MUJER Y PRECARIEDAD: TOTAL, SIEMPRE HA PASADO

Mujer y precariedad: total, siempre ha pasado

Oficina Precaria


 

Me paro unos segundos antes de entrar en la cafetería para recuperar el aliento. Pensaba que iba tarde y, sin embargo, todavía me sobran unos minutos. Ni Marta ni Cristina han llegado, así que elijo mi mesa preferida: la que está pegada a la ventana. Aunque intento pensar en otras cosas, no dejo de darle vueltas a lo que me ha «recomendado» mi jefe: que no es momento de tener hijos, que disfrute de la vida todo lo que pueda. Aunque lo ha dicho entre risas, en realidad escuchaba cómo su cerebro gritaba: «En esta empresa no nos gustan las mujeres con vida más allá del trabajo, con hijos que se la compliquen». Y no es que sea una paranoica. Es que lo he visto en Teresa, en cómo al reincorporarse de su baja por maternidad creyeron que lo mejor para ella era encargarse de cuestiones menos complejas, la pusieron de administrativa y la empezaron a marginar. Sin duda fue una patada invisible hacia la calle. Teresa no es la única. Según el Instituto de Política Familiar, el 18% de las mujeres ha recibido presiones por parte de la empresa al quedarse embarazadas. Y una de cada cuatro entre 18 y 25 años incluso recibió la carta de despido poco después.

«¡Eva, Eva!». La llamada de Marta me saca de mis pensamientos. Se sienta y deja en el suelo todos los bultos que llevaba. Me explica que, desde que había aceptado el segundo trabajo, prácticamente llevaba toda su vida a cuestas; desde las ocho de la mañana que sale de casa hasta las nueve que vuelve son muchas las cosas que se pueden necesitar. Una situación que no ha elegido ella; más bien al contrario. Marta es una de las más de dos millones de mujeres españolas que ocupa un contrato a tiempo parcial, lo que supone el 72,17% del total de este tipo de contratos, frente al 27,83% de los hombres. Claro que a ella le gustaría trabajar una jornada completa en un mismo sitio, como su novio de toda la vida. Claro que le gustaría no tener que recorrerse Madrid dos veces al día, ni que sufrir cada vez que pierde un trabajo porque con una jornada parcial no llega a fin de mes. Pero si algo ha aprendido en sus treinta años es que la temporalidad tiene nombre de mujer.

En el primer minuto ya le estoy contando lo de mi jefe. Marta me dice que de qué me sorprendo, que si hubiera más mujeres jefas o que si los permisos de paternidad fueran obligatorios e intransferibles la cosa podría cambiar, pero que tal y como está el panorama… En España, el porcentaje de mujeres directivas es del 31%, por debajo de la media de la Unión Europea. Pero, de momento, parece que nos hacen elegir entre ser madre o desarrollar nuestra carrera profesional. El 58% de las mujeres renuncian a su carrera para poder educar y disfrutar de sus hijos, frente al 6% de sus parejas.

Me suena el teléfono: es Cristina, su hijo se ha puesto malo y va a por él a la escuela infantil desde el trabajo. No podrá venir, otra vez. Ya había avisado a Carlos, su marido, que este mediodía se lo cogía «libre» para comer con nosotras. Pero parece que «ella está más cerca de la guardería y el bebé se calma mejor con ella, seguro que ella sabe mejor lo que le pasa y lo que necesita…». Y así una lista de excusas con las que Carlos la ha convencido de que sea ella, y no él, quien vaya a por la niña. Y mira que Carlos es un buen tío, no hace chistes machistas y ayuda a Cristina en casa. Ése es el problema, que «la ayuda». Según un estudio de FEDEA, casi el 70% de las horas dedicadas a trabajo doméstico las realizan mujeres; las españolas dedican 2,5 horas más que los hombres a estas labores.

Colgamos a Cristina y antes de seguir hablando se acerca la camarera a tomarnos nota. Ésta es nueva. Mira que llevamos viniendo a esta cafetería durante los últimos tres años y habremos conocido a varias docenas de camareras. Muchas de ellas inmigrantes. Le decimos rápido lo que queremos y, mientras se aleja, nos quedamos pensando de qué país de América Latina será, cuántos hijos (o incluso nietos) tendrá y qué tipo de vida llevará… Casi sin darnos cuenta, seguimos hablando de cómo hay algunos trabajos, normalmente los más precarios, temporales y parciales, que parecen ser para nosotras.

El Estudio de la situación de la Mujer Inmigrante en España, elaborado por Organización Internacional para las Migraciones, en el año 2015 nos dice que la población inmigrante femenina representa el 13,77% de la población femenina en España. Se ocupa principalmente en trabajos domésticos y de cuidados. El de limpiadora representa el 67% del colectivo, cifra que asciende al 75% cuando se trata de su primer empleo. El descenso se debe al proceso de arraigo que se produce con el transcurso del tiempo, pero que aún se encuentra muy lejos de los niveles de la población española, como lo demuestra la doble brecha salarial a la que se enfrentan: por ser mujer y por ser inmigrante. Esto lo observamos si comparamos los datos de la encuestas con los datos de la ganancia media mensual de la población española, que son 1.891 euros mensuales para el conjunto de la población, y 1.621 euros mensuales para el caso de las mujeres (Encuesta de Estructura Salarial/INE, 2013). Las mujeres inmigrantes se encuentran muy por debajo de la media, de hecho prácticamente el 97% de las mujeres inmigrantes se encontrarían en términos salariales por debajo de la media española y al menos un 96,5% por debajo de la ganancia media de las mujeres españolas. Por tanto, en base a los datos obtenidos por la EMI 2015, al menos el 91% de los hogares de las mujeres inmigrantes se encontrarían por debajo del ingreso medio nacional, establecido en 2.180 euros mensuales. Un dato que refleja sin ambages la precariedad económica del colectivo. Al tiempo, al menos un 65% de los hogares de las mujeres de origen inmigrante se encuentran por debajo de la mitad del ingreso medio, 1.090 euros mensuales, una cifra que marca la línea clásica de corte de la pobreza relativa en España.

Y nos acordamos de esas Kellys que vimos por la televisión; y de las trabajadoras del hogar que han pasado por mi casa y cuyos derechos laborales, mi propia familia, no respetaba; y de aquel compañero que consiguió el ascenso pese a llevar menos en la empresa y tener un currículum mucho menos especializado que Cristina, algo que nunca entendimos (de acuerdo con la última Encuesta de Estructura Salarial de 2014, el salario bruto medio anual de los hombres es de 25.727 euros, frente a los 19.744 euros de las mujeres. De esta forma, la brecha se sitúa en el 23,25%); y de cómo nunca hemos tenido una jefa, siempre han sido hombres; y de las veces que un superior nos ha mandado callar en una reunión, o cuando ha pasado demasiado cerca de nosotras aun teniendo espacio libre, o cuando ha insinuado que deberíamos pintarnos más para ir a trabajar.

Y mientras nos traen el café, seguimos mencionando todas esas cuestiones que tratamos como anécdotas aisladas. Nos reímos un poco de ellas y nos resignamos. Total… siempre han pasado. Sin darnos cuenta de que nosotras, en algún momento, hemos sido Marta, Eva, Cristina… y hemos vivido el acoso laboral y la precariedad por el hecho de ser mujeres. Es el momento de politizar lo personal y dejar atrás ese «total, siempre ha pasado».

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