LAS OCHO COSAS MÁS RIDÍCULAS QUE TE PUEDEN PASAR EN SOCIEDAD

Las ocho cosas más ridículas que te pueden pasar en sociedad

Pablo Gastaldi


La vida en sociedad nos mantiene expuestos casi permanentemente ante la mirada, valoración y crítica de los demás. Es cierto que hay personas muy seguras de sí mismas, capaces de vivir (aparentemente) tranquilas al margen de la opinión que susciten en el resto de seres humanos. Otras, por el contrario, le otorgamos una importancia desmedida, antinatural y delirante, casi esquizofrénica.

Si eres de éstas, lo que viene a continuación quizás te interese. Ni que decir tiene que no estamos haciendo referencia a quienes establecen altas exigencias hacia su propio cuerpo, o a un constante vivir «de cara a la galería» que abarca los más diversos ámbitos de la existencia. En ese terreno, que cada cual aguante su vela.

Aquí queremos hablar de aquellos momentos que, aun sabiendo que se tratan de cosas aparentemente sin importancia, tienen la capacidad de clavarse en nuestros cerebros y generarnos una crisis emocional por el mero hecho de ser recordadas.

Más allá de los clásicos «tierra, trágame» cuyas posibilidades e interpretaciones son incalculables (como aquellos momentos mágicos en los que se te escapa la existencia de una fiesta sorpresa delante del festejado, o cuando se te resbala la cerveza de la mano), hay otros que se prestan más a ser estandarizados porque el ridículo que implican no admite dudas. Imaginando y recopilando acerca de estos últimos hemos querido plantear la siguiente lista:

(https://en.wikipedia.org/wiki/Facepalm)
El horror del ridículo, en las Tullerías (https://en.wikipedia.org/wiki/Facepalm)

– Ser descubierto con una risa o sonrisa que pretende disimular que no has entendido nada de lo que te han dicho.

Un clásico de las conversaciones cara a cara:

—¡Qué risa cuando estábamos en casa y csssss…!

—Mmmh… sí :).

—¿?

—…

Generalmente pasa desapercibido, pero cuando no, cuando el emisor sostiene la mirada a sabiendas de que se encuentra delante de un receptor que le acaba de intentar colar un gol… ¡qué delicia! Reconocer que has intentado engañarle suele ser inviable, y salir vivo de la situación es todo un desafío.

– Ir con la mochila abierta.

Meterte en el Metro, pasear por la calle o hacer la cola en un cine pueden convertirse en situaciones catastróficas si estás enseñándole al resto de mortales las miserias que llevas colgadas en la espalda. La situación se presta a ser aderezada con diversos elementos: un bocata envuelto en un trozo agujereado de papel de aluminio, un tupper mugriento…

Reírte de una broma privada para cuyos participantes es evidente que no la has entendido.

Bastante habitual. Se lanza una broma privada en un grupo más amplio, genera risas y tú, infeliz, acompañas con la tuya. Cuando ocurre es imposible que pase desapercibido, tu destino dependerá de la clemencia con que respondan los participantes de la broma: desde omitir que tu inexplicable risa de bobalicón o bobalicona ha tenido lugar, hasta dejarte en evidencia señalando que careces de los elementos para entender lo que se acaba de decir. Si ocurre esto, verdaderamente es el fin.

Pelarte la nariz.

¿A quién no le ha pasado? Lo extendido de esta situación no le resta importancia. Por mucho que las narices coloradas pululen en libertad con cierta frecuencia en los meses de junio, julio y agosto, el ridículo de desenvolverse en sociedad con una monstruosidad en la cara de color rosa oscuro que se deshace en escamas blanquecinas es incuestionable.

«Tirarte el pisto» con alguien que sabe mucho más que tú.

Puede pasar en el transcurso de una conversación o a posteriori. Cuando te enteras de que la persona a la que le estabas contando tus peregrinadas más frescas revestidas de palabras que no entiendes pero que suenan estupendamente es en realidad alguien a quien no deberías hablar con tu estridente confianza en ti mismo, y menos aún de ese tema en concreto. Las consecuencias son las mismas: sudores fríos, manos a la cabeza, arrepentimiento y autoflagelación.

– Que esto sea reconocido por el público.

Claro, cuando la situación anterior es reconocida y certificada por más gente, estás frito: el ridículo es épico.

– Tener algo en la cara.

Lo de que «la cara es el espejo del alma» no es suficiente para explicar lo que sientes cuando te das cuenta de que has estado intentando ligar con alguien con una costra de tarta de chocolate reseca de medio centímetro de diámetro en la comisura de la boca. La misma sensación que cuando te miras a un espejo y descubres una inexplicable mancha negra de bolígrafo que te surca la mejilla acompañándote fielmente en todas tus interacciones desde hace quién sabe cuántas horas.

Contar como tuya una anécdota que no lo es… a la persona que te la ha contado.

Robar anécdotas e incluirte como protagonista o asistente podría ser considerado deporte nacional, pero hacerlo delante de la persona que te la contó o que realmente estuvo allí es una de las formas más flagrantes de quedar en evidencia. De nuevo, si es delante de más gente, la experiencia puede ser verdaderamente traumática. Después de que te ocurra esto no sólo te lo pensarás dos veces a la hora de contar historias ajenas, sino que te entrará miedo hasta al contar las propias.

Un horror.

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