NO ME GUSTA VIAJAR

No me gusta viajar

Editado por Fernando Ángel Moreno


No me gusta viajar.

No me interpretéis mal. No me parece que sea algo alienante, ni es que no me interesen las otras culturas, ni que considere que España sea el único país que deba conocerse, aunque, en España, como en ningún sitio.

Es sólo que ya de pequeño mis padres me llevaban mucho de viaje; tuve esa suerte que me hizo también conocer los principales museos de Europa y EE.UU. Soy un privilegiado que ha aprendido a valorar lo que tenemos. Viajar sirve especialmente para reafirmar el amor por la propia tierra.

Hoy no puedo acercarme a un museo o a un monumento sin una pequeña sensación de pérdida de tiempo. Es algo muy necesario, imprescindible, porque la cultura es muy importante, ¿qué duda cabe? Sin embargo, las obligaciones más inmediatas me impedirían disfrutarlo y, realmente entrar en un templo inca a hacerse cuatro fotos y contarlo después, es un tipo de hipocresía que no va conmigo. Además, tampoco he sido persona que haya sabido apreciar demasiado el arte; no he tenido tiempo para ello, no soy de los que fueron a la universidad a pasarlo bien. Aunque mis juergas me corría, claro.

Cuando entré en política, la obligación de los viajes de la infancia se convirtió en la obligación de los viajes del hombre adulto. Los viajes se volvieron aún menos interesantes. Cada conversación con un ministro, un famoso periodista, un posible aliado acapara toda tu atención. En cada cuadro o en cada plato de gran cocina, o en cada baile foráneo temes que a tu valoración de «¡Me encanta esto de aquí!» le siga un «Pues aquí se considera de mal gusto; ha sido una concesión al cacique de turno». En política, cuanto menos valores lo que no se pueda contar con una calculadora, mejor. Creo en decir las cosas directamente, duela a quien le duela, no en la pantomima de lo «políticamente correcto».

Por otra parte, a menudo uno debe renunciar a su enriquecimiento personal por el bien de su comunidad, de las personas a las que representa. Los viajes son una buena muestra de esto. Cuando viajas, no queda más remedio que asentir con la cabeza, esperar la opinión contraria y ratificarla, estés o no de acuerdo. Los viajes políticos son serios, no una manera de aprovecharse de tu partido político o del dinero de las personas que han pagado impuestos que podrían haber invertido en su pequeña empresa. No vas ahí a discutir, sino a conseguir cosas.

Estar en un partido joven también me ha permitido hablar con la gente de verdad de otros países, de la calle, con pequeñas empresas de no más de veinte o treinta empleados, con gente que ha renunciado a un puesto en una gran compañía a cambio de un simple secretariado de economía, con personas reales que han llegado levantar un negocio sin aprovecharse de los impuestos que pagamos entre todos. Sin embargo, esto tiene algo de no disfrutar de las personas cercanas a las que quieres de verdad; los desconocidos siguen siendo desconocidos. Jamás vas a interesarte más por una persona de la que no sabes nada que por alguien de la familia o por un compañero de marcha de la adolescencia o de la universidad, o con alguien con quien te quieres liar, seamos sinceros… Primero, los tuyos. Viajar con desconocidos está bien, pero es trabajar, entender qué puedes aplicar luego a una campaña, a una entrevista, a una presentación en PowerPoint. Y viajar con desconocidos es perder el tiempo de hablar con los tuyos, de ir a tu restaurante de toda la vida, es  aceptar hábitos poco de tu tierra, que siempre cuesta.

No me gusta viajar.

Lo confirmé definitivamente en Venezuela, en un viaje muy interesante para conocer comidas nuevas, historias de personas que confirman lo que temías, pero que fue sobre todo para entender que todo en el mundo es saber como enfocar las cosas para luego aprovecharlas. No aprendí mucho en ese viaje que no supiera ya antes de ir.

No me gusta viajar. Ni tiene utilidad práctica, ni te permite estar con los tuyos.

En España, como en ningún sitio.

Albert Rivera

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