MORNING AFTER PILL: DIÁLOGO ROMPEHUESOS

Morning after pill

Diálogo rompehuesos

La Llorona


Recomendaciones de uso: este texto se concibió a modo de diálogo conmigo misma. La columna de la derecha se debe entender como la reflexión que se iba generando en el transcurso de los fatales acontecimientos.

 

Desde que ha hecho de mi espalda desierto

en el que soltar

sus traviesos pececillos.

Desde entonces lo llevo pensando.

Es más fácil evitar el tema,

hacer una fugaz e incómoda visita a la farmacia

en solitario.

Una.

Yo.

Luego.

 

Huele a café.

Anoche la impaciencia le ganó dos a cero a que sin condón.

La sacó justo a tiempo

y yo no saco el tema.

Delante de mí un desayuno continental.

Joder, 35 pavos de polvo. 

Esta semana lechuga.

¿Y el aborto?

Aquí ilegal. 

Se me cae

de repente

un niño

de espuma

a los brazos.

Empieza la mente con sus malas pasadas. 

Qué mal me debe sentar

la postura de la inconsciencia 

sobre la camilla clandestina,  

qué mal el miedo inyecto en anestesia

sobre una mesa de quirófano. 

¿Y si me despierto

con el sonido de acero de la papelera?

 Ha habido desperdicios. 

Un no-niño muerto. 

 

Llevaría el pelo revuelto de una sensación muy rara.

Olería la soledad a desinfectante.  

Me gustaría decir «ha sido fácil»

Me gustaría decir…  

 

Es que a mis 27 años

no quiero ser madre. 

No sé si quiero ser madre,

mi querido Estado,

al que tanto le gusta

emparejar.

Porque tiene beneficios

el número dos en España.

 

Par,

dos. 

PP.

Van de la mano.

 

Deben de estar paseando por el Retiro 

perfectas familias, 

familias normales. 

La mujer con su vagina avergonzada y avergonzante

y el hombre con su gran pene incontenible.

Juegan con sus tablets los niños accidente,

deseados sólo con el paso del tiempo. 

 

Y es que no quiero ser madre. 

No sé si quiero ser madre.

Y no por eso estoy perdida.

Es mi rumbo el que me pisa los talones.

Míranos,

dos irresponsables

comiendo salchichas,

huevos,

alubias

y crema de patatas

a las 11 de la mañana.

Todavía me callo.

¿Me callo?

No, no me callo, 

Desde el sillón de cuero marrón,

al fin responde

Es cuestión de suerte. Ahora ya me dejas rayado.

y fin de la cita.

Espera, espera

¿ha dicho suerte

 

Otro gilipollas.

Otro más.

 

Otro.

Estoy en la farmacia.

Una.

Sola.

Yo.

Alguien me dice: «¿Te puedo hacer unas preguntas?»

Y si lo soy, ¿qué?

¿Qué demonios le pasa al mundo con el cuerpo de la mujer que le tiene tanto miedo?

Nos queda muy pequeño todavía el siglo XXI, compañeras.

Palos de escoba

sobrevuelan la salita color blanco hoguera

a la que me han invitado amablemente a pasar.

Yo entre folletos de ITS.

Gonorrea,

sífilis,

papiloma,

herpes vaginal,

VIH.

Un rinoceronte azul me anda acechando.

Aparece al fin la joya de la corona

en formato vaso de plástico

—Aquí tiene su bomba hormonal.

 

Paso por caja.

Lechuga.

Lechuga. 

Lechuga.

Anuncian los diarios que

anoche cedió el tiempo

en un vis a vis

para consentir

que dos cuerpos se quisieran,

 

que esta mañana,

todavía con el recuerdo de lo salvaje,

pero quebrantes a la luz,

ya habían desaprendido

a mirarse.

Y si follamos dos, 

sólo ha sido mía la inconsciencia.  

Mío sólo este diálogo rompehuesos, 

míos los efectos secundarios, 

mía la visita a la farmacia,

y sólo para mí,

el juicio en los ojos de aquella señorita.

 

Y en cuanto a los 35 o los 700 euros,

haré un crowdfunding entre todas mis amigas,

porque «si cada una de ellas me diera una peseta».

Ya qué más da,

o no.

  

Él ahora debe de estar pedaleando por la sierra,

quizá,

acordándose de su suerte.

 

Otro gilipollas más.

Otro más.

 

Otro.

 

 

A posteriori:

Cómo es posible que, durante el sexo con desconocidos o cuasi desconocidos, seamos capaces de compartir los resquicios más secretos de nuestra intimidad, y tan sólo minutos más tarde experimentemos cierto reparo al hablar abiertamente de los métodos anticonceptivos de emergencia, es decir, la también llamada «pastilla del día después» o del «¡Houston, Houston, tenemos un problema!».

Supongo que estará relacionado con la tendencia a individualizar los genitales, aunque, claro está, nuestros son; me explico, cala muy hondo ese mal hábito de que, porque él tiene pene, se encarga únicamente de las gomitas y ella, como tiene vagina y en su cuerpo se lleva a cabo la fecundación, únicamente lo hace de los anticonceptivos femeninos, o la píldora del día después… Hummmmm, sí y no. ¡SÍ a lo de que no depositemos nuestra confianza en la otra persona en el momento «método anticonceptivo» sea cual sea nuestro sexo, y tengamos un control de nuestro cuerpo, pero NO a que obviemos el del otro!

Y aunque hemos caminado mucho (iba a decir gracias a Dios, pero no, no gracias a él), porque somos muchas las mujeres que, por ejemplo, llevamos preservativos en los bolsos, mochilas, chaquetas y —si me aprietas hasta en los bolsillos del pantalón—, y muchos los hombres que también se ven inmersos en el «mundo píldora», ya sea porque comparten gastos, conocen las contraindicaciones, los cambios que puede experimentar el cuerpo, o simplemente te recuerdan el momento de la toma, todavía nos falta quitarle una buena capa de polvo al tema, restarle el secretismo y añadirle naturalidad. Nos falta saber más, nos falta hablar más.

 

Ah, y lo más importante y como apunte que siempre ha de venir al caso: aborto libre, seguro y legal.


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