MANOS A LA OBRA: EL TRABAJO EN LOS TIEMPOS DE WHATSAPP

Manos a la obra: el trabajo en los tiempos de Whatsapp

Carlos Rodríguez


Es un mantra de los manuales del movimiento estudiantil que la universidad sirve para dividir a la sociedad entre trabajadores manuales e intelectuales. Lástima: esto ya no rige en los países del capitalismo maduro, del Reino de España a Corea del Sur. Hoy el trabajo manual es una imagen casi tan útil como la clase obrera de mono azul. Intuimos que una teleoperadora —paradigma del precariado urbano donde los haya— y un alto ejecutivo de una empresa de telecomunicaciones trabajan básicamente en la misma postura: encorvados frente a una pantalla de ordenador y pendientes de una línea telefónica.

Hoy la clase trabajadora no se divide tanto entre las masas que fabrican cosas con sus manos y las élites que diseñan y venden estas cosas, sino más bien entre un precariado deprimido y unas élites globales estresadas.

Mientras tanto, en la otra parte del mundo se producen manufacturas en fábricas fordistas y talleres clandestinos bajo formas de explotación criminales y relaciones laborales premodernas que ni siquiera nuestros abuelos serían capaces de contarnos. El capitalismo, es sabido, se caracteriza más por su replicación cíclica que por una producción lineal de progreso.


También hay sur global dentro del norte rico: pensemos en las empleadas de hogar del Madrid de servicios y en los migrantes magrebíes y pakistaníes que trabajan en los almacenes de la provincia italiana de Emilia-Romagna, uno de los centros de distribución centrales de Europa Occidental. Alguien tiene que poner las manos para embalar lo que pedimos a Amazon y limpiar nuestra suciedad.

Sin embargo, la tendencia es que la mayor parte de la gente trabaje de cara al público, relacionándose con otras personas en el marco de transacciones económicas, o delante de un ordenador, hablando con las manos. Las aptitudes y habilidades sociales se sitúan en el centro de la valorización del trabajo. Como señala Paolo Virno, la facultad de habla y la naturaleza humana se ponen al servicio de la producción de valor en el capitalismo postindustrial. Y al mismo tiempo, se produce una rutina más compleja pero igual de repetitiva: el trabajo sigue significando, en buena medida, reclusión. Podemos imaginar que esa fase reciente del sistema productivo que llamamos capitalismo cognitivo —apellido chic donde los hubiera, que servía para indicar la importancia del conocimiento y su transmisión en las economías centrales del capitalismo— tiene más que ver con esas posturas corporales comunes y la puesta de nuestras facultades comunicativas —cognitivas, afectivas— al servicio del trabajo asalariado que con la perspectiva de que hasta el más tonto vaya a tener un título de máster.

Nos relacionamos, nos expresamos a través de nuestras manos, desde el teléfono móvil hasta el teclado de nuestro ordenador y, sin embargo, se produce lo que el filósofo italiano Bifo llama deserotización de la vida cotidiana. Esto no significa tanto que se folla menos, sino que cada vez encontramos más dificultades para percibir al otro como cuerpo sensible, base antropológica de la empatía y por ende de cualquier ética del bienestar colectivo. Ya sabéis, esa tensión tan Millennial entre tener diecisiete notificaciones en las redes sociales y mirar más a la pantalla del teléfono que a la persona con la que nos tomamos el café.

Marshall McLuhan, además de decir que el medio es el masaje, señaló que algunos artefactos como el mando a distancia de la televisión o las gafas para miopes son extensiones de nuestra sensibilidad. Hoy no podemos observar nuestras manos sin pensar en la vibración de nuestros teléfonos móviles. Nuestra experiencia sensible del mundo —y nuestra facultad de modificarlo— está cada vez más mediada por estas tecnologías, desde la mensajería instantánea hasta la transmisión de vídeo por streaming y la geolocalización. También nuestra capacidad productiva.

Las transformaciones del trabajo en los últimos —¿veinte?, ¿cuarenta?— años tienen en el centro una dificultad creciente para separar el tiempo de trabajo del tiempo de la vida. La disponibilidad continua para el empleo y la valorización del tiempo libre hace que la jornada laboral vaya mucho más allá de las horas de permanencia en un lugar. Este nuevo paradigma se manifiesta en la camarera a la que le cambian los turnos por WhatsApp con horas de antelación, la comunicadora que construye su marca personal en las redes sociales y en el parado que no deja de pensar en buscar trabajo. Y no es ni tan nuevo ni tan cognitivo: sucede de un modo mucho más dramático en la economía del taller clandestino analizada por la socióloga Verónica Gago en La razón neoliberal. También sucedía en el esclavismo.

Además, el empleo hoy se caracteriza en la mayoría de los casos por la separación drástica entre el fruto del trabajo y el trabajador. Pero eso se llama alienación y es más viejo que Matusalén.

El Facebook es un espacio más de trabajo, el móvil sirve para producir además de para intentar ligar y todo lo que leemos aumenta nuestro capital humano si aspiramos a ser dependientes de la Fnac. Nos merecemos una renta básica porque no paramos de producir ni dormidos.

Trabajar cansa, y de esto hay incluso demostraciones lingüísticas. El economista Andrea Fumagalli recuerda que los vocablos trabajar y cansarse tienen un origen común en muchas lenguas latinas, e incluso son sinónimos en ciertos dialectos como el napolitano (faticare por lavorare). En Lavoro, male comune, el carismático académico recuerda también otras tres modalidades y otras tantas denominaciones de la actividad productiva humana: la obra, el ocio —lo contrario del negocio— y la recreación (svago). La preponderancia del trabajo, originalmente entendido como manual, sobre las demás formas de actividad productiva —igual que la mera existencia del trabajo asalariado tal y como lo conocemos— es una anomalía histórica.

De acuerdo con esta clasificación, la obra tiene que ver con la producción que pone en juego nuestro ingenio y voluntad —capacidad y deseo—, como pintar un cuadro o hacer una pajarita de papel para regalársela a nuestro tío abuelo. El ocio es el desarrollo de actividades libres, a menudo intelectuales, que hacían quienes en la Grecia clásica tenían esclavos que se cansaban en su lugar. Ahora sería escuchar Orxata Sound System y leer a Agustín Fernández Mallo. La recreación es eso que hacemos cuando nos distraemos de lo que tenemos que hacer, a menudo con una intensidad casi mística. Es fumar un cigarro robando cinco minutos de nuestra jornada laboral y el meme que vemos cuando el supervisor de nuestro Call Center no mira. Si capitalismo quiso decir hasta hace poquito que el trabajo importaba más y era mejor que la obra, el ocio y la recreación, posfordismo quiere decir que las últimas tres modalidades de actividad entran en la esfera de la primera y se vuelven inputs productivos.

Mientras nuestra jornada laboral aumenta y nuestro salario se reduce al tiempo que las tasas de paro estructural del primer mundo se acercan al 20 %, no está de más recordar que todo proyecto emancipatorio pasa por relegar el empleo a la marginalidad de la que nunca debió salir y disponer para nuestros propios propósitos del máximo tiempo posible para la obra, el ocio y la recreación. Cualquier aspiración de progreso se ha de basar en un esfuerzo colectivo en favor del rechazo del trabajo asalariado y la construcción de esferas de vida autónomas y disponibles para la diversión, el cuidado, la sociabilidad, el cultivo de nuestros sofisticados intereses y el nobilísimo arte de no hacer nada. Es decir: deshacernos en la medida de lo posible de trabajo cansador para que la actividad de nuestras manos, el discurrir de nuestras ideas y el cauce de nuestros deseos confluyan en nuestro propio beneficio.

En otras palabras: liberar nuestra inconmensurable capacidad productiva y reproductiva de las garras del lucro privado y la explotación. Es nuestra tarea revolucionaria: pongámonos manos a la obra

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