NO MÁS CASEROS: TARAS EMOCIONALES Y OTRAS MANÍAS

No más caseros: taras emocionales y otras manías

¡A tomar por culo de mi casa!

Porpocoyo


«¿Quieres un poquito de coca, baby?», me espetaba mi compañera de piso a eso de las diez de la noche un martes cualquiera. Ella, los ojos inyectados en sangre; yo, pijama de Mickey y leche con Nesquik…

¿Te suena esta situación? En caso afirmativo, estarás de acuerdo conmigo en que compartir piso es un deporte de riesgo. Hace años uno prefería no salirse de su zona de confort (¡Qué coño! Ni siquiera existía el concepto) y solía mudarse a la ciudad con el amigo de turno o con la prima del pueblo. En aquella época la situación más incómoda a la que te podías exponer era la de «a quién le toca limpiar qué» un domingo de resaca. Con los años decidimos que el dónde y el por cuánto eran más importantes que el con quién, y dejamos a Idealista la elección de los compañeros al azar. Como una ruleta rusa con mucho vodka de por medio.

¿A ti no te ha pasado?

Por tanto, desde aquí queremos mostrar nuestro respeto a los outsiders, aquellos para los que vivir en el centro es condición sine qua non. Valientes que acabarán pagando un trocito de riñón (o de dignidad) por verse en Malasaña o Lavapiés, para acabar conviviendo con verdaderos especímenes de la fauna urbanita, personajes con los que escribir una obra del teatro más absurdo de Mihura o una peli de Almodóvar; a saber: amantes de lo esotérico y de lo ajeno, adictos a la televisión y a otras sustancias, guarros con todas las letras o incluso una versión rejuvenecida de tu propia madre —batín de flores incluido—.

Sin embargo, esta vez no hablaré de compañeros de piso. Hoy quiero hacer una mención especial a todos aquellos que hacen posible estos Gran Hermano mundanos. Un pequeño homenaje a esas personas que son capaces de dejarte sin agua caliente una semana por un olvido. Un humilde reconocimiento a su metódico esfuerzo en la ardua labor de tocarse las pelotas. Va por vosotros, queridos caseros.

Hey! ¡Por fin, macho! ¡Alguien habla de nosotros!

Por todos es conocido aquel entrañable señor de edad media-alta con bigote que «amablemente» te llama un sábado para advertirte del ruido y al que poco o nada le importa si a tu lavadora le dio por dejar de funcionar. Aun por lo paradójico del asunto, deberías estar agradecido si tu casero pertenece al modelo «Clásico Paco». Con suerte podrías ganarte un descuento en verano o incluso un bizcocho de su encantadora esposa en Navidad o similares. Nuestro nuevo siglo trajo consigo una nueva generación de caseros ávidos de dinero que, al igual que con los cupones de la ONCE, en cuanto rascas un poco te desengañas.

El modelo «Colegui» se ha popularizado recientemente debido a la crisis y al negociazo que es el Airbnb. Este híbrido entre compañero y casero puede llegar a ser especialmente irritante, sobre todo una vez hayan finalizado las presentaciones iniciales y esos pequeños favores de cortesía. Es entonces cuando aprovechará para recordarte con una sonrisa que todo aquello que tocas, incluso el aire acondicionado que respiras, es suyo. Ante esta marcada de territorio pasivo-agresiva lo mejor que puedes hacer es conseguir un kit básico de supervivencia e incluirlo en tu búnker personal de cama de ochenta sin ventana. También podrías salir por patas, pero sabemos que el bar al lado de casa compensa. No judgements.

Si es que… Tú solo te lo buscas

Por último, en «La Liga de Caseros Extraordinarios» existe un tipo que destaca especialmente por su manera exquisita de desentenderse de sus obligaciones. Su encanto natural disimulará cualquier tufillo a ilegalidad que puedas notar en la primera visita. El modelo «Mafioso» ha llegado para quedarse. Estos maestros del arrendamiento y enemigos de Hacienda delegarán cualquier responsabilidad en tu buen saber hacer, y no preguntarán por los costes. A estos caballeros no se les conoce familia ni vida anterior, y su enigmática personalidad les dará juego para granjearse una vida social —e incluso sexual— a costa de sus múltiples inquilinos. Con el tiempo su faceta más oscura será más que evidente, momento en el que te recomiendo ir haciendo las maletas. La policía podría presentarse en tu domicilio eventualmente, y eso sí que no mola nada, tío.

Sea el «Colegui»”, el «Mafioso» o el «Clásico Paco», está claro que el casero es un miembro más de tu pequeña familia temporal con la que tendrás que aprender a convivir. Y si alguna vez se te hace difícil encontrar el ambiente hogareño que te gustaría, recuerda lo siguiente: si hay algo que une a todos los compañeros de cualquier piso que se precie, es que ninguno de ellos soporta a su casero. Seguro que una buena «rajada» hacia su persona después de cenar puede romper el hielo y marcar el inicio de una bonita amistad. El resto es cosa tuya.

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