NO ME IMPORTA TU VIDA

No me importa tu vida

Irene Cronopia nos cuenta sus sensaciones tras ver el documental Muchos hijos, un mono y un castillo.

Irene Cronopia


Hace un par de meses, entramos dos amigos y yo en el cine con una bolsa llena de chuches (porque aunque tengamos más de 30 años nos encanta comer plástico con colorantes artificiales) y ganas de ver la película Muchos hijos, un mono y un castillo (Gustavo Salmerón, 2017); las ganas surgen sobre todo de los 20 minutos que hemos tenido que hacer cola a la entrada, porque la verdad es que estamos en el REC de Tarragona (un festival de cine documental y de autor), y básicamente elegimos las películas al azar. Esta película en concreto va sobre una madre que por lo visto es muy carismática. Y cuando vamos a verla ya tiene un premio de otro festival, dice la sinopsis. Pues no debe estar mal, dijimos nosotros, que los tres tenemos madres carismáticas y siempre estamos abiertos a conocer otras, incluso aunque nuestra naturaleza antisistema nos haga sospechar de cualquier premio.

Pero nos guste o no, nuestra historia y nuestra personalidad se construyen y se cuentan con lo que vivimos, los aciertos y los errores que cometemos, las personas con las que interactuamos. Al final, lo que nos cuenta una película que quiere centrarse en un personaje es un estilo de vida, una serie de decisiones y de acciones que serán (o no) heroicas, interesantes, valientes. Por ejemplo, El secreto de Vera Drake (Mike Leigh, 2004) va sobre la vida de Vera Drake, pero lo que importa es mostrar una Inglaterra donde las mujeres no tenían control sobre su capacidad reproductiva, lo que nos importa es qué pasa si las mujeres no tienen otra opción que abortar clandestinamente, sin condiciones sanitarias mínimas, dependiendo siempre de la buena voluntad de una mujer que quiera ayudarlas. E importa también la fortaleza de Vera que, por oponerse a una injusticia, tiene que enfrentar consecuencias que van desde la cárcel hasta la incomprensión de alguien a quien quiere, su hijo en este caso. Otro ejemplo. Jimmy’s Hall (Ken Loach, 2014) no sólo nos habla de la vida del activista y líder comunista irlandés James Grafton, también es una historia de una comunidad que se resiste a vivir controlada por las imposiciones de la iglesia católica, una historia de personas que desde la solidaridad defienden un espacio propio donde relacionarse de otra manera. Y como ejemplos, tampoco podemos olvidarnos de esos biopics que más bien parecen maniobras publicitarias mal disimuladas, destinadas a hacernos ver que personajes como Winston Churchill en el fondo eran majos majísimos.

La vida de una persona se plasma en una película, y de esa historia sale un mensaje, se quiera o no. Así pues, veamos qué mensajes me ha transmitido la película que nos ocupa… La película empieza con una serie de secuencias en las que se presenta a Julita, una señora muy graciosa. Con la gracia característica de cualquier abuela peninsular en realidad, nada que no diría mi abuela o la tuya y que en cualquier familia se define como «las cosas que tiene la abuela». La única diferencia es que mi abuela o la tuya seguramente no tenían espacio para acumular 500 millones de cajas con cachivaches, ni habitaciones enteras llenas de muñecas de esas que dan miedo, ni techos con lámparas de araña, ni vértebras de sus antepasadas asesinadas en la Guerra Civil (de hecho, es muy probable que tu abuela o la mía no hayan sabido jamás dónde están enterrados sus muertos, pero volveremos después sobre este tema). Vaya, que te pasas los primeros 5 minutos de la película riéndote, pero que el gran carisma que esperábamos, así de entrada no es nada del otro mundo, si no fuese porque esta familia vive en un mundo que no es el del ser humano medio.

Ahora que ya nos hemos reído y empatizamos con el personaje, nos cuentan que son ricos porque Julita heredó de un abuelo. Y que así se compraron el castillo donde viven. Crece la brecha entre el mundo donde vivimos los seres humanos medios y esta familia, pero estamos muy al principio de la película, y la verdad es que sigue haciendo gracia cómo lo cuenta Julita, así que lo dejamos pasar como anécdota (a pesar de que la mayoría sólo heredaremos deudas y quebraderos de cabeza de nuestros abuelos).

A partir de aquí más o menos se puede dividir la película en dos partes, una donde nos cuentan la época gloriosa de la familia viviendo en su castillo, haciendo cosas que no son interesantes para nadie excepto ellos mismos, y otra después de que les desahucien, en la que siguen haciendo cosas que tampoco me importan. Con chascarrillos ininterrumpidos de la protagonista, que van perdiendo interés y al final se hacen más bien pesados, principalmente porque no parece que la película pretenda dar la oportunidad de reflexionar sobre lo que una está oyendo (quizá la película tenga tal ánimo de ser sólo un homenaje a Julita que ni siquiera exista una intención de plantear algo sobre lo que reflexionar). Pero si no en el momento, porque estaba ocupada sintiendo que me habían robado 2 horas de mi vida en una película altamente innecesaria (un sentimiento comparable al que me quedó después de que Perdidos me robase 6 años para ese final de mierda), después sí que me puse a pensar. Porque resulta que me están poniendo delante de la cara a una gente que no sólo se compra un castillo y lo decora de la manera más hortera posible, con frescos de sus caras pintados en el techo. Es que, luego, cuando les desahucian, resulta que tienen otro piso a donde irse y una nave industrial donde meter todas sus cosas de ricos (la brecha sigue creciendo). Y en ese rato nos tragamos interminables secuencias de esta señora diciendo «qué desgracia, qué desgracia». Secuencias que se vuelven a repetir cuando les roban en la nave, «qué desgracia, dios mío, qué desgracia…».

Sin querer (en realidad, queriendo hacer una comparación demoledora, para qué mentir) me acuerdo de Yo, Daniel Blake (Ken Loach, 2016), y de todo lo que pasan los personajes de esa película. Daniel Blake se queda sin ingresos y tiene que vender todos sus muebles, su amiga Katie casi se mata de hambre para alimentar a sus hijos y acaba teniendo que prostituirse, y ¿sabes qué frase nunca se oye en esa película?

¿Cuántas familias desahuciadas de sus casas y que tienen que seguir pagando un dineral al banco hay ya en nuestro país? ¿Cuántas personas se han llegado a suicidar desde que empezó la crisis porque no podían sacar a su familia adelante? ¿Cuántos se han tenido que ir al extranjero porque aquí no hay ni trabajo ni perspectivas para ellos? ¿De verdad nadie ha pensado en la distancia que separa a esta familia tan guay del ser humano medio, y de lo ridículo de la escena, con una señora diciendo «qué desgracia» porque le han robado cosas que significan tan poco que lo único que hacen es llenar espacio en una nave?

Luego está el tema histórico, que huele a panfleto de Ciudadanos por los cuatro costados (ni de izquierdas, ni de derechas, liberal-demócrata). A la famosa abuela de la vértebra la habían matado los republicanos. Luego nos enteramos de que Julita tenía carnet de la Falange, que Primo de Rivera le parecía muy guapo y en sus sueños (o pesadillas, no me acuerdo) hace unas croquetas con su carne, pero ojo, que no pasa nada porque al final sale criticando al rey (el Campechano, no el Preparao). Y en cada artículo que sale, en cada entrevista que concede su hijo, y en la propia proyección en el REC de Tarragona, le falta tiempo para lanzarse a aclarar que su madre es demócrata-antifranquista. No digo yo lo contrario, pero así tal y como sale en la película, y teniendo en cuenta que en este país en que vivimos hubo millones de personas asesinadas y enterradas en cunetas, y militantes de partidos de izquierdas torturados, y muchísima gente que tuvo que callar y agachar la cabeza durante 50 años… No sé, antifranquista me parece un adjetivo que me daría vergüenza aplicar a alguien con carnet de Falange (aunque se lo sacasen por miedo, que con herencias millonarias de por medio mira que me parece sospechoso) y cuya mayor reflexión sobre la figura de Primo de Rivera es que era guapo.

Creo que con el mundo que tenemos y el que parece que se nos viene, no necesitamos más películas que nos hagan, de manera intencionada o no, empatizar con gente que no tiene problemas de verdad y que no tiene nada mejor que hacer que simular entierros con la abuela vestida de monja y un walkman con una cinta de noche de paz. Decía al principio que una película de un personaje es mucho más que el personaje. Pues me parece que ésta quería ser un biopic de qué maja es Julita, pero que a poco que uno mire con detenimiento huele a rancio por todas partes. Igual de estas cosas viene ese refrán de «los trapos sucios se lavan en casa».

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