MÁS ABURRIDO QUE UN CRUCERO

Más aburrido que un crucero

«A uno le han gustado tanto las colas de langosta que se ha comido treinta y seis»

Pablo Gastaldi


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Cuando el crucero Costa Concordia se hizo mierda a escasos metros de la costa toscana, arrojó un dato que llamaba la atención. La suma de entre quienes perdieron la vida y quienes sobrevivieron no cuadraba con la lista de pasajeros ni con la de trabajadores. Había muertos que no figuraban ni en una ni en otra. ¿Qué significa esto? Lejos de interpretar que hubiera gente trabajando sin estar registrada, las investigaciones policiales apuntaron en otra dirección: en el crucero había polizones.

El dato sorprende porque los polizones a bordo, gente que viaja de incógnito sin haber pagado el billete, son una figura habitual en todo transporte marítimo. En casi todo transporte incluso, si exceptuamos los aviones y los cohetes espaciales. Los cruceros, sin embargo, tienen pinta de cualquier cosa menos de un transporte. Y es que viajar escondido en uno parece no tener demasiado sentido.

Donde se pasa la mayor parte del tiempo cuando se viaja en crucero es en el interior del barco, y es ahí donde reside el principal atractivo. La oferta de servicios depende mucho del bolsillo, e incluye casi cualquier actividad. Casi cualquiera de verdad: rocódromo, tirolina, pista de patinaje sobre hielo y para correr, gimnasios, ring reglamentario de boxeo. Cines, casinos, teatros (con capacidad para más de mil personas en los barcos más grandes. ¡Mil personas!). Para las pieles exigentes existen incluso tratamientos con bótox en alguno de los spa a bordo. Eso sí: para realizar cualquier actividad, siempre con el número identificativo, pulserita o similar por delante. No vaya a ser.

Parecen sitios en los que nadie se sorprendería de abrir la puerta de una habitación y encontrarse a un montón de niños obesos jugando a Guillermo Tell con manzanas de caramelo y balas de verdad. Un lugar en el que la diversión no tiene fin. Pregunto a Laura, una amiga que ha vivido la experiencia, y me dice que incluso la comida es algo lúdico: noche ibicenca, de gala, de países… todas las cenas son temáticas para que «cada noche sea diferente».

Trasero del Harmony of the Seas, el crucero más grande del mundo
Trasero del Harmony of the Seas, el crucero más grande del mundo

De lo que me cuenta me interesan sobre todo dos cosas. Lo primero, el club con actividades para niños y adolescentes: el Club Pelícano. Una pasada. Lo segundo, los horarios de las actividades, cómo era el día a día. Me cuenta que en el desayuno se programaba la jornada: elegía lo que iba a hacer de entre un menú de actividades y en cinco minutos se le llenaban las siguientes catorce horas de pura diversión. Me está hablando de la discoteca nocturna y le lanzo tres preguntas en batería:

—¿Había horario de cierre?

—No.

—Si querías, ¿podías pasarte todo el día y la noche haciendo cosas?

—Sí.

—¿Había momentos en los que te aburrieras?

—No, era imposible.

Y me lo creo. A bordo de esos gigantes de los mares se hace lo que es normal en periodo de vacaciones: dormir, comer, relajarse, pasear, hacer ejercicio… pero divirtiéndose mucho. Una exposición tan grande a todas las artimañas posibles del entretenimiento puede tener muchas consecuencias, pero el aburrimiento jamás.

Al buscar «crucero» en Youtube el primer resultado es un documental de National Geographic en el que dos periodistas se empotran en uno de los viajes del que hasta hace poco era el crucero más grande del mundo, el Freedom of the Seas.

El protagonista indiscutible del mismo es un tal Ken Rush, director del crucero y encargado de la diversión a bordo, que asegura que lo más estimulante de su trabajo es hacer feliz a todo el mundo. Cuenta sin embargo que mucha gente le dice que eso es imposible. Entre entristecido y orgulloso afirma a continuación que lo sabe perfectamente, pero que eso no le impide seguir intentándolo. Grande, Ken.

En uno de esos teatros multitudinarios, el director oficia un espectáculo nocturno. Toca «Juego de parejas», y le pregunta a una pareja de abuelitos (por separado, sin que la otra persona se entere de la respuesta de su cónyuge) cuál es el lugar más raro en el que ha hecho el amor. Ambos coinciden, y Rush se desparrama de pura felicidad y no se priva de hacer su broma estrella: «Soy Ken y estoy buscando a mi Barbie». Lo bueno es que si alguno quería verlo y se queda sin sitio, el show se retransmite en directo en todos los camarotes. Creo que prefiero a Bertín Osborne.

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Dos perlitas más del documental. Una, cuando una trabajadora de las cocinas del crucero cuenta el fiestón de Nochevieja en altamar que se pegó uno de los pasajeros: «A uno le han gustado tanto las colas de langosta que se ha comido treinta y seis». Otra, el omnipresente director que, sobrepasado por el esperpento decorativo del pasillo central del barco y en un arranque de lucidez, exclama: «Quitadle el gorro de Papa Noel a la sirena, por favor».

Hay algo de todo esto que cuadra bastante. Ese modelo de diversión tiene sentido. No necesariamente tiene que ser la tendencia a la que se aboque toda la humanidad (a quien le guste la montaña va a poder seguir yendo sin problema, quien no tenga dinero se va a seguir quedando en su casa). Pero si una sociedad alberga un modelo de trabajo donde la experiencia subjetiva del día a día es cada vez menos mecánica —más caótica también, más desregulada—, y donde cada vez hay más incertezas, tiene sentido que una oferta de vacaciones con una jornada controlada y pautada al milímetro, que te libera de cualquier tipo de tarea (incluida la de tomar decisiones) sea todo un éxito. Filosóficamente también es muy coherente con el momento que vivimos: en la página web de Royal Caribbean (los putos amos de los cruceros) hay una pestaña que se llama «Smile». Quizás fuera este sueño vacacional lo que los polizones del Costa Concordia iban buscando, aunque no llegaran a participantes de pleno derecho.

Montándose en un crucero y pasándoselo pipa adentro quizás se tenga una sensación parecida a la de comerse una hamburguesa con el envoltorio: a pesar de la textura y el regusto a plástico, la carne es carne y seguro que está buena. La «diversión asegurada» sigue siendo diversión y si es permanente, mejor. Eso sí, ahí dentro uno se divierte veinticuatro horas al día. Quiera o no.

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