LOS NO-ACTORES DEL CINE QUINQUI

Los NO-Actores del cine quinqui

Ainhoa Maestu


Durante la década de los setenta, proliferaban en las barriadas periurbanitas de las grandes urbes numerosas camadas de jóvenes destinados a un futuro aún más incierto que su presente y que hicieron de la supervivencia día a día una forma de vida. En estos barrios, consecuencia del éxodo rural y de la marginación social,  acostumbrados a ver a sus familias y vecinos (porque se era en el barrio al igual que se era en familia) sacar las castañas del fuego como podían, crecieron desde fuera de los pupitres de las aulas y más desde las calles de barrio.

Los que tuvieron suerte fueron alzados como héroes populares y se convirtieron en carne de película durante los años posteriores al franquismo: el «Vaquilla», el «Torete», el «Pirri», el Jaro… Reconocidos únicamente por un mote que los despersonalizaba[1], y tantos otros con los que compartieron destino, generaron un mito de la injusticia social. Sólo había dos salidas: la muerte o el reformatorio[2].

El auge del cine quinqui pone de relieve todo ese submundo marginal, con olor a basura, pobreza y barriadas sin agua corriente, haciéndose eco de las «curiosas» vidas de los que las protagonizaban con todas las consecuencias de sus actos. Esta moda del cine social, el cine realista[3], llegó al extremo al utilizar a los propios implicados para ser los protagonistas de la película de su vida «guionizada» por un extraño[4].

Es la pillería circundante la que sirve de bolsa de actores en películas como Deprisa, deprisa, El pico 1, El pico 2, Perros callejeros, etc. Los protagonistas de una historia no ficticia que, a fuerza de metros de celuloide y bandas sonoras de Los Chunguitos, se convirtieron en una especie de animales mitológicos que parecían no existir sino en las grandes pantallas, mientras que fuera de la sala de cine seguían drogándose, dando tirones, siendo apresados por la policía y muriendo de sobredosis.

No por ello quiero decir que estas películas tuvieran como objeto minimizar la problemática, sino que querían plasmar una realidad social que producía una curiosidad ciertamente morbosa para aquellos que no la vivían[5]. Quizá no fuera el objetivo de Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma el generar esa idolatría a la figura del quinqui como ser que da la espalda a un sistema injusto, pero sin duda supieron aprovechar el fenómeno fan que sus películas produjeron.

Son esos personajes, sin mote ni nombre, que durante unos segundos tuvieron su momento de gloria al salir en una pantalla grande y que, sin duda, fueron lo más del barrio durante un tiempo a consecuencia de ello, los que interesan. Chicos a los que se les decía: «Chaval, tú haz de ti mismo» (con lo complicado que es hacer de uno mismo), generalmente malísimos actores, que quedaban eclipsados por el que se había convertido en la figura del momento (el quinqui convertido en héroe popular) y que tenía un mote que todos conocían. Podrían haber sido ellos los protagonistas, pero un dedo, en muchos casos arbitrario, los envió al grupo de olvidados, por lo que únicamente volvemos a preguntarnos por ellos cuando un domingo de lluvia decidimos volver a ver cierta película. ¿Qué fue de sus vidas? ¿Cambiaron de vida? ¿Cómo acabaron sus días?

Fueron los no-actores que interpretaron su vida para posteriormente ser abandonados a su suerte. Marginados doblemente por la sociedad y por el olvido. Personajes de turno que no tuvieron la suerte de ser elegidos como héroes populares.


 

[1] Sabemos quién es el «Vaquilla», pero no quién es Juan José Moreno Cuenca, Ángel Fernández Franco (el «Torete») o José Luis Fernández Eguia (el «Pirri»).

[2] Como Ciudad de los Muchachos: un nombre clemente para la cárcel de infantes donde se juntaba a la peor calaña del Madrid de los ochenta. Chavales de siete, ocho o diez años hasta preadultos (porque la adolescencia es sólo un tema físico cuando no llegas a tener infancia) que nada tenían que envidiar a los pobladores de las cárceles famosas como la de Karabanchel y que, en muchas ocasiones, simplemente salían de la primera para entrar en la segunda.

[3] Es una corriente que se encuentra en todas las esferas artísticas. Novelas como El Jarama, u obras de teatro como La estanquera de Vallecas o Bajarse al Moro siguen esta línea. La estanquera de Vallecas también fue llevada al cine, protagonizada por una jovencísima Maribel Verdú. La estanquera (interpretada por Emma Penella) era de Vallecas, pero la película está grabada en la plaza de San Ildefonso, en el barrio de Malasaña. Mucho más al norte del Valle del Kas

[4] Desde mi punto de vista, resulta ridículo ver al «Vaquilla» narrando desde la cárcel las aventuras de su vida desde que era pequeño y leyendo un guión que un tercero escribió sobre su vida.

[5] Es decir, aquellos que la dirigían, grababan, montaban, distribuían, producían, proyectaban, y veían, comentaban y criticaban. Películas de una clase social para una misma clase social, para tener misericordia por los desfavorecidos, sin tener que ir a patear las calles de polvo de sus barrios.

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