MITOLOGÍA SENTIMENTAL DE UN BARRIO

Mitología sentimental de un barrio

Pablo Rada


No soy un «ciudadano del mundo». Es más, ese sintagma me molesta, me enfada mucho. Quizás la explicación a esos prejuicios míos, tampoco me hago líos sobre lo tonto de mis odios, esté en mi propio origen, en una visión del mundo —o de como queramos llamarlo— marcada por el lugar de donde me considero, de lo que siento como origen, como casa. No creo que esto me haga comprender peor los asuntos de otros sitios, aunque puede ser.

Soy de Madrid, pero para mí Madrid es una idea igual de vana e imprecisa que mundo en la frase que antes decía. Cuando voy en metro y me bajo en una estación como Ciudad Lineal, Estrella o algo así me siento igual de alejado de casa que si estuviera en Soria, y tampoco he estado jamás en Soria (seguro que los tres son sitios geniales, esto no va de despreciar otras cosas).

Desde la Puerta del Sol son exactamente cinco kilómetros en dirección suroeste, «salida Batán», o eso dicen las señales. Es un barrio relativamente pequeño y con unos límites muy marcados por una geografía específica: a un lado la nacional V; al otro y por arriba la Casa de Campo, y por abajo los recintos feriales. Así tenemos una franja delimitada por una autovía, campo y dos gasolineras. Hasta aquí nada tiene de especial, y no lo va a tener. Supongo que la sensación de pertenencia, de identidad, tiene que ver con la cantidad de contexto que uno puede aplicar a las diferentes realidades, a nuestra disposición: en un sitio desconocido no tenemos ningún contexto con el que entender (y cuando digo entender, digo querer u odiar) ese todo reducido. Y es un todo como otro cualquiera, con casas, gente y demás tonterías urbanas. Pero un todo en el que el contexto es compartido hasta el mínimo detalle por todas las personas que viven en ese lugar, un código de conocimientos y arcanos banales que pasan por familias y dan cohesión y solidaridad, que frente al desasosiego de lo desconocido nos permite relajarnos y saber que hay un sitio en el que no podemos esperar más sorpresas que las lógicamente esperables.

El barrio, uno de tantos barrios obreros surgidos a principios de los sesenta al calor del desarrollismo y de la emigración rural, tenía como particularidad el estar construido por una cooperativa de empleados de banca y otros servicios, obreros de cuello duro. Pero nada de esto hace que sea diferente de tantos y tantos otros. La única diferencia está en los que nos hemos criado allí, rodeados de ese código, de un contexto poderoso y unificador en un sitio en el que todo lo que hay forma parte, al mismo tiempo, de la realidad actual y del relato compartido por un colectivo que, si bien es pequeño, se reconoce.

Así, en esta sobreabundancia de relato nace una mitología particular y restrictiva, sentimental y pequeña, que nos permite comprender no solamente esta realidad sino todas las demás mitologías locales (y paradójicamente universales en su localidad).

Y, en ese relato, se contemplan todas y cada una de las realidades cotidianas mitificadas y convertidas en una especie de leyenda o de código que cohesionan. Así tenemos las sagas familiares con sus ramificaciones interminables y sus cruces imposibles en las que se definen a los individuos no por lo que son, sino por lo que se espera de ellos. Los lugares comunes se hallan renombrados en un alfabeto inaprensible, excepto para los iniciados, y resignificados sentimentalmente por esos usos que, en principio, parecen insignificantes. Y cada vez que alguien se refiere a un lugar concreto por su nombre íntimo admite conocer no sólo el lugar físico, sino también el relato asociado a él; porque el que me diga que ha pasado por el «refu» o que está en los «banquitos», en el «hoyo» o en las «escaleras» me da a entender que sabe que allí hacíamos las hogueras con el papel de los contenedores y el alcohol de quemar comprado en los chinos, que en ese otro lugar despedimos, varias veces, a Andrei antes de que se fuera a Venezuela y que en este otro sitio nos juntábamos (o se juntaba él, por hablar con mayor propiedad) con el Niño perdido, Juanito y el Vasco loco. Pero al mismo tiempo admite, aunque no lo conozca realmente, tener noticia o participar de los relatos anteriores y de los acontecimientos pasados mientras aquellas realidades locales recibieron esos nombres. Y podrá saber o no que allí mis tíos se dedicaban a buscar caracoles o a tirar con el tirachinas o a hacer las mismas hogueras, pero, aun en el caso de que lo desconozca, participa de esa misma corriente y de esa misma comprensión de un mundo que es el único que nos es accesible.

Parte de mi generación —gran parte diría yo— podrá tener unos recuerdos y sentimientos parecidos a los míos. En barrios parecidos, en lugares cargados de historias y de arcanos, de mitología de extrarradio, de pueblos y barrios de ciudades sin determinar. Sus reflexiones serán probablemente parecidas. Antes de la invención de la clase media, del éxodo a las urbanizaciones cuadradas y cerradas por todas las partes, de los adosados que permitían la creencia de que el abandono de esos lugares de la infancia suponía un paso a otro estamento social más privilegiado (y, con mucho, más individualista). Ahora, en estos barrios se han instalado migrantes que conviven con abuelas y abuelos y con personas como yo. Traen sus relatos, los unen a los nuestros y enriquecen un mundo siempre en conflicto, con belleza y trabajo, precariedad y su partecita de drama, drama minúsculo y completo.

No soy un ciudadano del mundo y, cada vez que oiga esa frase, me darán mil patadas en los riñones. Yo personalmente soy de mi barrio y no quiero ser mucho más. Allí aprendí muchas cosas sobre lo que somos y lo que no y así puedo comprender aun aproximadamente cualquier barrio y a mucha gente con vivencias parecidas, con relatos similares. Y es ése el principio de la comunidad, de la comprensión de todo el resto del mundo más allá de los límites impuestos caprichosamente por dos gasolineras y una autovía. Y cuando vuelvo y voy viendo los kilómetros que pasan hasta el número V, voy regresando a esos relatos, a los recuerdos, me siento bien. Y así espero que siga pasando y que las historias antiguas se mezclen con las nuevas y que así vivan los barrios. Y que haya quien cuente sus cosas porque esos son, en definitiva, los únicos universales.

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