LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA Y LA CASTA ¿OTRA HISTORIA DE AMOR?

La Universidad española y la casta

¿Otra historia de amor?

Ariel Jerez


Hace unos días, intenté describir de manera general las lógicas hegemónicas que han imperado ―y todavía lo hacen― en el mundo académico en relación a la reproducción del relato de la Transición y a toda una cultura que lo sustenta. Hoy quería ir un poco más lejos, y, mostrar que no se ha quedado ahí, en ser el agente (como actor social experto) productor y sustentador de ese relato sobre la Transición modélica. La universidad, por una evolución lógica al mantenerse al lado de los poderosos, se ha ido convirtiendo en los últimos años en cómplice de la casta, del modelo económico del expolio de lo común, del neoliberalismo.

Un repaso rápido de la última década de la educación universitaria española nos da varios ejemplos. En primer lugar, no ha sido poca la comunidad académica que con informes, congresos, libros, viajes pagados y cursos en los “colegios profesionales” ha avalado desde el discurso neutral de la universidad las políticas neoliberales de privatización, desmantelamiento de lo público, o recortes de derechos ―sobre todo los laborales― que ya se dan desde los años noventa del siglo pasado. Las mismas lógicas de recompensas y castigos que se daban en el ámbito del relato de la Transición y que comentaba en el anterior artículo se daban de nuevo aquí, a veces con las mismas personas y en los mismos lugares. Fueron esos años en los que las palabras mágicas «eficacia» y «competitividad» se pusieron tan de moda. Además, como también apuntaba Pablo Sánchez León, estas prácticas se realizaban en un contexto de puertas giratorias, o «pluriempleos», en donde por la mañana eras profesor de la universidad, por la tarde asesor para una empresa y por la noche dabas una conferencia en la fundación de algún banco. Mientras ya pedían sacrificio para la gente normal, ellos empezaban a lucrarse sin problemas.

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En segundo lugar, encontramos en la lógica del Plan Bolonia la propia aplicación de estas políticas neoliberales al ámbito universitario. En España (por citar sólo algunas medidas) la extinción de las licenciaturas y la aprobación de unos planes de estudio más cortos y generales, que requieren una especialización de posgrado mucho más encarecida, permitía observar el comienzo de una lógica oligárquica que ahora conocemos tan bien, por la que unos pocos ―con dinero― podrán pagarse unos estudios cualificados y convertirse en las élites de este país, y unos muchos saldrían como mano de obra de un mercado laboral cada vez más precario. Las becas se convertían en préstamos. Las nuevas cátedras eran financiadas por Repsol y por Santander. Si bien es cierto que estas medidas fueron contestadas por la comunidad estudiantil, encontramos poca resistencia en un profesorado ambivalente, corporativista y centrado en sus intereses. Si antes podías avalar las medidas neoliberales fueran de la universidad para lucrarte, ahora tenías dificultad para poder criticarlas en casa. Y es que, ¿Qué investigador va a sacar un artículo en contra de los procesos de explotación de Repsol en América Latina, por ejemplo, si es el que te está dando de comer?

El broche final se lo lleva la mayor subida de las tasas universitarias en la historia de la democracia, en el momento en que la mayor parte de la población está más vulnerable y en riesgo de exclusión. Hasta cuatro veces se han multiplicado muchas de las matrículas, y hace pocos días hemos sabido que más de cuarenta y cinco mil estudiantes han tenido que abandonar las aulas por no poder hacer frente a los gastos que suponen para las familias. La educación universitaria ya, de facto, ha dejado de ser un derecho.

Ya nos decía Bourdieu hace unos años que una de las características principales del mundo universitario ―muy poco reflexionado desde éste, y sin embargo fundamental para entender el papel de las universidad y su producción de conocimiento dentro de una sociedad― es justamente la de, al imponer una visión más o menos autorizada del mundo, contribuir a producir justamente este tipo de mundo del que ellos dan cuenta. Desgraciadamente, los hemos visto con el proceso de desmantelamiento de la universidad pública, del que parte de la comunidad académica ha sido cómplice.

Es urgente que se comience a salir de las lógicas corporativistas y caciquiles que se encuentran en los departamentos, los decanatos y los rectorados, que se haga un trabajo honesto de autocrítica y reflexión, que se acerque el profesorado a aquellas personas que están siendo expulsadas de la universidad y no a las que las están echando. Ya va siendo hora de que dejemos de lado las etiquetas de alumno, profesor o personal de la administración, y que todas las personas que habitamos y hacemos cada día la universidad, comencemos a reflexionar sobre cómo y hacia donde queremos cambiarla. La comunidad académica debe elegir si mantenerse al margen de las revoluciones ciudadanas que estamos siendo testigos en otros ámbitos, o hacerse cargo de su responsabilidad política y promover los mecanismos para que podamos, de una vez por todas, hacer del espacio universitario un verdadero espacio de encuentro, reflexión y crítica ciudadana.

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