MENÚ DEL DÍA, 12,50€

Menú del día, 12,50€

Irene Cronopia


Entramos en el salón-comedor para pedir el menú del día y nos sentamos a una mesa cubierta con un mantel de papel. Pedimos unas cervezas, y mientras las esperamos le echamos un ojo a los seis primeros y ocho segundos platos, intentando elegir. En la tele silenciada del restaurante, colgada en la pared entre platos rústicos, está sincronizada una cadena en la que pasan un programa de cambio de imagen. Cambio de imagen de una mujer, por supuesto, que antes de ir a este programa —en el que su madre y su novio, claramente desesperados por ayudarla, son entrevistados por una ex-miss— no sabía lo que hacía con su vida. Nos dicen las imágenes de la chica-antes, ¡que salía a la calle sin maquillar, sin teñirse el pelo, sin ropa de catálogo de El Corte Inglés! Ahora, en cambio, la cámara enfoca a la chica-después y ahí está, sobre esos tacones, teñida de rubia, con un peinado elaboradísimo que claramente podrá reproducir cada día para coger el metro e ir a trabajar…

La escena me hace pensar en una anécdota de hace un par de años; a una amiga mía le regalaron un vale de Groupon para una sesión de fotos profesional, y me pidió que fuese con ella. La llamaron dos días antes para decir que llevásemos varios conjuntos de ropa. Cuando llegamos al sitio, quedó inmediatamente patente que no encajábamos con la clientela habitual (llevábamos las dos un abrigo del Primark y unos vaqueros). Nos pasaron a una sala a rellenar un formulario de cómo queríamos nuestro maquillaje y nuestro pelo (claramente, como me maquillo tan a menudo y tengo una amplia gama de peinados, no supe qué elegir). Una vez rellenamos el papel ese, nos vinieron a buscar las maquilladoras/peluqueras, cada una de ellas con siete toneladas de pintura en la cara. La que se encargó de mí me preguntó que qué maquillaje llevo normalmente, me propuso cosas que ella pensaba que me iban a quedar bien y yo en plan: «Pues vale, eso mismo…». Así que me estuvo alicatando y encalando un rato; sin saber muy bien qué estaba pasando, la sensación general era de gotelé-en-mi-cara. Todo muy pastoso y muy denso y muy pesado. Al acabar me dijo que parecía una actriz de cine y volvió a su actividad anterior mientras esperaba a que le pasaran más clientas: echarse más emplastos y pinturas en su propia cara, como si no estuviese ya sepultada bajo ocho capas de óleo sobre lienzo.

Cuando llega el primer plato, vemos a las bellas presentadoras y una especie de jurado compuesto por otras dos mujeres y un hombre que incluso sin sonido deja patente que es exageradamente afeminado, toda una fauna experta en belleza, suponemos, hablando sobre el cambio de imagen de la protagonista. Se intercalan escenas previas del programa en la mitad izquierda de la pantalla (tipo antes/después), para impresionarnos aún más y convencernos con más efectividad de que ese derrame de artificialidad que presenciamos es lo correcto, que ella (y por extensión todas) está mejor así. Su madre llora (¿de emoción?, ¿o es que ya no reconoce a su hija?) en la primera fila del público.

Y luego vino la sesión fotográfica en sí. Nos hicieron mil fotos posando en diversas posturas antinaturales con nuestros diversos conjuntos de ropa consistentes en vaqueros y camiseta; ahora ponte las manos aquí, gira la cadera, el codo en la cabeza, mira a la cámara… la intención supuestamente era parecer una pin-up pero yo me sentía como Chiquito de la Calzada. Como curiosidad le preguntamos al fotógrafo sobre qué clase de gente va y hace esas cosas a propósito sin necesidad de que les regalen vales de Groupon. Nos enteramos de que van jóvenes que quieren ser actrices/actores o modelos (comprensible, hasta ahí), familias que quieren un retrato para colgar en la chimenea, esposas de militares que se hacen fotos en bolas para mandárselas a sus maridos, o personas increíblemente narcisistas que creen que en la vida necesitan una foto divina para ponerla en su salón en gran formato. Todos ellos existen.

Segundo plato. Filete de ternera con patatas acompañado de uno de los momentos cumbre del programa. La joven pasea con aires de modelo a lo largo de una pasarela, el público da palmas, hay luces de colores, imagino que música techno, y los miembros del jurado dan botecitos ridículos en sus butacas, como científicos locos corriéndose del gusto ante el éxito de su creación.

Al final, un señor nos enseñó las ciento y pico fotos que nos habían hecho para que eligiésemos y por supuesto comprásemos. El noventa por ciento eran horribles. Una nos la podíamos llevar gratis, y a partir de ahí si queríamos más eran cincuenta pavos por foto. Cuando salimos (o más bien conseguimos huir, tras más de cuatro horas de tanto dolor) nos fuimos a comer en un puesto callejero; sólo queríamos volver a nuestra cutrez vital, así que nos pillamos unos noodles con pollo Kun-Pao y usamos la grasa sobrante para quitarnos el maquillaje. Pocas veces en la vida he sentido tanto placer al llegar a casa y lavarme la cara con jabón… al cepillarme el pelo para quitarme la laca… y no puedo describiros el placer que sentí al mirar mis piernas, sin depilar desde hacía meses, ese vello corporal amigo. Fue un alivio comprobar que seguía siendo yo.

Mientras saboreo la tarta de queso y el café cortado, se hace obvio en la pantalla que nuestra joven protagonista desconoce lo que le han hecho, puesto que al final de la pasarela hay ahora un espejo cubierto con una tela negra, destinado probablemente a dar el último golpe de efecto. Las ex-misses la alientan a caminar hacia allá sobre sus tacones como te alentó tu padre cuando te estaba enseñando a montar en bici (es decir, como a una niña de cinco años). Ella llega al espejo, lo destapan y… allí se contempla, desde esos tacones tan altos con lacitos en los tobillos, el atuendo que pretende imitar ropa deportiva pero en elegante, sus nuevas ondas rubias peinadas sobre la frente y recogidas en un moño imposible, ese maquillaje que es puro gotelé-en-su-cara… y la rejilla. Sí, desde el minuto uno llevamos todos preguntándonos el porqué de esa rejilla sobre sus ojos, una especie de máscara de diseño que parece un trozo de jaula, de la que por otro lado ella misma parece no percatarse. Esa rejilla que los ejecutores de la transformación (llámense maquilladores, peluqueros o asesores de imagen) han colocado sobre los ojos de la mujer como si de una traición de sus subconscientes se tratase. Porque, por mucho que la peinen, maquillen o vistan, todas esas ex-misses, miembros del jurado, madres que lloran en primera fila, novios que opinan sobre la imagen de sus novias y público que aplaude el espectáculo, saben que no pueden ocultar la verdad: que todos ellos son esclavos que aceptan y a la vez tiranos que imponen un único modelo de belleza que no es más que un burka, un burka que consiste en melenazas teñidas, toneladas de maquillaje, tacones, moreno cáncer-de-piel y pubis lampiño indefenso ante infecciones, pero al fin y al cabo un burka que no deja que se vea la persona que de verdad eres y que sólo te deja mirar al exterior a través de una rejilla.

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