LA MALA LETRA, EL DEDO EN LA LLAGA, LAS PALABRAS JUSTAS

La mala letra, el dedo en la llaga, las palabras justas

Carlos Heras


No todos los libros de cuentos que se publican estos días abordan el conflicto que se produce cuando un jefe de estudios decide que un adolescente que apenas alcanza a mover los párpados debe presenciar una clase de educación sexual. El último de Sara Mesa (Madrid, 1976), sí.

En los once textos que componen Mala letra no se dan conflictos espectaculares: no hay tiros, ni secuestros, ni trágicas historias de amor. A lo más, algún atropello en la carretera, empujones a una niña y un asesinato accidental. Y sin embargo, los relatos, de pulso narrativo sólido y lenguaje conciso, desnudo y neutral, presentan argumentos complejos que hacen pensar que «lo políticamente incorrecto» se acerca más a meterle un dedo en el ojo al lector para plantearle algún tipo de problema que a promover abiertamente la misoginia y otras fobias, como sucede últimamente en el debate paracultural español.

La literatura de Sara Mesa ocurre en los márgenes y en los límites. En la infancia de los personajes y en la madurez que colapsa ante el evento más inesperado, que es sólo la última gota de una larga sucesión inadvertida. En los pueblos, en el campo, y en la tensión que estos territorios establecen con Cárdenas, el territorio de ficción que representa a la ciudad en el universo narrativo de la autora y que —especialmente en Cicatrizi— tanto recuerda a Madrid.


Las tensiones entre campo y ciudad, entre el mundo de la infancia y el adulto, y los diversos momentos de transición entre los dos pares, configuran estos cuentos. Algunos de los mejores (Papá es de goma, Palabras-piedra, Picabueyes) tienen a niñas y niños como protagonistas y, a veces, como narradores. Allí, Mesa alcanza un difícil equilibrio entre un lenguaje ingenuo y desnudo y una distancia narrativa, en parte por el proceder descriptivo y neutral, en parte porque da la sensación de que Mesa siempre escribe desde un futuro cercano —hoy—. O, mejor, sobre un pasado reciente donde todavía no hay internet ni teléfonos móviles y tomar un autobús hasta Cárdenas es una aventura a lo desconocido y una fuente de conflictos familiares.

En Mármol, un cuento breve sobre un pueblo donde de vez en cuando los abuelos, y sobre todo las abuelas, se tiraban por el balcón, la narradora introduce al descuido una enunciación explícita de los procesos que llevan de ese universo de la infancia a la narración adulta que nos llega, cuando una amiga de la infancia pregunta a esa narradora sobre qué escribe ahora (p. 29). «Me entraron ganas de escribir sobre Mármol», dice. «No exactamente sobre Mármol», sino «sobre cómo era la vida cuando pasó lo de Mármol. Sobre cómo era mi vida cuando pasó lo de Mármol». Y, finalmente, en un nuevo matiz, «sobre cómo la veía yo. Una recreación, una mentira».

En las narraciones infantiles, la tragedia se construye paso a paso, a base de pequeñas acciones terribles. En Mi papá es de goma, un niño juego con un Action Man descabezado. Otro, más pequeño, con un hámster que sujeta en la mano sin que sepamos muy bien si está vivo o muerto. Tres hermanos ven la televisión y desde la puerta del apartamento se filtra un olor a merienda recién hecha, mientras que papá, en otra habitación, cada vez está más rígido. «Si pueden existir pingüinos de plastilina, por qué no pueden existir papás de plástico» (p. 148).

Pero el territorio de la infancia también funciona como el espacio que configura caracteres posteriores, donde se dan los conflictos cruciales en la formación de la persona adulta. Un lugar que, lejos de presentarse como el jardín de la felicidad perdida, se configura como espacio de reclusión y opresión de familiares a veces arquetípicos pero que tienen su parte en conflictos reales y complejos, donde el aburrimiento, el sufrimiento mundano y el miedo son proporcionales a las ansias de libertad.

Entre las virtudes de Mala letra está usar las palabras justas y saber meter el dedo en la llaga. Sara Mesa no elude las miserias del odio entre los vulnerables —la sobrina abandonada y los tíos estrictos, la hermana pequeña y los padres represores—, ni tampoco la soberbia de quienes protegen a los más débiles. En «Apenas unos milímetros», probablemente su relato más logrado, el que trata de la vida de ese pobre adolescente que apenas puede moverse, describe la actitud de la madre ante una visita de la profesora —la narradora de ese relato— con palabras como «orgullo» o «complacencia», mientras que habla del lugar donde ambos viven como «un santuario del sufrimiento y la abnegación» (pp. 31-32).

Mesa trae temas poco habituales, seguramente poco glamurosos. Temas difíciles y duros, pero no espectaculares. Cotidianos. Mala letra es una serie de conflictos íntimos, argumentos poderosos que a veces construyen relatos asfixiantes, pero que no se dilatan en exceso. El formato de cuento, hace de los textos reunidos narraciones más vigorosas y «redondas» que sus dos novelas anteriores —Cuatro por cuatro y Cicatriz, ambas editadas por Anagrama, que a pesar de ser libros notables, en ocasiones parecen tramas demasiado estiradas.

En su conjunto, los once relatos son una mirada de la infancia y la adolescencia desde la madurez, que funciona por su sinceridad, su inteligencia y su capacidad para no caer en excesos de ternura. En sus mejores momentos, el libro logra transmitir la intimidad de una historia a base de la descripción distante de circunstancias y eventos muy bien escogidos. Es, junto a la original complejidad de los argumentos, la mejor virtud de Mala letra.

iSara Mesa. Cicatriz. Anagrama, 2015.

Mala letra. Sara Mesa. Anagrama. Barcelona, 2016. 200 páginas. 16,90 euros.

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