NADIE CONOCE A AUGUST AMES

Nadie conoce a August Ames

A. Harmann


En la noche del miércoles 6 de diciembre de 2017, una joven canadiense de veintitrés años, afincada en Los Ángeles, se quitaba la vida en su apartamento. En los días anteriores, había recibido una gran cantidad de insultos e improperios en las redes sociales cuando se supo que no había aceptado un trabajo que consideraba que acarreaba ciertos riesgos que ella no estaba dispuesta a asumir. Mercedes Grabowski llevaba cinco años trabajando en uno de los sectores más exigentes y con más exposición pública de toda la Costa Oeste. Con miles de seguidores en Twitter e Instagram y acumulando cifras de seis dígitos de visitas en las plataformas online para las que trabajaba, Mercedes, o August Ames, se convirtió en una de las principales referencias dentro de su profesión. Seguramente tus compañeros de trabajo la conocen, alguna de tus amigas, tu primo adolescente que termina el instituto e incluso el guardia de seguridad analfabeto que vigila en la puerta del metro. Puede que no sepan su nombre pero a través de una pantalla les habrá hecho sentir menos solos en sus mejores y peores momentos. Seguramente nunca hablarán de ella y si alguien menciona su nombre se agitarán levemente y negarán saber quién es. ¿Por qué si sus vídeos cuentan millones de reproducciones y atesora decenas de miles de seguidores? Porque August Ames era actriz de cine porno.

Todavía se desconoce la causa real de su muerte o las motivaciones que la han llevado a quitarse la vida, y si éstas están relacionadas con que se negara a actuar en una escena con un actor que también rodaba películas de porno gay —en la industria del porno se les conoce como crossover—, porque no se sentía suficientemente segura del actor. En cuestión de horas, en Twitter surgieron miles de menciones con su nombre.

Parece que todo lo que tiene ver con el cine porno es motivo de broma y de doble sentido libidinal. Y un suicidio no iba a ser para menos. Es difícil ponderar qué resulta más repugnante, si el realizar una broma sobre una persona muerta hace pocas horas, si hacer una broma sobre esa persona y utilizar a tu novia a título comparativo, o por el contrario aprovechar su suicidio como un momento relevante para masturbarse con sus vídeos. Nadie puede decir que la relación de uno mismo con su deseo sea sencillo, pero expresar estas opiniones en una red social pública desde perfiles anónimos dice mucho acerca de lo desechable, prescindible o risible que es la figura de la misma persona con cuyas imágenes tantas veces te has masturbado.

August Ames se dio a conocer en el mundo de la pornografía cuando publicaron una escena en la que ella fingía estar borracha en un bar y ligaba con uno de los hombres que jugaba al billar y se lo follaba en los baños de un club nocturno de carretera en el Medio Oeste americano. En cosa de tres años ha rodado más de 270 escenas en películas con mayor o menor trama argumental como Safe Landings, Oil Overload 8, Don’t Tell Hubby, 10​ Missing, Spandex Loads, Dirty Talk, Big Wet Breasts, Naturally Delicious, Flesh Hunter, Raw Talent 3 o Titty Attack 8. Fue galardonada con dos premios AVN en 2015, el equivalente a los premios Oscar en el porno. Las reproducciones de sus vídeos en las principales plataformas online se cuentan por millones en cada uno de sus vídeos. Millones de personas se han excitado, azorado, estremecido y eyaculado al calor de sus gemidos, sus posturas, sus gestos y su atractiva figura. Ya fuera a través de una pantalla, en una revista o en la televisión, August Ames ha interpretado distintos personajes que ponían en el centro de la trama el deseo mismo. Y en su papel, nos incitaba a imaginar que éramos nosotros quienes estábamos allí, a ser nosotras quienes enterrábamos la cabeza entre sus muslos mientras hundíamos la boca entre sus labios.

Nadie conoce a August Ames. No hablaremos de ella estas navidades y, si en un día de tedio o de deseo, encuentran uno de sus vídeos en una de esas plataformas que dicen no conocer, es posible que se acuerden de esa fugaz noticia sobre su muerte, y vivan espontáneamente aquel dilema freudiano entre Eros y Tánatos, entre el deseo y la muerte. Desde luego no el dilema expresado en toda su grandeza, a medio desvestir y excitado. Sino entre la pulsión del deseo, en el porno, en nuestras vidas de sexualidades purificadas, y el saber que aquella, desde la eterna repetición de la escena y el placer escenificado, nos sigue excitando y haciendo fantasear con estar nosotras en el centro de la escena misma. Dilema del VR porn. Nadie le comentará a nadie que se masturbó con un vídeo de una starlet que se había suicidado pocos días antes. Nadie lamentará su perdida y la gran calidad de sus actuaciones. Nadie lo hará porque parece que las actrices son sólo objeto de deseo, son el recipiente del deseo y su vida pública y privada es una prolongación de su actividad profesional. Ellas lo saben y también saben que son las esforzadas vencedoras de un sistema de explotación sexual machista a escala mundial. August Ames pudo disfrutar siendo una diva del porno de aquello que a millones de mujeres se les niega dentro de la cadena de explotación sexual e incluso dentro de la propia industria del porno estadounidense.

Si no fuera por pornostars como August Ames que se revindican soberanas de su propio cuerpo y sexualidad y nos ayudan a explorar nuevos horizontes de nuestros deseos —antes inenarrables y oscuros— sin la dosis de culpa y extrañamiento como condena; si no fuera por ellas, que nos han acompañado en nuestros jadeos, espasmos y fantasías con sus actuaciones, hoy seguiríamos ante una industria del porno en donde mujeres colocadas son expuestas y humilladas ante una cámara, como un sujeto anulado cuyo único deseo es recibir el sexo de su compañero de escena. Nosotras nos acordaremos de August Ames como una hermana más a la que nunca conocimos. Y a todos los que ahora fingís no saber quién es, quienes la juzgáis como puta en público y os masturbáis con sus vídeos, August tiene algo que deciros:

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