MUERTE A LAS VANGUARDIAS

Muerte a las vanguardias

Nerea Maestu


A lo largo de los siglos existió una regla silenciosa y respetada que dominaba el arte. No sólo lo controlaba, sino que, sin ella, todo aquello con cierto potencial artístico no sería capaz de devenir propiamente en Arte. Era una regla estricta, objetiva y basada en matemática pura, cuya función no era otra que descubrir el orden oculto en la belleza. Y orden en griego se dice canon.

Esta palabra mágica, reverenciada y venerada durante siglos, aunque muy pocos supieran bien a qué se refería, estructuró toda la producción artística occidental. Había nacido en Grecia, se había codificado en Roma y se había estirado, encogido, ensanchado y revolucionado a lo largo del tiempo. Los renacentistas lo revivieron, el manierismo lo desafió y el barroco lo exageró. No faltaron nunca aquellos que intentaron boicotearlo, pero nunca con la convicción necesaria, pues acabar con el canon significaba acabar con el concepto que ontológicamente daba significado a eso amorfo que nosotros llamamos Arte.

Con el canon todo era más sencillo. El secreto de la belleza, de la calidad de la obra de arte, estaba en seguirlo, incluso en experimentar con él, pero el campo de mejora radicaba en los aspectos técnicos. Esto es, en conseguir que lo que se representaba fuese una copia de la realidad, ya fuera radicalmente fiel o una realidad idealizada, mejorada.

Sin embargo, llegará un momento en que el canon, por muy maleable que sea, no pueda dar más de sí. Los albores de la Edad Contemporánea traen a galope los mayores cambios que la humanidad hubiera experimentando desde el Neolítico. El mundo es mucho más amplio, las velocidades mayores. Se toma consciencia de toda la compleja diversidad y contrastes del mundo. Los siglos XVIII y XIX son los de las grandes revoluciones y, como no, también de las artísticas.

Carlo Carrà, Caballo rojo (1913)

De repente, se siente que el Canon es una especie de camisa de fuerza para una sociedad con unos horizontes mucho más amplios. Sus medidas se quedan cortas, asfixian. Se han de buscar nuevos caminos para que el arte no esté sujeto a él. Es una guerra de liberación contra la belleza. El arte ya no sólo expresa belleza o, quizás, es que la belleza es algo mucho más amplio. Todo lo que vemos, sentimos, despreciamos, palpamos, imaginamos es ahora susceptible de ser, sin ninguna contención, Arte. La verdad y la expresión transforman la fealdad natural en belleza artística. De hecho, lo feo, morboso, incómodo, nos resulta más interesante. El artista ya no tiene que someterse a reglas, es libre, y esa libertad es al tiempo lo único a lo que se puede amarrar, la única fuente de legitimación de lo que crea.

Las primeras vanguardias rompieron definitivamente con todo lo conocido hasta entonces. Fue un huracán violento, fugaz e increíblemente destructivo. Su impacto fue tan brutal que incluso parte de sus creadores se asustaron luego de sus actos y, en los años siguientes a la Gran Guerra, trataron de reconstruir lo que ellos mismos habían derruido a golpe de manifiesto. De repente artistas de todo el continente, que apenas unos años atrás habían enarbolado las banderas de las vanguardias más rupturistas, ahora volvían a pintar no sólo figurativo, sino clásico. Este «retorno al orden» fue particularmente importante en la Italia fascista, donde los mismos futuristas que en 1909 clamaban en favor de guerra y violencia, en los años 20 se ponían a pintar madonnas actualizadas, vírgenes marías proletarias.

No obstante, esto no llevaba a ninguna parte. El camino que habían abierto las vanguardias era de un solo sentido y cualquier intento de sembrar algo en la otra dirección era inútil y condenado al fracaso. El canon, el orden en el arte, había muerto y el más inconmensurable abismo de posibilidades se abría ante los ojos de los hombres.

Pero ¿qué es el arte sin el canon? El arte queda sin definición y desde entonces la estamos buscando. Lo cierto es que por mucha teoría y teórico suelto que haya no se ha conseguido idear una categoría capaz de subsumir a todo lo que hoy consideramos arte. El enunciado más seguro que podemos decir es que el Arte es lo que hacen los artistas.

La libertad es la nueva regla. Se busca el caos, burlar los límites. Nunca mirar atrás. Y el mejor halago que se le puede hacer a un verdadero artista moderno es transgresor. Antes el artista se debía replegar a las directrices que le daban desde fuera; controlarse para no ser demasiado provocador o no tendría éxito. Ahora, sin embargo, la normalidad está condenada, desprestigiada, y el artista se ve casi obligado a transgredir, a despertar interés en un espectador que hace años que no se sorprende de verdad.

Carlo Carrà, Las hijas de Lot (1920)

¿Qué será lo que nos atrae tanto de romper con todo? ¿Hasta qué punto se puede seguir siendo transgresor? ¿Llegará un momento en que la novedad ya no sea novedad? ¿O en el que la novedad no sea intentar crear algo nuevo? Somos adictos al cambio y cada vez lo necesitamos en dosis mayores y cada menos tiempo, pues el aburrimiento crónico acecha en cada esquina. El gran éxito, the best next thing, ha de ser inmediatamente superado. Lo cierto es que la búsqueda no ha terminado y que, probablemente, nunca lo haga. Pero quizás no sea tan malo deambular por el abismo, sin orden ni límites, y dejar, por una vez, que se desborde aquello que no puede ser controlado.

Gino Severini, Maternidad (1916)
Gino Severini, Bailarina en azul (1912)

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