LA UNIVERSIDAD DE LAS HORMIGAS

La universidad de las hormigas

Rebeca Herrero


Desde hace siete meses me encuentro en Estados Unidos, estudiando un máster en una universidad prestigiosa, gracias a una beca igualmente prestigiosa. No pasa una semana sin que alguien nos recuerde lo especiales que somos utilizando términos como «liderazgo», «capital humano» o «excelencia». No es cierto que sea especial. Soy hija de un empleado administrativo y un ama de casa; nieta del éxodo rural, hija del baby boom; actual ciudadana de la crisis y de la incertidumbre de no saber si alguna vez habrá una oportunidad para mí en el lugar donde nací y me crie.

A la cultura universitaria norteamericana le cuesta entender que lo único que me hace diferente es haberme encontrado en el lugar y en el momento adecuado para aprovechar oportunidades y posibilidades que no habrían estado allí si no hubiera sido por otras personas; de la misma manera en que le cuesta entender que la mayoría de sus estudiantes son blancos y ricos por el simple motivo de que son los únicos que, económica y culturalmente, se pueden permitir estudiar. En mi clase, los únicos que no somos «blancos y ricos» somos los estudiantes internacionales que venimos de países en los que la Universidad es, en su totalidad o mayoritariamente, pública. Lo que a veces olvidamos es que público también quiere decir colectivo, de todos.

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Cuando me acuerdo de mis notas de selectividad, que para mí supusieron la oportunidad de estudiar mi primer año de carrera sin pagar matrícula, pienso en mis padres, que hicieron sacrificios durante toda mi infancia para que tuviera la mejor educación posible. Cuando pienso en la universidad pública en la que estudié, pienso en los fondos públicos que el Estado aporta a la Universidad, en millones de personas rellenando su declaración de la renta cada año. Cuando pienso en las becas que obtuve durante la carrera, y que me permitieron estudiar sin trabajar y, por lo tanto, mejorar mis notas y seguir obteniendo becas hasta el día de hoy, pienso en el dinero público que financia esas becas, en millones de personas pagando el IVA cada vez que compran una barra de pan. Especialmente pienso en las personas que pagan el IVA de esa barra de pan que es lo único que pueden comprar.

Tengo una deuda personal con mis padres, y tenemos una deuda y una responsabilidad histórica con todas esas personas, que sólo empezaremos a pagar cuando dejemos de engañarnos y de dejarnos engañar por el discurso individualista del mérito y la excelencia. Detrás de cada estudiante, «excelente» o no, hay millones de personas que hacen posible su carrera. Esas personas se merecen que trabajemos y luchemos por una Universidad pública de calidad, y que asumamos la responsabilidad sobre lo que presenciamos y experimentamos mientras somos parte de ella.

Durante los años en que pasé en la Complutense fui(mos) testigos de los escándalos de todo tipo que han salpicado a la institución. Vi a Moral Santín regresando a las aulas después de ser imputado en el escándalo de Caja Madrid. Vi a profesores famosos por acosar a sus alumnas jubilarse sin que nadie consiguiera o se esforzara lo suficiente para hacerles responsables de sus actos. Vi las (pésimas) inversiones inmobiliarias de la universidad languidecer mientras en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología, donde estudié, las goteras se multiplicaban cada vez que hacía mal tiempo. Y, sinceramente, también vi a estudiantes llevando a cabo prácticas abiertamente fraudulentas para aprobar con el menor esfuerzo posible.

Detrás de estos problemas hay responsabilidades individuales innegables, pero también prácticas institucionales que requieren una toma colectiva de responsabilidad a todos los niveles: culpar de manera abstracta a estudiantes y profesores de no implicarse en sus respectivos trabajos, cuando existe una galopante falta de recursos y de estructura institucional para hacerlo no es inteligente ni justo.

No nos merecemos esto. No hemos hecho nada para merecerlo. Todo lo contrario, hay algo que tengo que reconocer y es que, para los fondos de los que dispone, la Universidad española hace un buen trabajo, al menos en lo que a formación se refiere (otro asunto es la investigación). La mayoría de mis compañeros de clase en Estados Unidos vienen de centros que contaban con muchos más recursos que la Complutense, lo cual me hacía pensar que me iba a encontrar muy por detrás de ellos. No fue así. He experimentado algunas diferencias, pero tienen más que ver con el contraste entre culturas universitarias, que con deficiencias en mi formación. A esto hay que añadir, además, que a pesar de sus defectos y de las desigualdades que la atraviesan, la universidad en España es mucho más inclusiva a nivel social. Esto demuestra que esa inclusividad no es incompatible con una formación de calidad, como desde algunas posturas se nos intenta hacer creer.

El problema es que la Universidad española está a la altura de las universidades internacionales, no porque exista un esfuerzo institucional por ponerla a esa altura, sino al trabajo impagado de aquellos que se salen del circuito institucional y, con sus propios recursos y su propio tiempo, se aseguran de estar proporcionando una formación de calidad. Profesores que te pasan por debajo de la mesa el mismo paquete de análisis de datos que en mi universidad de Estados Unidos los ordenadores de la facultad tienen instalado para el uso de los alumnos. Estudiantes que si no encuentran el libro que necesitan, porque hace años que la biblioteca no tiene suficientes fondos para mantenerse actualizada, se recorren la ciudad y medio internet hasta dar con él. Profesores que te reciben fuera de su horario de tutorías para resolver dudas sobre asignaturas que no son las suyas y, por si fuera poco, pagan tu café. Estudiantes que, ante la pasividad de ciertos profesores y de ciertos compañeros, aprenden por su cuenta lo que deberían estar aprendiendo en unas clases que, no lo olvidemos, pagamos entre todos.

Esto es admirable, pero tiene otro nombre y, ese nombre, es precariedad. El funcionamiento de la universidad no puede depender de la voluntad de algunos de sus miembros de sacrificar su tiempo y sus recursos, de saltarse normas y a veces leyes —principalmente las de propiedad intelectual—, y de someterse a la tensión psicológica y mental que supone nadar a contracorriente, todo esto para asegurarse de que la institución funciona como dice funcionar.

 

 

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