¡NI UN SOLO PROGRE SIN VISITAR LA HABANA!

¡Ni un solo progre sin visitar a La Habana!

Fidel Catastro


Era un lugar común en las conversaciones desde hace un par de décadas. No faltaba quien al calor de un ron de importación o tras tocar una de Silvio Rodríguez, enunciara para todo aquel que lo quisiera oír, su confesión más íntima: «quiero ir a Cuba, pero antes de que muera Fidel». Todos asentíamos o con el rostro o con las ganas. Y aunque después de la décima ocasión que alguien se sinceraba la frase ya sonaba a sortilegio de ligue, casi nadie viajaba hasta La Habana para escuchar los discursos del Comandante. Eran los años de las balsas hasta Florida, del despegue de las.com y de la agitación gusanera de Miami, escuela de periodismo mágico para las Yoani de toda América Latina. Con internet el socialismo cubano parecía cosa del pasado, los zapatistas y los indígenas poblaron las portadas de las revistas contraculturales y muchos intelectuales pensaron que el tiempo después del momento revolucionario es patrimonio del aburrimiento.

Ha habido décadas donde todos los progres soñaban con ir a Cuba. Conocer el socialismo, ese objeto político no conocido por los hijos de la democracia española. Teñirse de épica de un pueblo luchador. Hacer descargo de conciencia de sus propias memorias o sus lujos pequeñoburgueses. Aunque tampoco faltaron quienes en su rutilante juventud, militaban en las juventudes de los partidos comunistas del reino de España y en verano se iban de misión hasta el Caribe para conocer el socialismo, conocer comunistas de verdad, asistir a formaciones y, con suerte, pasar un par de días como verdaderos proletarios antillanos cortando caña. No lo sabía aquella joven milicia, pero acabaría siendo precursora de aquello que años más tarde se convertiría en el turismo oenegero. Eran los años noventa y ser de izquierdas en España era cosa de tener una cuenta pendiente con la historia, muchos arrestos morales o muchas ganas de discutir.

Pasaron los años y algunos se casaron y se hicieron contables, otros se compraron una casa en la playa y a casi todos se les borró Playa Girón a golpe de 40 Principales. Algunos excusaban sus opiniones en la excentricidad propia de la juventud mientras que otros habían encontrado en Operación Triunfo la épica del triunfo individual que siempre se les había resistido a la hora de embarcarse en un proyecto colectivo. Supongo que será cosa de las mareas, pero en aquellos años parecía que la isla estaba demasiado lejos del sentido común del español medio como para ir sin recibir una mirada reprobatoria en la oficina o en una cena familiar. Eran los días de la rotura de relaciones entre Cuba y la UE propiciadas por Aznar y la famosa frase del presidente mexicano Fox ante la negativa de Castro a asistir a una reunión de la OEA a la que también estaba invitado George Bush: «Fidel, comes y te vas». Y ni el comandante ni los progres del mundo fueron.

Hacer la revolución durante medio siglo es muy cansado. Para todos. Tanto para quienes la hacen como para quienes la viven y para quienes dicen sufrirla. Es cansado porque la normalidad cansa al final de cada día, por eso unos viajan cuando pueden y otros toman cocaína. Muchos comunistas de la quinta de nuestros abuelos soñaron que la Revolución era tranquilidad para el resto de sus vidas, equilibrio entre aquellos que se dicen miembros de una misma sociedad y justicia para quienes se alimentaban de miseria. Las acciones que emprendieron y padecieron se encaminaban a tal fin y quizás por su derrota omitieron pasión de juventud en las historias de abuelo. Hijos del silencio, nuestra progresía necesitaba un abuelo con la tranquilidad intacta de una épica de batallas de palabras y fusiles en una isla lejana que pareciera de otro tiempo y sin embargo paralelo en el tiempo de nuestras vidas inmersas en el capitalismo avanzado. El socialismo caribeño, cuna del renovado romanticismo progresista europeo.

Los años no han dejado de pasar y muchos de nosotros seguimos escuchando a Buena Vista Social Club, pero sólo en los últimos dos años, en virtud de que Iberia ha querido bajar los precios de sus pasajes, las calles de Santiago, La Habana, Santa Clara y Varadero se han llenado de aquellos que llevaban veinte años diciendo que algún día irían. Turismo low cost en los claroscuros de la Revolución. Se duerme en los Airbnb del socialismo regentados por familias, se peregrina a los lugares de la Revolución, se busca la promoción del 2×1 en el exotismo caribeño y establecer relaciones humanas con verdaderos «hijos del socialismo» como quien busca la cuadratura del círculo. Hay quien incluso podría pensar que se está turistificando La Habana como Barcelona, pero seguramente quien se va a Cuba tiene en mente su contribución al proyecto revolucionario caribeño, ya sea dejando dinero en el territorio o aprendiendo de los avances del pueblo cubano. Ahora que Fidel ha muerto, seguramente tantos españoles han viajado a La Habana para recoger su legado, las enseñanzas de la Revolución cansada, y llevarlas a nuestro país o adonde hicieran falta. Seguramente haya un viejo revolucionario entre los directivos de Iberia que pensó en bajar el precio de los billetes para que los progres de este mundo pudieran bañarse en las contradicciones del socialismo en primera persona y volver con las cosas más claras. Estoy seguro de que todos aquellos que no pudieron ir a Cuba antes de muriera Fidel se hicieron la promesa de aprender todo lo posible sobre cómo cambiar este mundo viajando hasta el Malecón de La Habana. Tengo la firme convicción de que ese chaval que viaja en autobús desde Manzanillo a Puerto Padre le ha dado una oportunidad al siglo y está juntando fuerzas para cambiar las cosas, y que el talismán de la isla todavía tiene mucho que decirle a sus viajeros. A pesar de que el socialismo siempre pudo ser otra cosa, a pesar de la miseria, a pesar de la burocracia, los fracasos, las victorias a medias y todo lo aparente.

Tengo esa convicción, porque la sola idea de pensar en que nuestros progres se han pasado dos décadas dándonos la turra para irse de vacaciones al caribe a tomar el sol, beber ron, comer barato y figurar en Instagram, es demasiado decepcionante con las esperanzas de los revolucionarios en poder cambiar las cosas. Un ruso decía hace más de un siglo que la Revolución no se puede hacer sólo en los tiempos libres. Y nosotros le añadimos que o se es turista o se es revolucionario. ¡Ni un solo progre sin visitar La Habana!

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