NO ESTAMOS TAN MAL

No estamos tan mal

Marina Solís de Ovando Donoso


«¡No disfrutamos en el paro, ni disfrutamos trabajando!». Con tal grito de guerra abría el single Nuestra alegre juventud de La Polla Records, en el año 1984. El título del tema ya marcaba la amarga ironía que puebla la corta letra de la canción. «Qué podemos hacer con tanto dinero, qué podemos hacer con las ventajas sociales… ¡qué más se puede pedir!» En medio de los alocados años ochenta, el grupo de punk español clamaba riéndose de los «privilegios» —supuestamente indiscutibles— que los jóvenes disfrutaban tan sólo por pertenecer a ese grupo etario. Aquellos privilegios que toda la generación de mayores, aunque no les sacara tanta diferencia de años, les recordaba constantemente como algo que ellos no tuvieron, como reflejo de una posición infinitamente más ventajosa con respecto a ellos, y como algo que convertía su situación en poco menos que un paraíso, del que por supuesto, no había derecho alguno a quejarse. «¡Qué más se puede pedir!», una y otra vez, la tenaz letanía. Una y otra vez, el mismo mantra, ocupado de convencer al sector de población más guerrero de que no tenía motivo alguno por el que enfadarse, chillar, molestarse y moverse. Ahí estaba la aguadilla de los levantamientos, en forma de bronca eterna.

No se trataba de un fenómeno aislado ni característico de los ochenta o de la gente que rodeaba a la banda en aquella época. Esa bronca constante por parte del conglomerado social que rodea a una persona joven en Occidente, sobre todo en Europa, continúa escuchándose y teniéndose por cierta. Pasa el tiempo y, a menudo, las acusaciones son siempre las mismas. Todas las generaciones parecen tener claro que la siguiente es peor que la suya, más blanda pero también más intolerante, más insoportablemente quejica, más inconsciente de la suerte que han tenido en comparación con quien les saca unos años, más lenta y atontada… y sobre todo, más vaga, apática y perezosa, menos interesada en trabajar, más inflexible con las condiciones de su puesto de trabajo. Por el aire vuela esa conocida máxima: «yo, a tu edad, ya trabajaba…». Curiosamente, existe otro denominador común junto al trabajo en el enojado discurso: la aceptación del sufrimiento cotidiano como un valor. Los representantes de la madurez, esos que han dejado atrás su «alegre juventud», exaltan su capacidad para soportar dolor, penurias, injusticias, insultos o aburrimiento como una especie de superpoder admirable, idealizando la propia aparición de sus peores experiencias a lo largo de su vida, y lamentando que no hayan aparecido en la de sus vástagos generacionales. Un macizo bloque de razones por las que convencer al mundo de que los jóvenes son básicamente esas personas que nunca están contentas («ni en el paro, ni trabajando») y que, tarde o temprano, comprenderán que así no se puede ir por la vida. Hay que reconocer que por lo general este discurso salió y sale bastante bien. Y la Polla Records lo sabían. De ahí que, escondida entre alguna otra de las estrofas del mismo track, estuviera la triste declaración: «es increíble cómo funciona el sistema: os felicito, y os doy la enhorabuena».

Igual que ellos, muchos otros grupos de punk, dentro y fuera de España, llamaron una y otra vez la atención sobre el hecho de que este discurso no sólo era una cuestión de mayor alcance que la distancia entre chavalería y adultos, sino que además era un arma espantosamente efectiva para aplacar aquello que los poderosos más temen de todas las personas jóvenes: su energía para combatir lo que no les gusta. No parece casualidad que fuera el punk quien se fijara en esto con tanta persistencia, ni tampoco que una buena parte de las críticas que históricamente recibió aquel género musical se dedicase a tacharlo de estridente y protestón sin contenido, de pueril más que constructivo, de inmaduro y rabioso a niveles casi adolescentes. Con frecuencia fue interpretado como el modo de expresión de una panda de niñatos con «demasiado tiempo libre» y muchos gritos que pegar como balas al aire. Y justo ese fue el as en la manga de la música maldita.

En efecto, el punk se erigió como un movimiento joven casi por naturaleza, donde la protesta estaba siempre ligada —de forma más o menos sutil— a la perspectiva de aquellos cuya condena social es, más que la clase o la raza, tener la edad que tienen. Y aprovechó todas las posibilidades que aquel terrible prejuicio le ofrecía. Al saber que no serían tomados en serio casi desde el mismo principio de la partida, podían permitirse seguir pataleando a través de las guitarras y las ácidas letras, mostrarse nihilistas, cínicos, incorregibles, explosivos y destructivos en las respuestas a los problemas que advertían a su alrededor, agresivos sin remedio, dejándose poseer a su vez por una brutal voluntad de diversión, que se alejaba radicalmente de ese principio moral del aguante y el silencio. El punk no es sino la transformación de toda esa energía surgida del descontento en una fiesta vertiginosa, donde reinara la euforia, y a un tiempo, la angustia de no saber cuánto tardarían en cerrar el garito, cuánto más tiempo seríamos jóvenes y habría tantas ganas de pelea, cuánto tardarían en adormecernos con el exquisito caramelo de la madurez.


Esa fue la forma de gritarle las verdades a los mayores en la era de las máquinas: verdades como que el trabajo implica esclavitud demasiadas veces y, encima, se te obliga a dar gracias por esa situación penosa, que desde la escuela se nota cómo nos intentan preparar para ser poco menos que clones, que el Poder se esfuerza porque despreciemos al diferente, que en la calle raro será el policía que cuide de ti, que la propaganda es veneno, que siempre pierden los mismos. Esas verdades que tanto duele admitir, quizá porque están tan asumidas que llaman a pensar que sean imposibles de cambiar y, a menudo, prefieres esquivarlas. Prefieres, como decía The Clash, crecer y calmarte, ser bueno, trabajar y esperar a convertirte en el «boss» de alguien, y que el abuso te haga sentir grande (Clampdown – Working and Waiting), sentir que estás en el lado de los explotadores aunque sea un poquito, para así no pensar en cuánto te explotan. ¿No será que aquello de lo que se queja la juventud no es menos cierto sólo porque la generación anterior lo haya soportado, porque todos lo soportemos, porque estemos horriblemente acostumbrados? Tal vez alguien tiene que decirlo. Tal vez alguien tiene que explotar, y convencernos por fin de que esto es una trampa, de que tenemos motivos para estar furiosos sin que la solución sea regodearnos en la tristeza, de que desbaratar el castillo de naipes y reventarlo no tiene por qué estar mal, sobre todo si el castillo es un amasijo de mentiras y violencia. Tal vez la bronca va en la dirección equivocada. Puede que, después de tanto tiempo y aprovechando que tienen su feeling, sea un buen momento para escucharles.

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