LA LLAMADA DEL ODIO

La llamada del odio


La llama de la civilización, ese picor que nos impulsa a levantarnos del sofá, emprender la carrera espacial, empezar un máster, construir civilizaciones nunca lo suficientemente milenarias, tener idearios políticos y demás necesidades igualmente vitales. Ya lo oigo en boca de quienes no nos conocen lo suficiente: eso es la vida; es el amor. No, qué va, es sólo un poco de buen y anciano ODIO.

Porque en este número nos hemos propuesto odiar, odiar mucho, con acierto y sin él, como odiamos todos los seres humanos. Levantar un monumento en forma de artículos a este sentimiento tan poderoso como denostado. ¿No es el primer motor del mundo? ¿Acaso no te gusta?

Porque de la cuna a la mortaja te la vas a pasar odiando y en algunas ocasiones amarás tener algo a lo que odiar. Se puede traducir una vida, crear un mapa cronológico exacto de cada edad, de cada momento vital a partir de tus odios: algunos puntuales, fugaces; y otros, compañeros de viaje, amigos de ayer, hoy y siempre. Así que a ver: tus padres, el colegio, los profesores, la Universidad, el trabajo, tus compañeros de trabajo, no tener trabajo, tener demasiado, las relaciones de pareja, las relaciones de pareja de los demás, la filosofía estoica, la vejez, la muerte.

Porque todo, absolutamente todo en este planeta (y probablemente en el universo), es susceptible de ser odiado individual o colectivamente, ese el gran potencial del mundo, la última libertad y el deleite secreto o no tan secreto de cualquiera. Y si quitásemos esos momentos, ¿para qué serviría todo esto? Porque no hay mayor placer que darte cuenta de que una persona odia exactamente lo mismo que tú. Por eso, hemos decidido dar el paso y crear este colectivo de odio que durará un mes, octubre, al que hay que odiar casi por imperativo moral.

Saca del armario las prendas que prefieras, tu vestido preferido, y así, dressed to hate, vente a compartir nuestros fetiches íntimos: aquél odia las farmacias con sus cruces de luz verde y su supuesta asepsia, ella a los graduados universitarios, especialmente a los de carreras de letras que hablan de Heidegger mientras suena cumbia. Todos y todas al gobierno, a éste, al otro o a todos, porque de él es la culpa de que llueva (Piove, governo ladro!), de que no llueva y un poco de todo.

Y si nos odias, si no estás de acuerdo con las antipatías con las que hemos decidido montar el armazón de nuestra existencia, entonces… entonces escríbenos airadas cartas al director (al mismo que no tenemos), grítanos por teléfono (el mismo que no tenemos) o dedícate a hacer pintadas en los muros o en las paredes de los baños sobre cuánto nos odias y di por qué; o no lo hagas, ya que —y aquí está una de las ventajas irrefutables del odio— puede ser totalmente irracional y además nadie te va a pedir explicaciones. Ejerce tu libertad, el libre albedrío del que hablan aquellos textos (que también odiamos) deseándole lo peor a quien más te apetezca.

Llevas odiando demasiado tiempo en soledad, gritando a la tele mientras ves el telediario, en comidas familiares. Y si eres lo suficientemente millennial, en Twitter, Facebook, Instagram y en todas las plataformas digitales que van apareciendo. A solas, sí, pero en compañía de los trolls, esos nuevos ejércitos de la noche. Pero ahora te pedimos que odies un rato con quienes escribimos en esta revista, que nos odies si te apetece y que no lo hagas en voz baja ni modestamente (aunque el odio nunca suele serlo) sino subido a una valla, a voz en grito y gesticulando como si chiflases. Y al final (bueno, esto tendría que ser sorpresa), pero al final nos quemamos a lo bonzo. Y QUE SE JODAN.

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