LENGUA SIN COMPLEJOS

Lengua sin complejos

Sara Sánchez-Molina


«La RAE no acepta esa palabra, no existe». «En Valladolid es donde mejor castellano se habla». «Cada vez que oigo un “la dije” me quiero arrancar las orejas». «Qué horror esos “han habido muchos”, es que no sabemos hablar». «Mi abuela dice “cocreta” y “fúrbol”, ¡qué graciosa!». «Es que en Andalucía hablan fatal que si “sapato”, que si “mi arma”, ya podrían esforzarse un poco más».  «¡Qué vulgaridad esa gente que dice “La María”, “El Pedro”!» «La RAE ha dicho que ya vamos a poder decir “iros”». «Es que no sabemos hablar castellano correcto».
No es raro escuchar estas frases. Suelen formar parte de nuestras conversaciones, más aún si somos de distintas procedencias y nuestras formas de hablar español difieren. Pero ¿cuál es el origen de tanto prejuicio y tanto complejo por parte de los hablantes?

La primera pregunta que habría que hacerse es ¿castellano correcto? ¿Existe? El castellano correcto es aquel que describe (perdón, prescribe) la honorabilísima Real Academia de la Lengua Española en sus gramáticas y diccionarios. Cualquier violación de sus preceptos está mal. Vamos, que ninguno de los cerca de 437 millones de hablantes nativos de español habla bien.
Lo peor es que prácticamente la totalidad de esos hablantes estarán de acuerdo con esta última frase. Los que no están de acuerdo serán en su mayoría filólogos y lingüistas (aunque entre éstos también abundan los prescriptivistas pedantes y defensores de un hablar correcto frente a un hablar incorrecto). Cuando perteneces a ese grupo que no está de acuerdo con eso de que «no sabemos hablar», entiendes que esas cosas que tanto nos chirrían no son otra cosa sino prueba de que la lengua no es un ente fijo, sino que es cambiante y que se encuentra a disposición de los hablantes para expresar cualquier cosa. Nuestra lengua está tan viva que, si como hablantes sentimos la necesidad de expresar algo nuevo, algo que no encontramos en ella, lo podemos crear y amoldar de acuerdo con las características de la misma.

No obstante, no es casual que la mayor parte de los hablantes tengamos o hayamos tenido cierta sensación de no saber hablar o de hablar con errores. La culpa es de la RAE. Como es bien sabido, la RAE es ese órgano público que se dedica a regular la lengua. En general, cuando la RAE regula la lengua («limpia, fija y da esplendor» es su eslogan que, como decía una profesora de la carrera, bien podría servir para un anuncio de detergente) lo hace en base a las características de un registro concreto: el de la lengua escrita y culta. Busca codificar y estandarizar la lengua. Por supuesto, esto tiene su utilidad. Por ejemplo, es útil para el profesor de español para extranjeros, o para que, cuando escribimos, nos entendamos todos puesto que compartimos un código. El problema es que la RAE en su afán por poner orden a la lengua, otorga un mayor prestigio a la lengua escrita frente a la lengua hablada, y no a cualquier registro de la lengua escrita, sino a un registro culto y propio de las clases altas y educadas (y, en general, españolas, lo cual no deja de tener un tufillo colonialista). Es la lengua de una élite, frente a las hablas de la mayoría. Por su parte, la lengua hablada es nuestra herramienta primaria para la comunicación cotidiana. Además, la lengua hablada no es el fruto de un ejercicio pausado que requiere concentración, sino que es espontánea y está exenta de la artificialidad que rodea a la lengua escrita.

Es más, no hay base científica alguna para denostar estas formas vulgares, ninguna de ellas produce una laguna en la comunicación. Simplemente son formas no estándar, tachadas de incorrectas por la Academia, sin base científica alguna, pues la lingüística ha podido aportar siempre argumentos para explicar las variaciones entre las distintas hablas. Por ejemplo, un «la dije que viniera» (forma no estándar) es tan comunicativo como un «le dije que viniera» (forma estándar), e incluso nos aporta más información pues sabemos que la persona a quien se le dice que venga es una mujer, mientras la forma estándar es ambigua fuera de contexto.
Si la comunidad científica está de acuerdo con que estas formas no estándar responden perfectamente a las características de la lengua y cubren las necesidades comunicativas de los distintos hablantes, ¿por qué tanto hablante acomplejado? Pues bien, esto responde a una política lingüística que impone las variedades estándares y cultas frente a las vulgares y (consideradas) incultas. Desde pequeños nos machacan en los medios y en las aulas para que creamos que hay una lengua correcta y una incorrecta. En palabras del lingüista Juan Carlos Moreno Cabrera, «la idea de que el vulgo inculto habla mal ha sido difundida y alentada desde el poder político y educativo para facilitar que los hablantes de variedades lingüísticas no estándares las abandonen y se sumen a los modelos de habla considerados cultos. De esa manera se consigue, a través de este prejuicio, que el propio pueblo abandone sus formas de hablar de modo voluntario y contribuya a la destrucción de sus propias señas de identidad lingüística»[1].

Desde luego, la gran difusora de esta política lingüística es la RAE, institución que se ha dedicado durante años a prescribir normas como si la lengua debiese preservarse en un estado puro y los hablantes anduvieran como burros en altamar cambiándola a su antojo. Claro, que tampoco podemos esperar mucho de una institución en la que sólo 13 de sus 46 académicos son filólogos y lingüistas. El resto, la mayoría, son escritores, poetas y periodistas, e incluso hay un médico, una bioquímica y un arquitecto (que ya me dirán qué pintan ahí —la lista completa de académicos en este jugoso post—). Así que estos pocos expertos reales en la lengua tienen una dura batalla que dirimir ante los académicos no entendidos que se toman al pie de la letra lo de prescribir pildoritas de ortografía y gramática. Prueba de ello es el artículo que publicaba Pedro Álvarez de Miranda (académico y filólogo) en El País a raíz de la polémica que surgió a principios de verano con el uso de «idos» e «iros». El autor se lamentaba de que se sometiera a votación la posibilidad de dar por válida la forma vulgar (y la más frecuente) «iros», pues bastaba con dar una descripción (ya recogida en el Diccionario panhispánico de las dudas) que señalase que la forma «iros» es propia de las hablas coloquiales y que se recomienda «idos» en registros formales y escritos (aunque a algunos, como a mí, el «idos» nos suena viejuno y algo cursi, así que quizás no estaría de más que se añadiera una etiqueta de arcaísmo por ahí).

Uno se hace una idea de cómo está el percal, cuatro gatos con suficientes conocimientos lingüísticos tratan de poner orden en la Academia, pero es poner orden contra una mayoría que aboga por permanecer en el «limpia, fija y da esplendor». Sería bonito que estos académicos de postín escucharan a los que se han pasado media vida estudiando lingüística y saben de sobra que todos los registros lingüísticos son perfectamente correctos, que la lengua cambia por naturaleza, que las variedades no estándares tienen características propias que siguen una lógica comunicativa y que no son el capricho de una panda de hablantes ignorantes. Es decir, que legislar sobre la lengua no es necesario, pues como dice Moreno Cabrera:

… establecer que el habla que sigue la norma es la correcta va dirigido no tanto a ensalzar ideológicamente dicha habla, sino a marginar, estigmatizar y, en último término, eliminar otras hablas que no se atienen a dicha norma y lo más grave es que se lava el cerebro a los que hablan de otra manera para convencerles de que su forma de hablar es anormal e incorrecta […]. Desde un punto de vista objetivo y estrictamente lingüístico, no hay nada que haga unas formas de hablar peores o menos dignas que otras. Como observa el profesor Borrego Nieto, las instancias educativas desempeñan aquí un papel crucial. Sería interesante no identificar correcto con normativo. Si no se nos impone una norma, podemos aceptarla libremente, pero debemos tener presente que esa norma no es más correcta que otras posibles simplemente porque la acepten o ensalcen determinadas instancias sociales[2].

Si las academias tuvieran un papel más constructivo y pedagógico, tendríamos menos hablantes acomplejados y, quizás, una lengua aún más rica en matices. Hay que decir más alto que el hablante nativo no comete errores en su lengua, su forma de hablar refleja su estatus social, pero no hay nada erróneo en ello. Quizás una política lingüística menos elitista nos llevara a dejar de percibir el habla del vecino como rara e incorrecta, y a percibirla como bella en sus diferencias. Entonces, el hablante entenderá que hay contextos para el registro formal (estándar), pero que este registro no es mejor que el coloquial, donde la lengua no estándar, —la lengua que aprendimos de nuestros padres y abuelos, la más íntima, la que nos es más natural—, es y será siempre la reina.


[1] MORENO CABRERA, J. C., (2000), La dignidad e igualdad de las lenguas. Crítica de la discriminación lingüística. Juan Carlos Moreno Cabrera. Madrid, Alianza Editorial, p. 157

[2] Ver nota 1. Pág., 160.

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