LAS CONSPIRACIONES SON LOS PADRES

Las conspiraciones son los padres

Miguel Bravo Candela


En muchas conversaciones con mis amigos ha surgido una duda que para mí refleja una cuestión fundamental. Es algo muy simple, pero que su respuesta define la manera en la que los humanos entendemos parte del mundo: Rajoy, o bien es muy idiota o bien es muy listo. Lo que estamos preguntando realmente es si Rajoy miente o no. Si lo que se esconde tras la tele de plasma es un doctor maligno o el tonto de la clase que no es capaz de enterarse de lo que pasa en su partido.

Cuando alguien miente lo que hace es emitir una falsedad intencionadamente. Esto nos lleva a pensar que hay planes, estrategias, de largo o corto recorrido planteadas por aquellos que mienten. En nuestras sociedades occidentales, posindustriales y mediatizadas, muchas veces nos relacionamos con nuestras élites con un código de verdad o mentira. Esto se debe al desarrollo funcionalista de nuestros esquemas mentales ―se deja poco espacio a los sucesos azarosos―, con el que funcionamos buscando explicaciones a los acontecimientos que afectan a nuestras vidas.

Queremos saber por qué pasa lo que pasa, y aquí topamos con la radicalidad de nuestra realidad, que se ha desarrollado de una manera globalizada, interconectada, en la que la información que recibimos diariamente es inabarcable como individuos, acrecentando una percepción de incerteza mayor de la que podríamos tener en otros momentos. A esto tenemos que sumarle la precariedad, que nos saca a patadas de nuestras «zonas de confort» cada poco tiempo, haciendo que nos movamos en el espacio (migrar), en nuestra identidad laboral (ahora soy freidor de patatas, ahora becario en el ayuntamiento, ahora parado…) y en varias facetas más. Esta combinación de realidad material precaria y percepción amplificada nos hace dar un salto cualitativo en la forma de acercarnos a la política, debido a la inestabilidad de nuestra percepción de la realidad. No hay amplias explicaciones válidas para nuestros grandes problemas.

Las grandes narrativas de la modernidad, como la religión, el racionalismo, el funcionalismo o el marxismo, que usábamos para comprender nuestras estructuras y dinámicas políticas parecen haberse desechado ―o más bien las hemos ahuyentado, ya que nos daba miedo repetir cositas como el holocausto nazi, el anillo de oro de la barbarie racionalista, biologicista e identitaria―. Tras esto, como podemos leer en un artículo muy recomendable de Daniel Innenarity, surgen muchas teorías conspiracionistas que buscan explicaciones a los desastres humanos como el calentamiento global, el paro o el terrorismo yihadista. Estas conspiraciones, entiendo yo, no se asientan sobre explicaciones estructurales, históricas o ya meramente sociales. Proponen explicaciones más individualizadas (x persona(s) ha hecho y para conseguir z beneficio), que obvian dinámicas más estructurales o bien azarosas. Buscan en cambio mentiras, complots, grupos secretos, gente con sotanas en iglesias románicas, doncellas asustadas y pueblos ignorantes.

Pero no caigamos en la caricaturización, las teorías conspiracionistas no son cosa de cuatro tarados que han visto demasiado cine de aventuras. El conspiracionismo es usado tanto por ciudadanos de a pie que creen que el gobierno intencionadamente empeora la situación, como por políticos de derechas (Trump acusando a Obama de crear el Estado Islámico o el PP acusando a Podemos de ser un brazo del chavismo) y de izquierdas (como Podemos montando el Tramabús). Es una forma de acercarse a la política, a la sociedad y a la economía, y la idea conectora y subyacente a todo esto es creer que la realidad actual es el resultado del desarrollo de estrategias racionales y calculadas por parte de una élite. Que el mundo, en resumen, funciona a través de complejas redes de mentiras.

Sin embargo, creo que los fenómenos sociales, políticos y económicos que atraviesan nuestras sociedades, como la desigualdad, las crisis, la violencia o la desmovilización social, tienen que ver más con la estructuración sistémica de las sociedades capitalistas mundiales, que con el Club Bilderberg. Cesar Rendueles en Sociofobia elabora una definición breve de lo que podría ser la causalidad en las ciencias sociales. Una causa es aquello que ocurre, pese a todos los esfuerzos realizados para que no ocurra. Esta definición nos ofrece una idea potente y que nos separa de explicaciones conspiracionistas. El mundo tiene una serie de lógicas, que se ponen en funcionamiento a través de la estructuración de sistemas sociales, económicos y políticos. Por bajarlo a la tierra: la crisis no es resultado de una serie de planes malévolos de la élite varón, blanca, rica y heterosexual, es el resultado de un sistema económico que sufre recesiones periódicas provocadas por la propia forma en la que se construyó dicho sistema. La crisis iba a pasar por mucho que la élite no quisiese, por muchas reformas que se le introdujese.

Esto no quiere decir que no existan élites, o que estas no tomen decisiones intencionadamente para beneficiarse aunque signifique perjudicar al resto, o que no mientan. Pero esto corresponde a un nivel mucho más bajo de influencia sobre la realidad que el sistema económico, que la estructura de clases, que la desigualdad de género o que los sistemas de pensamiento. Rajoy no domina la economía, la economía domina a Rajoy, y los banqueros y patrones no dominan la economía, sino que la economía los domina.

El peligro de emplear conspiraciones para entender el mundo es malinterpretar la realidad y proponer soluciones equivocadas en consecuencia. Cuando la gente creía que Tsipras cambiaría la situación griega y actuaría tal y como como los planes de la izquierda establecen, lo que estaban haciendo era apoyar a una élite frente a otra. Creían que el gobierno de Nea Demokratia eran los poderosos, los que cortaban el bacalao (los real dealers). Creían que con un cambio de cabecillas, y mucho trabajo por parte de Syriza, cambiarían las cosas. Pero esta idea se demostró falsa. No pudieron hacer nada, sólo establecer un gobierno «más humano». Aunque claro, ahora Tsipras es un traidor, que si hubiésemos tenido a un verdadero comunista otro gallo cantaría. Las conspiraciones nos alejan de la realidad y nos impiden llevar a cabo políticas de verdadera transformación sistémica.

A modo de conclusión diré que la realidad socioeconómica y política es complejísima. Ni siquiera Rajoy, pese a su archiconocida vitalidad y visión de futuro, puede manejarla efectivamente. Tenemos que ver que todo lo que lancemos a la sociedad, sin un conocimiento más profundo y estructural, van a volver mutadas totalmente. Si lanzásemos a Pavarotti, lo más probable es que nos devolviese a Tupac Shakur.

 

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