LOS DARDENNE Y LA ÉPICA DE LOS INDIVIDUOS

Los Dardenne y la épica de los individuos

Carlos Heras


En Deux jours, une nuit (2014), la penúltima película de los hermanos Dardenne, Sandra (Marion Cotillard) tiene que convencer, uno por uno, a cada uno de sus dieciséis compañeros de trabajo de que renuncien a una paga extraordinaria para mantener su empleo. La protagonista acaba de recuperarse de una depresión y se va a reincorporar al trabajo, pero el director de la empresa —una pequeña factoría dedicada a la fabricación de paneles solares— impone esta perversa elección a los trabajadores. Los noventa minutos de película son el particular viacrucis de Sandra, que visita las casas de la mayor parte de sus compañeros uno por uno.

Toda la puesta en escena de los Dardenne está encaminada a mostrar la soledad y fragilidad de la trabajadora: la cámara en mano, las dificultades para encontrar las casas. Los encuentros, siempre fuera del espacio íntimo del hogar: en el umbral de una puerta, en el patio de una casa de clase media europea, en plena calle. Sandra elabora un discurso mil veces ensayado en la cabeza, breve y conciso: van a repetir la votación en la que sólo dos trabajadores accedieron a renunciar a sus pagas —algo así como mil euros al año— y querría saber si votarán por que mantenga su puesto de trabajo.

Fotograma de Deux jours, une nuit

Enfrente se encuentra a parejas e hijos que hacen la conversación aún más incómoda. Son diálogos de pocas frases, donde pesan más los silencios y la resignación que los argumentos. Sandra tiene que pagar su casa y mantener a sus dos hijos, pero sabe la importancia de mil euros para los demás. Ayudan a acondicionar una casa, a pagar seis meses de facturas o las tasas universitarias de la hija mayor.

«Ponte en mi lugar» es la frase más repetida en las dos partes y la lucha de la protagonista es siempre individual. Incluso cuando, en el final de su ronda, su marido la lleva en coche por las casas de sus colegas, Sandra siempre da la cara sola. Unos la ayudan, arrepentidos de su voto anterior. Otros la ayudan a regañadientes. Alguno no la ha apoyado antes por miedo a represalias. Otros querrían ayudarla, pero no pueden, necesitan ese dinero para construir sus proyectos de vida individuales. «Ponte en mi lugar». Algunos reaccionan con violencia, buscan intimidarla y temen que logre su objetivo y pierdan su parte.

En los dos días y una noche de fin de semana en que Sandra trata de darle la vuelta a una votación sobre su empleo, se dan todo tipo de pasiones y gestos humanos, desde el egoísmo más violento hasta la generosidad más humilde, pero siempre se trata de eso: de gestos y pasiones individuales, de generosidad entre iguales.

«Ponte en mi lugar» es la frase más repetida en los encuentros porque, entre esa clase trabajadora precarizada y empobrecida, cada vez es más difícil imaginar «el lugar de todos». En ausencia de instituciones comunes que defiendan los derechos colectivos y rompan con la falsa dicotomía entre el despido de una compañera y la renuncia a una paga extra, lo que queda, retratado con enorme sensibilidad, es una guerra entre pobres. La ternura, el gesto humano, apolítico por individual, es la otra cara de la misma moneda. Tratar de convencer uno por uno a todos tus compañeros de trabajo de que hagan renuncias para conservar el tuyo, como si la generosidad se tratase de una opción más dentro de la libertad económica, sigue en realidad la misma lógica que convertirte en «emprendedor» y negociar, uno por uno, con todos tus clientes, reclamar los pagos y convertir tu casa en tu oficina.

Algo similar sucede en una película de los Dardenne casi veinte años anterior, La promesse (1996), donde un quinceañero, Igor, ayuda a su padre Roger en un negocio ilegal para introducir inmigrantes sin papeles, hacerlos trabajar y alojarlos en un mismo espacio. El punto de partida aquí es que uno de los inmigrantes, Amidou, cuya mujer e hijo bebé acaba de llegar a Bélgica para reunirse con él, fallece al caerse de un andamio mientras trataba de ocultarse de una inspección de trabajo. Roger obliga a su hijo a ocultar el cuerpo, pero el fallecido le obliga a su vez a prometer cuidar de su esposa e hijo.

De nuevo, la ayuda que Igor acaba ofreciendo a Assita, la inmigrante viuda —que no sabe de su condición— procedente de un país francófono de la África subsahariana que no se precisa, es una decisión ética que parte de un sujeto de moral ambivalente —su carta de presentación es el robo de la pensión de una anciana en el taller donde es aprendiz—. Sólo él y una pareja de su mismo país arraigada en Bélgica la ayudarán.

Los Dardenne presentan, sin ánimo de caricaturizar ni idealizar a nadie, el retrato más descarnado de los de abajo. Las pasiones más egoístas y agresivas se dan cita entre quienes apenas cuentan con sustento material, con la virtud de que ya anticipa algunos de los conflictos de los que tanto se habla ahora, a medida que las condiciones económicas empeoran en los países más desarrollados de Europa, al tiempo que visibilizaba a los excluidos del primer mundo.

Un elemento clave en La promesse es lo sórdida que es la vida del patrón y padre de Igor, lo más parecido al malo de la película y, al mismo tiempo, otra persona humilde. Roger promete a su hijo que todo el trabajo que hacen ahora servirá para construir una casa; Roger tatúa a su hijo con métodos caseros después de pegarle. Roger viste mal —camiseta de tirantes, camisas desabrochadas— y se divierte cantando borracho.

Fotograma de La promesse

En medio de esa guerra entre pobres, parecen decirnos los Dardenne con su poética minimalista hecha de escenarios cotidianos, cámaras en mano y planos-secuencia, la belleza está en el gesto humano, en el acto profundamente ético, individual. Con la mirada en los humildes, en los perdedores de la globalización de los que tanto se habla ahora, los cineastas belgas construyen una épica de los individuos y una mirada que comprende la descomposición de las sociedades del bienestar sin juzgar ni acusar.

Que falta nos hace, sin embargo, una épica colectiva que nos convenza de que las luchas comunes son necesarias, útiles… y hermosas.

 

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