LOS ESTUDIANTES Y LA POLÍTICA DESPUÉS DE LA TRANSICIÓN ¿QUE PASÓ?

Los estudiantes y la política después de la Transición

¿Qué pasó?

Benito Sansón


Cuando se culminó el proceso de transición que dio lugar a la creación de una Constitución y a los primeros gobiernos democráticos de UCD, en la universidad madrileña remitió repentinamente el activismo político.

Hacía todavía muy poco tiempo que las asambleas de las organizaciones de cada facultad del PCE se llenaban hasta los topes, y solo cabían en aulas de más de doscientas plazas. Hacía todavía poco tiempo desde que un complejo entramado de organizaciones izquierdistas (anarquistas, trotskistas, maoístas…) conseguían sumar fuerzas casi equivalentes, cuando no mayoritarias en algunas facultades de Madrid. La derecha o la extrema derecha posfranquista poco tenían que hacer en estos espacios ya hacía tiempo robados a la dictadura. Tampoco se veía actuar a las fuerzas socialistas que no dieron por estos lares muchas muestras de combatividad, su papel fue más bien el de capitalizar los réditos de una movilización social que otros habían promovido, en la que otros se habían arriesgado. «Los socialistas se construyeron de arriba abajo, financiados por los socialdemócratas alemanes. Así que, gracias a ese dinero, primero obtuvieron éxitos electorales y luego militantes».

Como por arte de magia, se diluyó el entramado organizativo que había sostenido tanta actividad entre los estudiantes. La universidad había dejado de ser la caja de resonancia de la lucha contra la dictadura. Muchos ocuparon puestos en las estructuras de los partidos, que estaban muy necesitados de personas con formación política ―de hecho algunos militantes del movimiento estudiantil hicieron carreras meteóricas―, otros se marcharon a sostener los movimientos vecinales, y otros se dedicaron en cuerpo y alma a completar su formación personal tan maltratada por años de activismo.

A los militantes de izquierda que permanecimos comprometidos con la política universitaria nos recorrió una sensación de abandono. Parecía que una vez alcanzada la democracia ya no éramos significativos, los centros de interés político se habían desplazado. Tras tantos años de resistencia al franquismo en la universidad, casi no había quedado nada de movimiento propiamente universitario. Es decir, de movimiento que propusiera un proyecto de reformas para la universidad.

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Entre el profesorado se fue diluyendo la reivindicación por un Cuerpo Único de Profesores, ya que un largo periodo de crecimiento de la institución con las numerosas generaciones hijas del baby boom entrando en la universidad, permitió a aquella generación de profesores escalar los puestos del «cursus honorum» tradicionalmente previsto, y lo hicieron  a más velocidad que los profesores de la universidad de los cincuenta y sesenta, y no dejaron de jugar al mismo juego de poder, con vacas sagradas, arribistas, círculos de adeptos y cierre de fila contra el mérito venga de donde venga. Se duplicó el número de profesores y se integró a muchos de los otrora comprometidos.

El proceso de democratización de la universidad, los claustros democráticos que elegían a las autoridades académicas, y la representación de todos los cuerpos de la universidad, incluidos los estudiantes, cobró impulso. Las estructuras de gobierno se hicieron permeables a las presiones políticas, y allí los sindicatos, que agrupaban a profesores y PAS, supieron jugar sus cartas y en muchos casos, ganar. Pero en los procesos electorales, en las Juntas de Gobierno, los estudiantes no pasaban de ser una comparsa. La guinda de un pastel en el que no jugaban más puesto relevante que el de corifeos de los proyectos de los profesores que hubieran tenido la habilidad de llevarlos a su terreno.

Teníamos pues una universidad democratizada en la que participaban los estudiantes, pero sin un proyecto propio. Una universidad apaciguada, de la que habían emigrado los militantes para ocupar otros puestos de más prioridad para los proyectos de sus organizaciones. Sin embargo, aparecieron varios ciclos de movilización estudiantil que repitieron una y otra vez las mismas características que puedo resumir de la siguiente manera:

Eran movilizaciones por el no a algo, a la subida de las tasas, a una u otra Ley.

Movilizaciones que alcanzaban una gran intensidad puntual muy llamativa, con mucha gente en la calle, pero que se deshacían como azucarillos. Las masas estudiantiles, ni conocían bien las razones por las que se movilizaban, ni arriesgaban nada importante en la movilización. Más allá de unos pocos comprometidos, no existía un tejido organizativo capaz de dar continuidad a la presión, de negociar con la administración, de mantener en el tiempo las luchas.

Evidentemente, hay razones sociales que justifican el cambio de la situación que tienen que ver con el reconocimiento por la mayoría de población del nuevo marco institucional y, por tanto por la pérdida de la voluntad de ruptura que supuso una masiva integración en el nuevo marco político.

Por otro lado, las fuerzas mayoritarias de la izquierda consiguieron desmontar todo lo que habían construido, el famoso desencanto: había que desactivar un imaginario colectivo de ruptura que ellos mismos habían puesto en marcha. Al PCE le salió tan bien la operación que poco le faltó para disolverse en el PSOE, partido hacia el que fluían sus mejores cuadros políticos y organizativos. Estas fuerzas se empeñaron en una lucha interna por el control del poder en las facultades, que lideraban los profesores y el PAS, y que convertía a sus militantes estudiantiles en apoyos secundarios. La mayor parte de la actividad crítica se llevaba a cabo desde las estructuras de representación estudiantil, y la mayor parte de la vida asociativa desde las estructuras de partido o anejas. De estos partidos mayoritarios de la izquierda solo procedieron algunas luchas corporativas en defensa del estatus de algunas profesiones, o para la organización de planes de estudios. Cuando las movilizaciones se desataban, estaban presentes con una función moderadora.

Las otras fuerzas, las más radicales son también responsables de la incapacidad para articular una fuerza estudiantil que realmente contara en la vida universitaria más allá de cortos procesos de estallido de la movilización.

La casi totalidad de las organizaciones de izquierda radical tuvieron una actitud instrumental con los movimientos estudiantiles. La finalidad principal era la captación de militantes para la organización, cosa que se realizaba en los periodos de movilización mientras se cabalgaba en el caballo desbocado del activismo. Muchas de estas organizaciones vivían además su propio proceso de autodisolución afectadas por el generalizado virus del desencanto que también llegaba a esos radicales lares, y estaban acuciadas por la necesidad de nuevos miembros. Se cumplía mejor esta función creando organizaciones de «masas» afines desde las que hacer la ya conocida labor fraccional en la que buscas diferenciarte de los otros para poder mostrar sus errores. Por tanto lo más común era militar por la desunión a la vez que se propugnaba oficialmente la necesaria unidad del movimiento.

Este es probablemente el colectivo social que más veces se ha convertido en actor político a lo largo de la democracia y el que menos cosas ha conseguido. Los que están en el ejercicio del poder saben que son fuegos de paja, ni siquiera hay que apagarlos porque se apagan solos. Tras cada generación de activistas queda un rastro de frustración y de impotencia que llega cuando los estudiantes consideran que ya basta de perder clases y todavía no se ha conseguido nada.

Es absurdo que un colectivo tan importante, compuesto por más de dos millones y medio de personas en España, el equivalente a la población de Castilla y León, carezca de una capacidad de representación de sus intereses y, por tanto, no tenga relevancia en los procesos de negociación que suelen ser los que realmente llevan a avances, así se suele desperdiciar la fuerza que se exhibe porque nadie puede representar con contundencia los intereses de la movilización.

Y este ciclo no ha hecho más que repetirse en las movilizaciones estudiantiles desde los años ochenta:

1. Falta de articulación del movimiento en periodos de calma, éste sobrevive en pequeñas asociaciones de facultad de gran compromiso con la problemática política de la sociedad, pero normalmente poco con la propia de la institución universitaria.

2. Apresurada constitución de coordinadoras estudiantiles durante los procesos de movilización, acompañado de duras luchas por el liderazgo y la representatividad.

3. Desmoronamiento de estas coordinadoras cuando la movilización remite. Tras la tormenta, calma chicha.

Este esquema también se reprodujo en dos ejemplos de la situación que se vivió en el Madrid del principio de los años ochenta.

En ese momento, tras la resaca del proceso constituyente surgen en la UAM y en la UCM dos organizaciones que fueron las que articularon la movilización contra la LRU y contra la subida de tasas. Por supuesto ambas protestas acabaron fracasando por los motivos ya aducidos, como tantas otras veces sucedió después.

Los Colectivos por la Autonomía del Movimiento Estudiantil, que sacaron lecciones radicales respecto a la instrumentalización que de la universidad habían hecho los partidos de izquierdas y se negaron a aceptar en sus filas a ningún militante de partidos. Fueron decisivas a la hora de organizar la movilización contra la Ley de Reforma Universitaria, pero sentaron las bases de una suerte de vanguardismo de iluminados que sólo se dirigía a los más radicales. Dejaron, por cierto, una impronta organizativa que perdura hasta hoy. Asociaciones de estudiantes radicales que se constituyen en instrumento de agitación cultural, caja de resonancia política e infraestructura para la movilización, sirven para pasar los años de inactividad y mantener cohesionados a los militantes. Se desprecia así el trabajo de representación de intereses del colectivo universitario, es la típica asamblea minoritaria de facultad que proclama la huelga, y luego se pasea por las aulas imponiéndola. Nadie se resiste, pero al día siguiente no hay clases ni gente. Se deja en manos de los arribistas la tarea de la representación estudiantil, que así es más fácilmente aprovechable en los juegos de poder que otros sectores de la universidad establecen.

En la Universidad Autónoma la movilización universitaria se articuló de otro modo. En cada facultad había una asociación de estudiantes que cumplía la misma función dinamizadora, tenía un carácter unitario y no se definía ideológicamente a favor de unas u otras posturas de la izquierda, por más que unas u otras asociaciones fueran más proclives a unas ideas o a otras.

En paralelo, la estructura de la representación estudiantil no se abandonada. De hecho, la delegación estudiantil estaba muy ocupada por miembros de estas asociaciones. En los procesos de movilización era la representación estudiantil la que articulaba la toma de decisiones, se evitaba así la típica separación entre vanguardistas y conjunto de los estudiantes. Cuando se producía la movilización, no era una minoritaria asamblea de facultad la que imponía sus consignas, se votaba aula a aula, ya que era la asamblea de aula la unidad de toma de decisiones. No recuerdo asambleas tan masivas como la que tuvo lugar en el polideportivo de la UAM contra la LRU. Se evitaba la huelga porque era un elemento de desmovilización, se incentivaba la protesta. Este sistema tan articulado también se desbarató al desaparecer la generación de militantes que la habían constituido, aunque la Federación de Asociaciones de Estudiantes tuvo una vida más larga y alguna hasta sobrevive.

Los años ochenta inauguraron lo que podemos llamar el ciclo Sísifo, el movimiento sólo puede concebir objetivos defensivos, del tipo no a algo, sólo puede organizar protestas efímeras, sólo levanta organizaciones que se desmoronan periódicamente ―el triste fin de las coordinadoras nacionales de estudiantes―. Y así, siempre está volviendo a empezar.

He observado con gran interés los sucesivos procesos de movilización y he creído ver un bucle del que no se saldrá mientras no se establezca una estructura estable unitaria y reconocida. En los países en los que ésta ha existido fue porque una fuerza política con suficiente peso se empeñó en ello. Ahora que surgen nuevas expectativas de organizaciones políticas que rompen el tablero tradicional, ¿sabrá alguna de ellas romper el bucle?, ¿sabrá impulsar esta estructura estable de coordinación de manera que se plantee de forma unitaria y no se quiera instrumentalizar nuevamente?

En conclusión, las lecciones de aquel ciclo de movilización son muy sencillas. Y me recuerdan a la famosa frase de Picasso «que la inspiración me sorprenda trabajando». No se puede esperar a que cada nuevo despertar de la actividad reivindicativa en la universidad sorprenda con todo por hacer.

Mientras el corporativismo universitario ha logrado resistirse a las transformaciones que se precisan para responder al cambio en las necesidades de formación que ha experimentado la sociedad. Si triunfa este inmovilismo, muchas veces respaldado por incautos estudiantes, podría llegar a suceder que de tanto dejar pasar los trenes de la innovación le suceda como a la vieja universidad medieval, que anclada en sus métodos y conocimientos, tuvo que ver como desde fuera crecía una oferta de formación más útil.

Y este debiera ser el programa del futuro, la lucha por una universidad en la que merezca la pena estudiar, en la que no se mantenga a los estudiantes sin derechos reales, en la que prime el trabajo personal del alumno guiado por sus profesores sobre la lección. Una universidad pública y exigente, cuyos resultados demuestren la utilidad que tiene para la sociedad el volumen de recursos que se invierten en ella. Una universidad en la que en todo caso estudien los mejores, no sólo los que tengan recursos para ello.

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