LA UNIVERSIDAD INSOSTENIBLE

La Universidad insostenible

Federico Ocaña


Que la Universidad no sea centro de humanidad ninguna, mucho menos de las humanidades, ya no causa sorpresa a nadie. No hay humanidad que sepa ni quiera enfrentarse a sí misma, que quiera enfrentar su propio vaciamiento o confrontar consigo misma la cuestión hasta ese punto. Este era justamente el papel de la Universidad: detectar, denunciar y, en la medida de lo posible, detener todo lo que atentase contra su propia conservación y supervivencia, partiendo siempre de recursos mínimos y con la principal limitación de que el objeto de estudio, lo que debía denunciar, en cierto modo, era ella misma. Su supervivencia pasaba, en cualquier caso, por sostener el difícil marco en que se encontraba: ella actuaba como crítica cuando era blanco de las críticas; como pintora que recogía los claroscuros del rostro cuando era también la retratada; como alarma contra un peligro que parecía emerger desde su seno.

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Si algo permitió durante las épocas más oscuras de la humanidad que la Universidad actuara, a pesar de la cultura, como motor de la cultura fue precisamente su capacidad de distanciamiento respecto del cuerpo social que la alojaba y su crítica del mismo. Así ocurrió en la Edad Media, así en la España franquista: puede que no fuera soporte de nada, que las ideas de los herejes que pasaron por las aulas prendieran a 451º Fahrenheit como sus libros o se abrasaran con sus cuerpos y se perdieran para siempre. Pero si el cuerpo quemado no sirvió para otra cosa, desde luego esa aniquilación sí sirvió al menos como recordatorio de que había una voz dentro de la sociedad que había abierto nuevos senderos. Quizá incluso alguno de ellos no cayera en el olvido sino hasta su redescubrimiento años o siglos después: la universidad tiene su propio curso. Al margen de la historia pero desde dentro de ella, siguió el curso que le imponía la propia sociedad pero fue capaz de acelerar o aminorar el paso cuando la ocasión lo exigía: hacer avanzar la técnica al tiempo que advertía de sus peligros; divulgar el conocimiento humanístico aunque supusiera el fin de su propia hegemonía en la recepción y producción de alta cultura, etc. El problema llegó de repente, como la cara oculta de la misma moneda: el problema de su sostenibilidad. El marco se había vuelto barroco, y su afán de totalidad exigía la cabeza ―de nuevo― de la Universidad. Pero esta vez era distinto: no había respuesta. ¿La hubo alguna vez? Hasta entonces los ataques contra la Universidad los resolvía la Universidad misma, su propio transcurrir al margen de todo, imbricada con todo. Cuando acababan con ella, culpable de ser sincera, como el cuadro de Henry Wottom que devolvía a Dorian Gray su imagen deformada, lograba una última victoria con su muerte: si la sociedad, si ella misma, quería sobrevivir, debía rectificar alguno de sus crímenes, o el asesino se fundiría con lo asesinado. Ese era el único motivo por el que no merecía la pena que la arrasaran: en el fondo, el resto de la sociedad debía aceptar que tenía razón, al menos en parte; podía aprovechar el imaginario simbólico y técnico que la Universidad había puesto a su alcance y mantenía de esta forma la estabilidad, el equilibro, aunque fuera a costa de desviar la ruta con concesiones a la heterodoxia que había trazado desde los márgenes la institución universitaria.11146005_660300934076129_1848376843_n

Pero esta vez se quedó muda, y  fue así quizá porque ya había dejado de reflejar el rostro de nadie: no había humanidad en ella, y por tanto estaba al descubierto frente a cualquier ataque que se produjera. Ya no se provocaba ―no provocaba―, no se temía a sí misma, no producía ninguna alternativa que atrajera hacia sí los ataques y le permitiera someterse una vez a más al ritual de expiación y renacimiento que necesitan todas las ideas para tocar sucesivamente tierra y cielo. Cuando el hombre alcanzó las profundidades del mar y alcanzaba el espacio, como aventuró Arendt, las ideas parecieron vaciarse: no quedaba ninguna meta, el hombre ya no sabía qué hacer consigo mismo. Más bajo ―Auschwitz, Guernica― ya no se podía caer; más alto ―el Sputnik, ¿?― no se podía subir. En ese non plus ultra vivimos instalados desde hace tiempo, y la Universidad, en el centro del huracán, no sólo ha producido ideas estériles ―también lo eran, a corto plazo, las de aquellos herejes― sino que da la sensación de no haber sabido atraerse desde entonces las miradas. En ese contexto es lógico preguntarse por un sostén: si la Universidad no se sostiene en sí misma, en su peculiar lucha contra sí y por su propia supervivencia, es insostenible. En cierto modo, siempre lo fue, siempre dependió de sus derrotas. Queda tanto más claro cuanto más cerca está la derrota definitiva a manos de un Moloch capitalista, un tiempo desquiciado al que sólo le queda devorarse a sí mismo.

La Universidad fue siempre insostenible. Nunca necesitó un soporte externo que la sujetara de nada: como en una combinación de la célebre metáfora marxiana y su corrección benjaminiana, era a la vez impulso del tren desenfrenado del progreso y la mano que lo detenía en el momento de su descarrilamiento. Nunca debió rendir cuentas a nadie más que a ella misma, desde luego no del mismo modo: universidad es lo humano en bruto, no lo económico neto.

 

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