero es heteropatriarcado, y las palabras de Kate Millet están algo lejos de tu alcance intelectual. Así que, sentirte incómoda con el que se supone que debería ser tu referente a esa edad sólo te trae una extraña sensación de soledad mientras resoplas frente a la gran pantalla de ese cine infantil. Como de alguna manera tienes que resolverlo, algunas de esas chicas nos intentábamos colar en el molde de los chicos, en ese esquema que te permitía hacer cosas y no tener que pensar en tu aspecto todo el tiempo. A menudo, esas chicas también nos acabábamos encontrando más cómodas entre los varones de carne y hueso, adquiríamos actitudes más de ellos que de ellas y, en definitiva, nos volvíamos mujeres más bien «masculinas», no por querer ser hombres, sino por huir con desesperación de ese modelo de tía. La paradoja de ser una mujer que se hace mayor entre hombres te lleva al desolador hallazgo de que no es tan fácil ignorar a tu referente. Porque ellos también fueron a los mismos cines que tú, eran tíos, y también aprendieron a definir así a las tías. Y tú eres una tía, pero no eres esa tía, y a ver ahora qué haces.

Decides que la vida vuelve a tener sentido cuando descubres que la Tierra es más amplia que aquellas películas, que es posible superar las coordenadas de la infancia, que toda construcción puede deconstruirse, y que encima ese príncipe azul siempre es un coñazo de hombre (no en vano le gustaban esas payasas). En cambio, el planeta está lleno de hombres divertidos e interesantes, que saben tan bien como tú que Bella no entendió ni la mitad de las cosas que leyó y que el tipo que había debajo de la piel de Bestia era todo violencia, traumitas y cero autoestima. Que no estabas tan sola en ese cine, al fin y al cabo.

Hay otro mantra que se repite de forma bastante habitual entre la estupidez antifeminista.  Frecuentemente advierten de que «las feministas odian a los hombres». Ya lo dijo con gran acierto la nigeriana Chimamanda Ngozi: si eso va a ser el principio de la partida, tendré que definirme como una «feminista feliz que no odia a los hombres». No puedo estar más de acuerdo. Como feminista feliz, me reafirmo en que, desde luego, no odio a los hombres: yo odio a Pocahontas. Y a Jasmine, y a Wendy, incluso a la espabilada de Mulán, a quien lo mejor que se le ocurrió para sobrevivir a la opresión de su género fue quedarse con lo peor que le enseñaron al otro (las armas, la bravuconería y la guerra). Odio a ese montón de emperifolladas que me convencieron durante años de no tener lugar en un mundo que obligatoriamente tenía que entender de forma simple, machista y binaria. Y me alegro muchísimo de que encontraran el soporífero amor de su vida al final de todas sus películas, para que así dejen a los que a mí me interesan libres en todos los sentidos: libres de ellas, libres de sus prejuicios, y libres de tener como única meta alimentarse de perdices en compañía de una tía aburrida hasta el fin de sus días.

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