LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA Y LA CT. ¿UNA HISTORIA DE AMOR?

La Universidad española y la Cultura de la Transición

¿Una historia de amor?

Marina Montoto


 

«Consta, no obstante, que la clase política de la transición y sus historiadores se llevaron muy bien, hasta tal punto que acordaron reunirse para decidir cómo se debía escribir la historia. Lo hicieron durante el mes de mayo de 1984 y no se sabe muy bien por qué extraña conjugación del destino el lugar se llamaba San Juan de la Penitencia. Fue en Toledo, bajo los auspicios de la Fundación José Ortega y Gasset. Allí, clase política e historiadores, decidieron cómo se debía escribir la transición y cómo debía quedar el repertorio de personajes ante la inminente posteridad. Una reunión como esta toledana de 1984 no la hubo, que se sepa, en la historia de la humanidad. Un puñado de protagonistas de la transición democrática determinaron de mutuo acuerdo cómo debía ser escrita su historia».

Este párrafo pertenece a un artículo de Gregorio Morán escrito en El País en 1992. Sustituya «historiadores» por «académicos». Ahora puede comenzar a entender uno de los mecanismos de la Cultura de la Transición más silenciado hasta el momento, que sin embargo ha operado de manera generalizada en nuestro país estos últimos treinta años: la universidad como productor y sustentor de la Cultura de la Transición y  del Régimen del 78.

Hace unos años, cuando comencé a indagar en esto del relato mítico de la Transición ―todavía no estaba tan de moda―, me pregunté por los principales agentes o espacios en donde este relato había sido producido, reproducido o sustentado, tanto en sus discursos como en sus prácticas cotidianas. Encontré enseguida cierta literatura sobre los medios de comunicación o la prensa, las élites políticas, pero casi nada sobre el mundo universitario. Sin embargo, muchas personas me decían que mi misma facultad ―la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense― había sido uno de los espacios de producción de ese discurso dominante sobre la Transición, y yo misma lo había comprobado en algunas de mis asignaturas durante la carrera.

En 2012 Guillem Martínez editó el libro colectivo La CT o Cultura de la Transición. En él se localiza por primera vez la existencia de una entera cultura que legitima el régimen político del 78, que le da forma, que permite traducir ese régimen político y su discurso mítico de la Transición en discursos y prácticas cotidianas, colectivas ―muchas inconscientes―, que se han ido reproduciendo. La CT es «toda una organización de lo visible, lo decible, y lo pensable», como decía Savater en el libro. Es una narrativa hegemónica -―muy general pero tremendamente consistente― sobre qué es democracia, qué es política, pero también qué es cultura. Todo lo demás se queda fuera, en el borde, en la marginalidad. Este mecanismo de control social hegemónico se da en pequeñas recompensas (subvenciones, títulos homologables, premios, viajes, visibilización…) o castigos (ninguneo, apagón mediático o público, retirada de «amistades»…), en un complejo sistema de dominación simbólica, del que es difícil no participar.

El libro, que se especializa en el mercado cultural español de los últimos treinta años, analiza como un objeto cultural será considerado como tal siempre y cuando no colisione con aquellos consensos políticos instaurados y hegemónicos del Régimen de 78 ―imaginario de élites políticas modélicas y moderadas, ciudadanía desmovilizada, definición de democracia como bienestar material, por citar las más importantes―. Dentro del libro, sin embargo, muchos y muchas echamos de menos que no se hiciese un análisis menos restrictivo de lo que es entendido por «cultura» y que encontrásemos un capítulo sobre el ámbito universitario o el periodístico, como sí lo había del literario, el musical o el cinematográfico. Había que esperar. Y seguimos esperando, pues como dice Pablo Sánchez León en su artículo, «la conexión entre la universidad y la reproducción de todo el entramado cultural de la democracia ―la famosa CT o “Cultura de la Transición” de la que ahora se habla― está por describir».

Pero el tiempo del cambio se ha abierto, y no creo que podamos y debamos esperar mucho más. Porque ya no sólo es que la universidad, como cualquier otro ámbito público, tenga sus propios mecanismos clientelares y corruptos, su propia casta universitaria, como apuntaba Escudero en su artículo en ElDiario.es. Ni que la universidad haya sido la «Fábrica de la casta», en un proceso por el cual la cualificación universitaria y el estatus de la casta política ―que ahora está tanto entre las cuerdas―, ha sido otorgada por la universidad, como dice Pablo Sánchez León en el artículo que antes mencionábamos. Es que la propia universidad ha sido cómplice de la producción y reproducción de ese «régimen de lo visible, lo decible y lo pensable», del relato mítico de la Transición, de lo que en este país podía o no podía ser democracia, en otras palabras, de toda la CT.

En este sentido, son muy significativas, por sintomáticas, las palabras de Gregorio Morán con las que empezábamos el artículo. Es cierto que se dio esa reunión de sabios, como es igual de cierto que durante los años ochenta y noventa la universidad española realizó una exportación sin precedentes del «éxito» de nuestro modelo de Transición en artículos, congresos, libros, cursos y expertos. En España habíamos obrado «el milagro» y la universidad debía encargarse de explicar, analizar, y dar cuenta de ello, siempre cerca de sus protagonistas políticos y de ciertos medios de comunicación que también participaban de ello. Es poquísima la literatura crítica con el proceso transicional que encontramos en la universidad española hasta bien entrados los primeros años del siglo XXI, en un claro mecanismo de censura y autocensura del que entraba a formar parte de esta comunidad académica. Los mismos dispositivos de recompensas y castigos que mencionábamos antes. No se premiaban tanto las investigaciones críticas, rigurosas o reflexivas, que abriesen nuevos interrogantes sobre el proceso político, como obras que partiesen del consenso sobre ese proceso para apuntar alguna que otra novedad o diferencia. Y así estuvimos hasta hace cuatro días.

Estas prácticas de control y marginalidad en el ámbito universitario, han promovido ―y consolidado― una universidad perezosa y cómoda, leal al poder establecido, acrítica y poco reflexiva. Tenemos una comunidad académica que ha malgastado mucha más energía en mirarse el ombligo y mantener sus privilegios que convertir los campus universitarios en lugares de distanciamiento crítico, riguroso y comprometido. Si entendemos, como yo creo, que uno de los espacios privilegiados de construcción de la ciudadanía pasa por la universidad, tenemos que, como científicos que somos, hacer un análisis sincero del lugar en el que trabajamos, y eso se empieza llamando a las cosas por su nombre, analizando de manera honesta la universidad que habitamos cada día. Esto es un intento de ello.

 

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