LUISA ENTRE LOS CANÍBALES (ACTO III)

Luisa entre los caníbales

Tragedia histórica-etnológica en tres actos: ACTO III

Antonio Pérez


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DRAMATIS PERSONAE

Louise Michel (LM) Unos 45 años. Vestida con gran austeridad salvo un foulard rojo que la acompañará hasta que se lo regale a Ataïde.

Charles Malato (CMa) 20 años aprox., llega a Nueva Caledonia con 17 años, porque su padre ha sido deportado y la familia le ha acompañado al destierro.

Nathalie Lemel (NL) 45 años. Ex encuadernadora, anarquista, alma de La marmita, ¿novia de LM en Nueva Caledonia?

Marie Ferré (MF) 30 años. Hermana de Teófilo, amor de LM fusilado a los 25 años; MF es la eterna compañera de LM. Enferma del corazón. Siempre muy nerviosa.

Ataïde (Ata). Cacique kanako de Komalé, viejo de pelo blanco, porta una honda enrollada a modo de turbante (no kepis) y luego, viste con el foulard rojo regalado por LM.

Sandja (San). Viejo takata, chamán, bardo, trovador. Es decapitado junto a Ata.

Daoumi (Da) 30 años. Kanako al servicio de la administración colonial. Habla bichelamar –el créole o patois isleño- y un poco de francés. Para LM, profesor de lengua y ciencia kanaka.

Aziz Aheddad (Ahe) 60 años, kabilio, amigo de LM, rehúsa participar en la represión.

Boumezrag El Mokrani (Mok) 50 años, kabilio, conmutado de pena de muerte en Argelia y jefe de los kabilios represores en Caledún (Caledonia en árabe)

Canalás, clan kanako [no aparecen en escena pero se les escucha y vislumbra] los verdugos de Ataïde: Ségou, el decapitador; el cacique Gélima, Nondo (el que entregará las cabezas de Ata y San) y Caké.


 

TERCER ACTO

Año 1878. Gran sublevación kanaka. LM tiene 45 años. Los kanakos se reúnen en un lugar sagrado, un altar marcado por tres piedras que sustentan la marmita y sembrado de cordilinas y crotones, plantas resistentes a la sequía, al ciclón y al fuego, símbolo de resistencia y duración.

 

Ata.- [dándole vueltas al foulard que le ha regalado LM] Definitivamente, ¿nos sublevaremos? Takata Sandja, termina tu meditación, sal de tu choza, sal de tu encierro, vuelve a este mundo. ¿Has visto todos los pros y todas las contras del levantamiento?, ¿flaquearán nuestros corazones?, ¿se nos unirán los otros clanes?, ¿es el momento propicio para la rebelión abierta? ¿Qué nos aconsejas?

San.- Que consultemos a nuestro pueblo. Que no sólo sigamos los consejos de Luisa, Natalia y los suyos.

Ata.- Aprecio mucho a la extraña Luisa. No es como la mayoría de los deportados. Ella se nos acerca, nos mira, nos escucha. Es una mujer brava, casi tanto como nuestras mujeres. Natalia y el joven Carlos también son valientes y también lo es la pobre María, siempre tan agitada; según creo entender, tienen obligación de ser bravos porque son del clan de los anarquistas… pero están maniatados.

San.- Y nosotros también lo estaremos, si antes no nos cortan la cabeza. Y sin cabeza-de-yo no puedo llevar sombrero.

Ata.- Y sin cabeza-de-yo no puedo llevar mi honda; no soy do kamo.

San.- Pero, Ataïde, no nos importa si Luisa y sus amigos son bravos. Nos importa que son blancos, que sus sueños no son nuestros sueños. Y, sobre todo, que no podrán ayudarnos.

Ata.- Razón tienes, mi respetado takata. Así es. No sé si hablas con el más allá pero estoy seguro de que entiendes al más acá. Hablaré a nuestro pueblo.

.[Sale a la plaza. Enarbola una vieja escopeta, lleva honda a modo de turbante y el foulard rojo de La Comuna le cruza el torso desnudo. Le escucha toda su comunidad, niños incluidos]

Andá diemuná pié [salutación] El hombre blanco es la ruina de nuestro pueblo. Uno de ellos tiene secuestrada a nuestra querida Katia. Hay que salvarla. Y hay que vengar el honor de su familia, ultrajado, escarnecido.

Koilo [vean] Nuestras tierras están en manos de los Blancos; sus bestias con cuernos pisotean las tumbas de nuestros antepasados. ¿Hasta cuándo podemos soportar tantos ultrajes, tanta infamia? No, no podemos soportarlos ni un suspiro más. De lo contrario, la mayor desgracia caerá sobre nuestros hijos. Nuestra cobardía despertará la ira de nuestros abuelos.

Muí, muí [descansad] Tranquilizaos, no somos los únicos en rebelarnos. Todo el país está con nosotros. Todos los pueblos, del norte al sur. Es verdad que, a veces, reñimos entre nosotros, a veces hablamos distinto pero hoy nos uniremos contra los invasores. Todos nos seguirán y venceremos porque nuestros antepasados están con nosotros y porque los kanakos somos más fuertes que el ciclón.

Nada de kai kai. Nadie comerá hasta que el culpable sea castigado. Vosotras, las mujeres, cuidad a los guerreros. Vosotros, canibé, pikininis, juntaréis piedras para las hondas y estaréis siempre al lado de vuestros mayores. Y vosotros, los guerreros, ¡preparad vuestras hondas,

vuestras hachas, vuestras mazas con pico de pájaro y vuestras lanzas!, ¡aplastaremos la cara de los franceses y hundiremos sus cráneos hasta enterrarlos en el mar! Dialep, ho, ho, ho.

Ata.- [los kanakos, perfectamente alineados, baten cadenciosamente las cañas de bambú, silban una sola nota y rugen Maté, maté -muerte, muerte] [Ata susurra a San] Tengo esta vieja escopeta… pero sólo tengo pólvora para un disparo.

San.- Entonces apunta al militar que tenga más galones. Y una buena noticia: clanes enteros se han sublevado, los Moindou, Moméa, Farino,Poquereux, todo el valle de Thio.

Ata.- He fundido el plomo de una olla para hacerme una bala. Sólo una.

San.- Ya estamos en guerra: que el jefe de los militares se la lleve en la cabeza. De jefe a jefe, como es nuestra costumbre.

Ata.- ¿Qué harán los malvados Canalás?, ¿se unirán a los franceses?, ¿les podrá más el odio que nos tienen como vecinos que su odio al colono usurpador? Su cacique Gélima es un cobarde.

San.- Un cobarde que esconde sus miedos tras nuestras costumbres, chismeando que no puede pelear porque ha visto al calamar gigante de ocho tentáculos -como dicen en su lengua, al nakweta. Podría decir que vio a Gomawe saliendo del mar pero, en lugar de un dios, se acobardó ¡por un calamar! No sé qué hará su clan pero estoy seguro de que sólo podemos contar con nosotros mismos.

Policía kanaka al servicio de la Colonia

 

Ata.- ¿Y qué harán los deportados? ¿y qué harán esos kabilios que no quieren que les llamemos ‘árabes’? Necesitamos aunar todas las fuerzas, por pequeñas que sean.

San.- Hagan lo que hagan, la victoria será difícil y quizá seamos derrotados. Pero será un sacrificio en honor a nuestros abuelos. Y un orgullo para nuestros nietos. Porque iremos con la cabeza muy alta, no como ahora que andamos siempre cabizbajos.

Ata.- En realidad, sólo sabemos que los militares están aterrorizados. Gélima se escuda en el calamar pero estos uniformados no son menos fantasiosos: ¿sabías, takata Sandja, que los oficiales del barco de guerra La Seudre han visto a la Gran Serpiente de Mar?

San.- Lo sabía. Habría que preguntar a los marineros qué fue lo que ellos vieron. Seguro que muchos no vieron ni serpiente ni nada.

Ata.- No te rías. Los distinguidos oficiales juran y perjuran que asomó su cabezota cubierta con una áspera melena; unos dicen que sus crines eran negras, otras que blancas, otros que no eran crines sino cerdas, otros que agujas como de puercoespín…

San.- Bah, otra pelea de blanquitos. Al final, verán lo que ordene el capitán.

Ata.- Pues vayamos contra los capitanes. Hermano, mírame: en un brazo sostengo la lanza; en el otro, un sable; la honda alrededor de la cabeza y el cinturón me guarda una hachuela. Listo para la guerra. Sandja, mi respetado y sabio takata: ha llegado nuestra hora.


ESCENA ‘BEREBER’

Reunión de kabilios en una suerte de jaima.

Mok.- Los franceses me piden ayuda para sofocar la rebelión de algunos kanakos. Yo soy partidario de dársela porque, a fin de cuentas, ¿qué nos une a los negros?, ¿qué nos une a estos paganos?

Ahe.- Un enemigo común, ¿te parece poco?

Mok.- Hermanos kabilios, pueblo amazigh, creyentes en el Misericordioso: cuarenta años después de que los franceses invadieran nuestra tierra, yo me encontré en nuestra añorada Kabilia a la cabeza de 200.000 insurgentes que pertenecían a más de 200 fraternidades. La patria amazigh [singular de bereber] entera estaba tras nuestro ejército.

Ahe.- Cierto. Pero no es menos cierto que nuestra rebelión comenzó porque yo mismo la declaré como jeque de los Rahmanía. Sin mi decisión, El Mokrani, no hubieras existido.

Mok.- También sabéis que por ello fui condenado a muerte, que mataron a mi hermano Abú Mezrag y que, al final, la protesta de mis hermanos consiguió que sólo fuera deportado a esta isla de Caledún. Hoy nuestra prisión ha cambiado, tenemos algunos terrones, algunas cabañas, hemos plantado un bosque de nuestras palmeras…

Ahe.- Y hasta ahora, ¿quién se ha beneficiado de este bosque? Y mañana, ¿quién cosechará los dátiles? ¿Tus nietos, El Mokrani, los míos? Y, dicho sea de paso, olvido que fue Luisa quien plantó las primeras datileras. Los kanakos están siendo colonizados igual que los fuimos nosotros. Son nuestros hermanos en el cautiverio.

Mok.- Somos campesinos, somos de donde estén nuestros dátiles.

Ahe.- ¿Somos campesinos, guerrilleros o Amazigh? Como pueblo amazigh éramos dueños de la Kabilia, no lo éramos como campesinos ni como guerrilleros. Hoy hemos perdido la Kabilia pero, ¿seguimos siendo amazigh? Los kanakos eran dueños de Caledún pero, si son derrotados, dejarán de serlo. ¿Queremos para ellos la misma suerte que nosotros hemos sufrido?

Mok.- En realidad, me da igual la suerte de los negros. [aparte con Ahe] Y, te confieso mi respetado jeque, que no sé si somos guerreros, guerrilleros o campesinos. Ni siquiera estoy seguro de comportarme como un amazigh verdadero. Lo único seguro es que [alza la voz para que todos le oigan] ¡no somos árabes!. Pero no podemos vencer a las armas francesas. Así que, si no podemos vencerlas, unámonos a ellas.

Ahe.- ¿Quieres dejar de ser amazigh, kabilio? Si nuestras kábilas hubieran pensado así, tú y yo hubiéramos sido guillotinados el primer día. Pero veamos con calma nuestra situación en Caledún: sólo somos 400 deportados –los 1.500 argelinos restantes, son delincuentes comunes-, no llegamos ni siquiera al 10% de los deportados comuneros. Y la mitad estamos casados. Somos pocos y, por tanto, débiles. No podemos ayudar a los hermanos kanakos porque empeoraríamos su suerte y la nuestra. Pero sí podemos quedarnos en nuestras jaimas de paja y mantenernos neutrales. No contribuiremos a la victoria de los hermanos negros pero tampoco a su destrucción. Sólo así seguiremos siendo pueblo amazigh.

Mok.- Respetado jeque Aheddad: los franceses no entenderán nuestra ausencia. Así nos lo han dado a entender con chantajes apenas velados. Es lamentable pero la guerra nos ha llegado sin comerlo ni beberlo. Si no entramos en la batalla, los militares franceses nos considerarán tan rebeldes como los kanakos. Perderemos todo, incluyendo la vida.

Ahe.- Estás muy equivocado. Estás profanando el nombre del pueblo amazigh, como lo manchó tu kábila cuando se unió al ejército francés en la expedición de las Puertas de Hierro [1839] Y eso fue solo 30 años antes de nuestra sublevación general. Además, ¿acaso no quisiste ir a pelear bajo el estandarte francés contra la Prusia? Lástima que rechazaran a tus 500 jinetes…

Mok.- Respetado jeque Aheddad: sabes que mi kábila lo propuso porque preferíamos a los militares antes que a los burócratas que nos estaban asfixiando. Supusimos que algún botín de guerra obtendríamos, una ilusión de la que hoy me arrepiento. Por otra parte, recordemos que algunos kabilios se han casado con comuneros ¡e incluso con kanakas!

Ahe.- Está bien, no quiero ahondar en heridas antiguas y actuales. Lleguemos a una solución intermedia: te acompañará sólo una pequeña parte de los creyentes deportados. La mayoría, no hará nada a favor de ningún bando y así salvará el honor amazigh. Los que te acompañen, salvarán esa pequeñísima porción de nuestro honor que es el honor de nuestros guerreros. No hay más que hablar. Mi hijo Azziz Ben el Haddad, que es amigo de LM, se quedará conmigo.

Mok.- De acuerdo. Además, aunque no lo creas, mi respetado jeque, vamos a obrar en defensa de nuestros compatriotas, no vamos a pelear para los opresores. Hay que ser prácticos. En la confusión, incluso algunos se fugarán: que tengan suerte. Y basta ya: ¿cuántos me siguen?, ¿cuarenta jinetes?, ¿sólo uno de cada diez deportados amazigh? Bah, suficientes para exterminar a los paganos y, si se descuidan, a algunos infieles. ¡Hermanos amazigh, es el día del gran esfuerzo [yihad], montemos en nuestros caballos y que el Misericordioso nos acompañe!, ¡Alá u akbar!

Sale Mok; se escucha el galopar de los caballos y el tiroteo de espingardas de las folklóricas corridas de la pólvora


BREVE ESCENA DE LA GUERRA ÉTNICA

En la choza de los deportados. Sólo están las deportadas, CMa. y Da.

 

Da.- [entra desencajado] ¡El gobernador ha puesto precio a la cabeza de Ataï!: 200 francos.

LM.- Otra muestra de racismo. ¿Un kanako vale menos que un ladronzuelo? El gobernador, siempre tan ‘generoso’ con los gastos administrativos… si son contra los kanakos. ¿Un ‘negro’ rebelde vale diez veces menos que comprar un ‘negro’ esclavo?, ¿un cacique sublevado vale lo que cuestan tres meses de hospital de un kanako? ¿Y Ataïde sólo vale 200 francos?: una miseria. Muy seguro de su captura debe estar el gobernador para ofrecer tan poco.

Da.- Sí, seguro parece estar. Sobre todo desde que sabe que a los guerreros del pueblo de Ataïde sólo se les han unido sus compadres de los alrededores. Los demás clanes lo están dudando.

LM y CMa.- Ojalá lo estuvieran dudando. La guerra está peor de lo que imaginábamos: varios clanes se han alistado en las columnas del ejército. Sobra decir que a los colonos les ha faltado tiempo para alistarse como voluntarios. Ya andan fustigando a sus caballos, carabinas en ristre. Se creen cruzados medievales.

Da.- Más (malas) noticias: un tenientillo está cortejando a los Canalás porque sabe de su enemistad con los Komalé –yo no se lo he dicho. Alaba la belicosidad de ese jactancioso Gélima y así le engatusa. Aunque todavía no hay unanimidad entre sus consejeros, yo creo que Gélima arrastrará a su pueblo a la guerra, creo que se alistará con los franceses.

.[En el lado kanako se oyen gritos, alaridos y disparos. En el lado de los aliados franco-kanakos, se oyen blasfemias y vítores]

Da.- [entra de nuevo, esta vez alborozado] ¡Ataï ha emboscado a una columna francesa!, ¡Ataïde ha matado de un tiro al coronel Gally Pasbosc! ¡El orgulloso coronel ya no cabalga, ahora muere bajo las patas de su bestia!

 

LM.- Sí, probablemente le ha matado con su último cartucho… Han llegado más barcos de guerra, más soldados y más artillería. Los mismos oficiales que huyeron ante los prusianos ahora presumen de valientes. Muy aguerridos frente a las mujeres y los niños kanakos; querría verles si un puñado de nosotros consiguiera unos fusiles, aunque fueran de yesca y retrocarga.

NL y CMa.- Oficiales muy cobardes al mando de soldados más salvajes que los salvajes. Los artilleros todavía no han entrado en combate pero ya se jactan de haber enviado a sus novias las orejas de cuanto kanako han hecho prisionero.

LM, NL, MF y CMa.- Ataïde y los suyos están perdidos ¡Va a haber una masacre! Y nosotros, presos como estamos, sólo podremos ser espectadores…


ESCENA DE LAS MUERTES DE ATAÏDE Y SANDJA

(Los diálogos de los actores en escena se alternan o contrapuntean con fragmentos escogidos del siguiente poema de LM. El momento de la decapitación de Ataïde no se representa físicamente en el escenario pero puede insinuarse en un segundo o tercer plano, ver abajo*)

Los ancestros yacen sobre la alta montaña. Están profundamente dormidos, inmóviles como la roca. En vano pasan junto a ellos los bailes de fiesta y los bailes de guerra; en vano suben los ruidos de la tribu, todo se apaga sin eco.

Dormid, ¡oh padres!, la vida es buena, el sueño mejor… El corazón no late ya bajo vuestras costillas: era un cangrejo que al levantar su pinza arrancó su carne. ¿Qué brillante collar cae de vuestro cuello al pecho? Es la serpiente de mar de anillos brillantes. No son vuestros ojos, los que se agitan, rojos. ¡Son lombrices entrelazadas!

Así cantaba en la alta montaña la kanaka Tei [= llorar]

Tei, la niña del cementerio. Allí pasaba el día, allí pasaba la noche:

Tei no tenía más parientes y los muertos la habían adoptado.

 

Una noche, las muchachas llegaron

Para llevarla y al baile que se arremolina hasta el valle.

Pero, cuando el viento se levantó sobre la montaña,

 

Tei se alzó sobre sus alas.

Su mano fría helaba las manos de las muchachas; la dejaron partir.

 

En otra ocasión, Nahoa [el amanecer],

hijo del gran jefe con pájaro, le había dicho:

“¿Quieres volverte la hija de mi padre?

Yo soy el hijo del gran jefe, soy rey desde mi nacimiento

y en mi cabaña la mano de poderes está cargada de caracoles.

¿Quieres venir a mi cabaña, oh hija del cementerio?”

 

Pero Tei movió suavemente la cabeza y desapareció.

Y su voz cantaba en la noche “Dormid, ¡oh padres!

Dormid mucho tiempo, el sueño es bueno.

 

Dormid siempre, la nada es mejor” [extracto de su poema El lecho de los ancestros]

 

Da.- ¡¡Han matado a Ataïde!!

CMa.- ¡¡Y al takata Sandja!!

Da.- Dicen que los han decapitado los Canalás. Y los soldados están matando a muchos más, sobre todo a los Komalé. La masacre no ha hecho más que empezar. Han incendiado la casa de los Hombres y del primero de ellos; el moaro de altísima cúpula ya no existe, ya no alberga a nadie.

LM.- Qué desgracia más infinita… Qué calamidad para el pueblo kanako, aunque se recuperarán, el pueblo siempre acaba venciendo al Mal. Pero, ¿cómo fue?

Da.- Dicen, dicen, que Taïde y los suyos estaban refugiándose en su pueblo cuando se toparon con una columna de blancos. Cuando Ségou avistó a Ataïde, se adelantó a los soldados.

Cma.- Por sus canas blancas como la nieve, era fácil distinguir a Ataïde. No portaba ninguna insignia de mando porque tal es la costumbre kanaka. A su gente la llamaba ‘hermanos’ pero le obligaron a llamarles ‘súbditos’ cuando los invasores estaban de visita.

Da.- Llevaba su honda enrollada en la frente, en la mano derecha sostenía un sable requisado a los gendarmes y, en la izquierda, una mísera hachuela. Le protegían sus tres hijos y Sandja que sólo tenía una azagaya.

CMa.- Ataïde se enfrentó al destacamento enemigo. Reconoció a Ségou y le amedrentó con la mirada.

Da.- Pero el traidor canalá se repuso y su lanza atravesó el brazo derecho de Ataïde.

CMa.- Con su brazo izquierdo, Ataïde levantó su hacha. Sus hijos cayeron, uno muerto, los otros, gravemente heridos.

Da.- Sandja se abalanzó contra los traidores al grito de ¡tangó, tangó! [maldito, maldito] pero cayó herido de muerte.

CMa.- Entonces, Ségou la emprendió a hachazos contra Ataïde, como quien corta un árbol.

Da.- Agarró en su mano la cabeza medio cortada de AtaÍde pero aún tuvo que darle varios hachazos hasta que decapitó totalmente al gran cacique.

.[Recita una cantinela kanaka] Huyen y buscan de dónde viene la cólera / huyen y sus palabras se juntan amargas / Huyen tristes y afligidos / piensan apenados en su país.

CMa.- La ley kanaka dicta que un cacique sólo puede ser herido por otro cacique. Nondo, el traidor, el nefasto jefe vendido a los blancos, pasó su representación -o su delegación o su procuración, no estoy seguro- a su sicario Ségou, un sayón de a pie. ¿Y cómo se materializó esa delegación?: pues dándole la azagaya y el hacha con las que matar a Ataïde.

Da.- ¿Representación, delegación? Humm… Sí, así se lo contamos a los forasteros y a los antropólogos. A ti, Carlos, que has aprendido algo de las lenguas kanakas, te lo contaremos cualquier día de éstos.

CMa.- Luisa, Ataïde murió en combate cruzado su pecho por el foulard rojo que el malogrado hermano de María te regaló en las barricadas de La Comuna.

LM.- He perdido a mis mejores amigos kanakos. Al lado de esta tragedia, nada importa que también haya perdido mi más preciada posesión material.

MF.- Teófilo, queridísimo hermano mío, puedes estar contento: tu estandarte ha cruzado los mares y ha vuelto a enarbolarse en otras barricadas.

LM.- Que la memoria de estos héroes kanakos sea honrada por el cántico de Sandja: en el bosque y al claro de la luna, el takata ha espigado en el bosque la hierba-escudo, el adueke, la hierba de los guerreros, la planta de los espectros. Los guerreros se reparten el adueke que les vuelve terribles y que exorciza las heridas. Los espíritus bufan tempestuosos, los espíritus de los padres. Esperan a los bravos. Amigos o enemigos, los valientes son bienvenidos más allá de la vida. Aquellos que quieran vivir, ¡que se vayan! Así es la guerra, la sangre va a correr como el agua sobre la tierra. Es necesario que el adueke sea también de sangre.

CMa.- Pero, ¿estamos seguros de que ha sido así? ¿Realmente han sido los Canalás? ¿No será que lo hicieron los franceses o, probablemente, los colonos?

LM.- A mí me lo han contado así pero, claro, ninguno de nosotros lo vio… Pudiera ser.

CMa., NL.- Pero tu palabra es la que permanecerá en la Historia, no la de los testigos presenciales y menos aún la de los kanakos.

LM.- No quisiera ser yo quien, con unas palabras puede que apresuradas, salve a los franceses de la ignominia. ¿A Ataïde y Sandja los decapitaron los franceses y le echaron el muerto a los ‘negros’? Dada su proverbial hipocresía y su adicción a manipular los hechos, pudiera ser, pudiera ser…

[Guillotina en colonia penal de Ile Nou; con el verdugo Macé]

ÚLTIMA ESCENA: TRAS LA DERROTA

En el mismo “altar marcado por tres piedras que sustentan la marmita y sembrado de cordilinas y crotones” desde el que Ata lanzó su discurso. Sin embargo, ahora el lugar está quemado y destrozado; las flores han desaparecido, sólo subsisten las piedras.

LM.- Todo ha terminado: nuestros queridos Ataïde y Sanja han sido asesinados ignominiosamente; los Komalé y sus aliados, están siendo perseguidos por los montes con perros y con caballería militar; la gran cabaña de Ataïde, incendiada. La Marina de guerra ensaya el tiro al blanco contra las aldeas costeras. Han llegado refuerzos de artillería. Los kanakos son perseguidos sin cuartel, fusilan a los viejos y a los niños los estampan contra las piedras. Es una crueldad que ya conocemos: torturan a los kanakos como si fueran comuneros. El gobernador jura que no parará hasta exterminar a las cuatro quintas partes de los ‘negros’.

CMa.- Y nosotros, inermes y maniatados. Pero lo que más rabia me da es que ilustres deportados comuneros que eran anticolonialistas en Francia se han unido voluntariamente a la represión. ¿Quieres sus nombres?, ¿quieres los nombres de esos que se dicen ‘socialistas’?: Humbert, Trinquet, Urbain, Da Costa, Maroteau, Brissac y Allemane.

LM.- Hermanos en el cautiverio, por la parte kabilia, recordemos que Aheddad tenía razón… pero el volátil Mokrani terminó galopando al servicio de sus opresores: en el pecado lleva la penitencia. Sin embargo, no todo son malas noticias: aprovechando la rebelión kanaka, 18 kabilios se han evadido, alguno de ellos ayudado por Eugenio Mourot, el comunero deportado que siempre fue muy amigo de los amazigh.

ML.- Mirad, por allá pasean los Canalá, atajo de malandrines. ¿No les dará vergüenza exhibir su miseria y su deshonor? Traidores, asesinos, sucios: difícil lo tendrán sus nietos para redimir la vergüenza que se han buscado Guélima y su sarta de sicarios salvajes (**)

Da.- Me han contado que han enviado el cráneo de Ataïde a París. Su cráneo, ¡su sagrado pere!

LM.- Si, querido Daoumi, es cierto: se la han regalado a Paul Broca, un sabio que, de tanto ver cráneos y sesos, dice haber descubierto el área del lenguaje dentro del cerebro -de los pobres, claro está. ¿Saben lo que dicho esta eminencia científica del pere de Ataïde?: “Le front surtout est très beau, très haut et très large. Les cheveux sont complètement laineux, la peau tout à fait noire. Le nez est très platyrhinien, aussi large que haut”.

NL.- ¡Oh la lá, qué sabio más humanitario!, ¡cuánto le gustan los platirrinos! Pero nuestros males no terminan en los cubículos de los académicos. Aquí, ahora, habrá muchos bautizos; los misioneros están felices, pescadores de río revuelto, buitres, alimañas. ¿Qué kanako se va a atrever a negar el agua de salvación? Ninguno, todos aprecian sus orejas.

 

LM.- Las religiones y los estados están vivos todavía. Pero, ¿acaso los cadáveres no conservan la apariencia humana cuando se les amortaja para confiarlos a la tierra? Sin embargo, la palidez, la rigidez de los muertos, el hedor a descomposición, ¿no indican que todo ha acabado para el ser que ha cesado de vivir? Esa palidez, esa descomposición es la misma que ahora nos muestra la vieja sociedad en los estertores de su agonía.

CMa y Da.- Es cierto pero, por ahora, la hedentina es de comuneros y de kanakos. Mientras tanto, a miles de kilómetros de esta masacre, la vieja sociedad francesa se perfuma. Vieja bruja, terminarás volviendo a las pelucas empolvadas y a las guerras de religión.

LM.- Consolémonos: C’est ainsi que chaque homme, en quelques ans, en quelques jours, aura l’éternité.

Cma y NL.- No te ofendas pero cristiana te vemos. La eternidad no existe para los individuos, es un invento de los curas que nos han colado por debajo de la cama. Daoumi sabe que tal palabra no está en la lengua kanaka –hasta yo creo saberlo. Aunque quizá exista para las sociedades, pero siempre será una eternidad con fecha de caducidad. Carpe diem mientras podamos honrar la memoria de nuestros muertos. Tenemos tantos… y ahora son ¡hasta de las antípodas!

LM.- Por ello, para mí, se acabó la bandera roja empapada en la sangre de nuestros soldados. De ahora en adelante, yo enarbolaré la bandera negra en duelo por nuestros muertos y por nuestras ilusiones. Las ilusiones de los europeos y de los kanakos. Porque hoy sé que existen otros mundos. Y que son originales. En esta Gran Isla he encontrado un mundo nuevo… y, por segunda vez, ha sido asesinado delante de mis ojos.

TELÓN


* El momento de la decapitación de Ataïde no se representa en el escenario pero puede insinuarse en un segundo o tercer plano siguiendo la descripción que Louise Michel incluyó en sus Memorias: “Ataï lui-même fut frappé par un traître. Que partout les traîtres soient maudits ! Suivant la loi canaque, un chef ne peut être frappé que par un chef ou par procuration. Nondo, chef vendu aux blancs, donna sa procuration à Segou, en lui remettant les armes qui devaient frapper Ataï. Entre les cases nègres et Amboa, Ataï, avec quelques-uns des siens, regagnait son campement, quand, se détachant des colonnes des blancs, Segou indiqua le grand chef, reconnaissable à la blancheur de neige de ses cheveux. Sa fronde roulée autour de sa tête, tenant de la main droite un sabre de gendarmerie, de la gauche un tomahawk, ayant autour de lui ses trois fils et le barde Andja, qui se servait d’une sagaie comme d’une lance, Ataï fit face à la colonne des blancs. Il aperçut Segou. Ah ! dit-il, te voilà ! Le traître chancela un instant sous le regard du vieux chef ; mais, voulant en finir, il lui lance une sagaie qui lui traverse le bras droit. Ataï, alors, lève le tomahawk qu’il tenait du bras gauche ; ses fils tombent, l’un mort, les autres blessés ; Andja s’élance, criant : tango ! tango ! (maudit ! maudit !) et tombe frappé à mort. Alors, à coups de hache, comme on abat un arbre, Segou frappe Ataï ; il porte la main à sa tête à demi détachée et ce n’est qu’après plusieurs coups encore qu’Ataï est mort. Le cri de mort fut alors poussé par les Canaques, allant comme un écho par les montagnes. […] Que sur leur mémoire tombe ce chant d’Andja : Le Takata, dans la forêt, a cueilli l’adouéke, l’herbe bouclier, au clair de lune, l’adouéke, l’herbe de guerre, la plante des spectres. Les guerriers se partagent l’adouéke qui rend terrible et charme les blessures. Les esprits soufflent la tempête, les esprits des pères ; ils attendent les braves ; amis ou ennemis, les braves sont les bienvenus par delà [sic] la vie. Que ceux qui veulent vivre s’en aillent. Voilà la guerre ; le sang va couler comme l’eau sur la terre ; il faut que l’adouéke soit aussi de sang”.

**Redención de los Canalá: en 1984, el canalá Eloi Machoro rompió a hachazos la urna electoral; al año siguiente, fue asesinado. El canalá futbolista Karembeu nunca coreó la Marsellesa por ser el himno de los genocidas del pueblo kanako.

Los párrafos en cursiva son traducciones propias y/o ajenas de los libros y poemas de Louise Michel y otras autoras

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