NI TAN MAL

Ni tan mal


«Toda la vida es un viaje». Es una buena frase para empezar un libro de autoayuda. Pero cuando llega la época de los viajes nos damos cuenta de que no somos más que seres diminutos y aburridísimos pasando calor en distintos sitios durante los terribles meses estivales, o ignoramos completamente esa realidad mientras nos hacemos fotos con monumentos absurdos de personas que querían dejar memoria de sus grandezas sólo para que tú te pudieras hacer una foto en la que un punto de vista haga que parezca que estás sujetando una pirámide, una pagoda o cualquier otro monumento enorme.

El verano es la época del sudor y es la época de los viajes, en la que conocer el mundo por fascículos (cada año, una nueva entrega). Viajar al pueblo familiar en el que tienes tantos primos que te da miedo ligar, a la playa con amigos, viajes en familia, o en solitario con una mochila al hombro creyendo ser muy original. Es el momento de viajar internamente y probar todas esas drogas que no tocaste durante el año por miedo a la resaca que estaba por llegar. Y sobre todo es el momento de no viajar y morir de calor en la ciudad, vacía de coches y de personas, pero caliente y voraz y sólo tolerable viviendo cerca de alguna piscina (o con la puerta del congelador abierta).

Como decíamos, hablar de verano es hablar de viajes. Y qué viajes. Porque nuestros viajes, a diferencia de los de los demás, son los verdaderos, los genuinos, los auténticos. Quizá los otros miles de personas que se agolpan en una Fontana di Trevi abarrotada no tengan ni puta idea, no sepan quién es Anita Ekberg y piensen que Fellini es un político democristiano, pero nosotros sí lo sabemos y por eso nos merecemos estar allí (y que los demás no lo estén). Y así, dedicamos nuestras dos semanas miserables de vacaciones a terribles viajes en los que buscamos desesperadamente experiencias que van desde el autoconocimiento a la diarrea explosiva para poder paliar, con toda esa montaña rusa de sensaciones, la falta de las mismas de enero a diciembre. No hace falta ponerse a sospechar si estas sensaciones nos vienen también impuestas por una idea de consumo o de disfrute que quizás no sea el nuestro.

Eso da exactamente igual. Iremos lo mismo a Birmania, mientras unos tipos vestidos de coroneles y con muchas medallitas exterminan a alguna etnia minoritaria, que a Nueva York, para sentir que durante siete días somos los personajes de alguna sitcom de dudosa categoría. Pero no te preocupes, porque a la vuelta de tu viaje seguirás siendo el mismo. No habrás cambiado en absoluto y podrás continuar con la ardua tarea de quererte u odiarte mientras otra gente viene de viaje a tu ciudad y te ve como una parte de atrezzo en la increíble película de su vida (que es la importante).

Porque después de mayo llega junio y vas cambiando la chaqueta con capucha por la camiseta de mangas rotas, y un día te pones chanclas y pantalones cortos y te descubres yendo a un pantano a bañarte en el fango. Y eso supone que ya es julio pero todo lo demás, excepto tu atuendo, que te acuestas más tarde y vas con más resaca a los sitios, permanece igual. Porque la construcción de la idea de verano se basa en su excepcionalidad, en ser un periodo en el que, como en los carnavales antiguos, la ley, el orden establecido y las relaciones jerárquicas dejan de existir para dar paso a una libertad pactada entre toda la gente con el objeto de no volvernos majaras. Pero, ¿y cuando dura sólo quince días? Cuando tu tiempo libre va de un lunes al lunes de dentro de dos semanas, ¿puedes olvidarte de ti mismo? Tú, que sabes lo que es haber tenido doce años y haber tenido tres meses en los que la única tarea era empeñarte en olvidar todos los conocimientos más o menos inútiles que unas personas mal pagadas y con mucho estrés se habían esforzado en meter en tu cabeza mientras te asilvestrabas y te preparabas para un periodo que creías que iba a ser eterno. Porque la única manera de que haya verano es pensar que no va a acabar nunca.

Pero a pesar de esta dejación, seguimos sintiendo una necesidad de historias, de conocimientos más o menos importantes pero siempre interesantes, de leer en algún sitio las cosas que escriben otras personas que no se van de veraneo. Porque puede que estemos de vacaciones o puede que no, pero nuestras cabezas también necesitan irse por ahí y darse una vuelta por diferentes sitios que le aporten algo más allá de fotos en una hamaca.

Verano es sólo una palabra, una muy poderosa, que nos hace evocar automáticamente muchas realidades que esperamos durante el resto del año. Pero verano no deja de ser una convención igual a septiembre, primavera o Navidades. Continúa todo aunque parezca que todo pare. En verano necesitamos, como los Salina, que todo cambie para que todo siga igual. Por eso desde Juego de Manos os traemos este monográfico en el que las palmeras y los desiertos vienen a sustituir a las calles que tenemos más cercanas. Nos vamos de viaje, sin gastar ni un chavo así que, ya sabes, deja las fotos de playa, el calor absurdo y los mosquitos y date una vuelta por nuestros artículos que vienen fresquitos.


En este número…

En cultura queremos que no pases más calor del necesario y por eso lo pasamos por ti: en Roma con Benito Sansón recordando un viaje que ya fue pero sobre el que se puede seguir pensando. En el relato de Sara Sánchez-Molina, porque las vacaciones pueden ser también imaginarias (y muchas veces éstas son las mejores). En el cine, pero un cine antiguo, en el que se puede fumar y comer pipas mientras te quedas pegado a la butaca con nuestra serie que comienza ahora y durará todo el verano: sudor y cine. Y con libros de viaje, guerra y poemas en el desierto de Libia siguiendo a jóvenes ingleses en medio de la picadora de carne de la mano de Pablo Rada.

En Política viajamos a la realidad de los reporteros de guerra con Diego Rodríguez Veiga en la serie Héroes sin Medalla. Carlos Rodríguez inspecciona nuestra preocupación de viajar a Cuba antes de que pase Dios sabe qué en Cuba: última oportunidad; y reparte cera contra los mochileros. Para terminar, Pablo Gastaldi se mete a hacer el salvaje en altamar en Más aburrido que un crucero.

A Yo Ya nos llega una carta desde Cuba mientras otros se van de vacaciones en base de Periscope y otros en busca de jamelgos a Castilla. No nos olvidamos de la más absoluta desidia propia del verano, del ya clásico sudor (y sus ventajas sexuales) y de cómo enchocharte, enamorarte locamente y olvidarte de todo al volver a la ciudad.

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