MADURITOS INTERESANTES Y COUGARS

Maduritos interesantes y cougars

Marta Lezcano Vega


«Es que las mujeres maduran antes que los hombres». Ya está, ya lo tenemos: una explicación biologicista que valida un tipo concreto de relación afectiva. Indica el camino a seguir pero, sobre todo, determina cuáles son sus fronteras y dónde están las alambradas infranqueables que si las pasas es porque —ais…— quizá tengas un problema. Sin embargo, lo cierto es que esta frase, que con razones biológicas censura tantos tipos de relaciones[i], parte de unos cuantos supuestos erróneos y se utiliza en casos donde no tiene fuerza de aplicación.

Para empezar, esa frase contiene un «antes» que distancia a la mujer y al hombre, marca una diferencia sexual en el desarrollo fisiológico. El problema aquí no está en señalar que hay una variedad natural en una fase concreta de la edad biológica —no se trata de negar esa diferencia—, sino en extender esa diferenciación puntual a todas las etapas de la vida humana. Si se hace esto, entonces caeremos en el error de pensar que lo normal (es decir, lo que se ajusta a la norma establecida) es que una mujer de diecisiete años se relacione con hombres de veintitantos porque los chavales de su edad (o más jóvenes) sólo piensan en coches y tetas; y que una mujer de veintitantos se relacione con hombres de unos treinta porque los de su edad (o menores) sólo piensan en coches y tetas; y la de cuarenta y tres, con los de cincuenta por la misma razón; y así sucesivamente.

Asimismo, en el uso de esta frase subyace la idea de que la madurez es una cuestión exclusivamente fisiológica e interna. Esto se ve muy claro también con el empleo de ese «antes» del que acabamos de hablar: si con carácter general la mujer madura antes que el hombre, ello se debe a que hay un funcionamiento interno que hace que, aun padeciendo las mismas condiciones externas, el organismo femenino se desarrolle a mayor velocidad que el organismo masculino. Y a esto le sigue un fallo conceptual. Definir el concepto de madurez es complicado, pero incluso quienes suelen pronunciar la oración que estamos analizando pueden percatarse de que aquello que habitualmente incluimos dentro de la definición de «ser maduro/a» tiene que ver con el cumplimiento de ciertos requisitos impuestos en la vida en sociedad, como la autorrealización, la responsabilidad y la empatía, más que con un proceso autónomo y al margen del entorno. Por ello expresiones como «Ya madurará» hacen referencia a la necesidad de que alguien amplíe sus experiencias vitales para ajustarse a las exigencias de la sociedad (de esta sociedad) y no tanto al retraso que sufre un organismo en cuanto a la adquisición de su plenitud física.

Bajo esta oración que estamos analizando, además, se esconde un peligro. Como hemos apuntado más arriba, con ella se da validez a un tipo de relación afectivo-sexual: aquella en la que el hombre tiene mayor edad que la mujer. Cualquier otra relación que no se ajuste a esta descripción no será válida. Éste es su peligro; porque esta expresión no es perniciosa por lo que normaliza sino por lo que excluye de la normalidad. No obstante, que no sea válida no quiere decir que esté prohibida; no es necesario que haya leyes que condenen a muerte por lapidación a las mujeres que se acuesten con hombres más jóvenes que ellas para dar cuenta del rechazo social. Las normas sociales se aplican mediante mecanismos mucho más sutiles.

Cuando ellos dicen que las prefieren jóvenes porque les gusta enseñar sus conocimientos; cuando ellas quieren maduritos interesantes porque pueden aprender cosas nuevas. Cuando a una mujer su amante de turno le dice entre risitas «pederasta» por ser ella tres años mayor, mientras que nadie se inmuta si un hombre está con una mujer seis años más joven. Cuando se crea el estereotipo de cougar como «señora que busca acostarse con jovencitos» y el término específico para el hombre no existe[ii]. Son ejemplos todos ellos que describen un sistema social regulado, como hacen también muchos de nuestros referentes culturales; y aquello que transgreda las reglas del sistema puede que no sea rechazado explícitamente pero sí será anormal (es decir: estará fuera de la norma establecida) y tomado como antinatural, aunque nada tenga que ver con la naturaleza.

Por consiguiente, esto no quiere decir que la madurez sexual no exista, ni que la edad no haga referencia al paso del tiempo de los organismos vivos; no se trata de negar la biología. Lo que se sostiene en estas líneas es que los términos madurez y edad adquieren distintas significaciones en función de lo que hagamos con ellos dentro de la sociedad. Y es una estafa emplear argumentos biológicos para justificar lo que en realidad es una construcción social.

 


 

[i] Cabe decir que la expresión que vamos a comentar rechaza implícitamente todo vínculo afectivo-sexual que no se reduzca a una relación binaria compuesta por un elemento al que llamamos «hombre» y por otro al que llamamos «mujer». A partir de esto podríamos reflexionar sobre la cuestión de género(s) y el problema de la heteronormatividad; sin embargo, el propósito del artículo es otro por lo que basta mencionarlo aquí.

[ii] La palabra asaltacunas puede referirse al hombre, sin duda, pero no es un término específico para el hombre, dado que es aplicable a cualquier persona. No obstante, el que no exista un término específico para el hombre no quiere decir que esa figura no se dé. El estereotipo de «señor que busca acostarse con jovencitas» está configurado en nuestra sociedad aunque no se nombre, pero se toma como algo normal y tiene una valoración muy distinta al significado peyorativo que se le otorga a la palabra cougar.

Leave a Comment