LA MEMORIA DEL FUTURO

Reseña. La memoria del futuro

Pablo Sánchez León, de Postmetropolis Editorial


«Creo que los colectivos de los movimientos sociales deben dar un paso adelante en su lucha contra-hegemónica, llevando sus formas de actuar a todos los espacios de poder posibles y asumiendo la importancia de dotarse de un interfaz electoral».

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Jerez, A. y Silva, E. (eds.) (2015), Políticas de memoria y construcción de ciudadanía, Madrid, Postmetropolis Editorial – Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), 317 págs. Venta por internet en www.postmetropolis.com (14 euros + gastos de envío)

Resultará extraño comenzar una nota acerca de un libro sobre memoria con una cita que no refiere al pasado sino al más urgente presente y su proyección en el futuro. Y sin embargo, esta sentencia tomada de Políticas de memoria y construcción de ciudadanía es sin lugar a dudas su mejor tarjeta de presentación. En ella está contenido todo el sentido que puede tener hoy la publicación de una obra que recoge las contribuciones a un congreso que tuvo lugar hace más de siete años, en el verano de 2008.

Y es que la memoria tiene su propia estructura temporal, y ésta no es casi nunca de corte lineal, tampoco caprichosa en su sinuosidad, pero sí hecha de recurrentes flashbacks que devuelven al pasado o, bien visto, hacen el pasado presente. Aparentemente aquel momento de aquel congreso pasó, quedando atrás en el tiempo; no obstante, aprovechando la coartada de un libro, ahora ese tiempo reaparece, acortándose y comprimiéndose como cuando en ocasiones recordamos todo lo que la crisis se ha llevado consigo en apenas unos pocos años, los mismos años que separan aquel congreso de este otoño de 2015, que también comprime las esperanzas de cambio de amplios sectores sociales. Tal vez en esto reside el poder conjurador de esta recopilación de textos, en que fue ideado y producido antes de la crisis pero sólo ha visto la luz ahora, cuando aquélla ha dado ya grandes zarpazos y dejado profundas huellas en todos. Y he aquí la paradoja, porque lo realmente llamativo del libro es que, lejos de haber quedado obsoleto, de evidenciar el paso del tiempo, si acaso lo que hace es señalar lo innecesario de la espera, lo prescindible del tiempo transcurrido.

Aquella reunión de escritores, expertos, especialistas académicos, trabajadores sociales, activistas todos de la memoria en sus diversas facetas resultó premonitoria. Se sabía a lo que se iba: aprovechando la evidente inoperancia de la llamada Ley de Memoria, su incapacidad para resolver los problemas acumulados en el terreno de la búsqueda de la verdad, la justicia y la reparación, se trataba de salir de la mera condena formal —que también cabía— por parte de los colectivos de la memoria, e ir más allá y ofrecer diagnósticos, revisar tópicos, discutir alternativas, elaborar propuestas, en fin, que sirvieran de marco para políticas de memoria a la altura de una cultura ciudadana digna de tal nombre en una democracia del siglo XXI. Las páginas del libro dan cuenta de este objetivo cumplido en terrenos tan variados como las relaciones de la memoria con los medios de comunicación, con la educación secundaria, los movimientos sociales transformadores, las pautas de la justicia transicional y de los derechos humanos… Y en forma de contribuciones en general escuetas y directas, claras en su evaluación y objetivos propuestos.

Hasta aquí la historia de un evento. Lo que no se podía entonces prever era lo que sucedería a continuación, en los meses siguientes, en los años próximos. En el terreno de esas políticas de memoria el balance se resume en una palabra: nada, como la novela de Carmen Laforet sobre la grisura de los años cuarenta de represión y silencio. No se ha hecho nada. Pero no en cambio así en otros. Hoy sabemos que lo que empezó como un encuentro ciudadano en las plazas de las ciudades con declaraciones inconcretas de que ésta no es la democracia que queremos, y fue seguido de singulares y definidas luchas por la dignidad ciudadana en riesgo, ha resultado ya en un cuestionamiento abierto del orden institucional y el entramado de poder que le acompaña desde hace casi cuarenta años. Lo interesante para esta nota es que en esa construcción de ciudadanía algunos de los autores que contribuyen en este libro han adquirido una clara notoriedad pública: además de Isaac Rosa, que ya tenía entonces nombre mediático, escriben en él Jesús Montero, José Manuel López Rodrigo y, sobre todo, Pablo Iglesias.

El fundador de Podemos era entonces un joven profesor recién estrenado que acababa de defender su tesis doctoral, una comparación entre la izquierda a la izquierda de los partidos comunistas parlamentarios en Italia y en España durante los años setenta y noventa del siglo XX. Ésta es la memoria que transmitió en su intervención en La Granja de San Ildefonso, donde se celebró el congreso o encuentro, al participar en una mesa que reunía a otros expertos para hablar sobre memoria, movimientos sociales y contracultura. Iglesias ofreció su diagnóstico sobre las debilidades heredadas de la izquierda española posfranquista, pero también lanzó un órdago al tiempo que es el que aparece arriba.

Hoy no es ayer, pero en este caso ayer sigue siendo hoy gracias a que entonces pudo avistarse un futuro que se ha hecho presente. Aquel ayer era el final de un tiempo, el de la democracia posfranquista y sus falsas promesas de Estado del Bienestar como garantía de oportunidades para todos medidas en el tiempo —de nuevo la clave estaba en el tiempo, sobre todo en el de las generaciones—; en medio ha tenido lugar la apertura de otro ciclo político que estamos viviendo, y en el que se arraciman y comprimen las temporalidades de muchas inquietudes, anhelos y opciones pasadas que reaparecen como dotadas de una nueva vida o una segunda oportunidad. En el terreno concreto que interesa a este libro, el de las políticas de memoria, basta decir que el reclamo de justicia que motiva buena parte de la movilización ciudadana actualmente en marcha converge con lo que el movimiento memorialista venía reclamando, o aclarando como reclamación, desde que Emilio Silva saltó a las portadas de todos los periódicos, allá en 1998, con la noticia de que estaba desenterrando a su abuelo «paseado» por el integrismo facha-español en 1936. Lo que leyendo este libro puede apreciarse ahora mejor es que la memoria ha sido el espacio en el cual se ha incubado una parte esencial, aunque no siempre visible, de la puesta en entredicho del régimen del 78, y desde la cual se han formulado las primeras propuestas para el cambio de ciclo. Visto así, el tiempo no se ha perdido en absoluto.

Es de esperar que en el próximo futuro la memoria se convierta en un rasgo definicional de la construcción de ciudadanía. En este asunto de la memoria del futuro próximo no debería haber ninguna pérdida de tiempo.

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