LA GENERACIÓN ERASMUS

LA GENERACIÓN ERASMUS

Mario Carrasco


 

Muy pocos conocen que el próximo año el programa Erasmus cumple ya treinta primaveras. Muchos menos sabrían siquiera decirte quién fue Erasmo de Rotterdam. Aquellos ahora reconocidos pioneros y héroes, hoy en día cuarentones, que allá por el año 87 compraban sus billetes de avión en pesetas y partían con sus maletas de cuero «al extranjero» apenas alcanzaban a hablar diez minutos a la semana con sus madres «porque gastaba», y tampoco hacía falta. A aquellas señoras nacidas en posguerra sólo les preocupaba si sus hijos habían comido. Aquélla era otra época.

Hoy en día y becas aparte, Ryanair, Skype y Google nos han facilitado mucho las cosas. Quizá quede poco del romanticismo de aquellos viajeros de los noventa, pero la funcionalidad de los nuevos tiempos se agradece. Por tanto, si aún no has decidido dar el paso, recapacita: ¿qué clase de «mili» le dejarás a tus hijos? El cambio generacional que hemos vivido exigía una nueva dimensión de ese periplo veinteañero que no se olvida, una evolución drástica en la batallita que contar a nuestros nietos en su versión más edulcorada, por supuesto. Siempre podrás interrumpir a tu padre en las sobremesas de celebraciones y otras fiestas de guardar cuando relate por octava vez aquel día en el que «esos cabrones» le dejaron en calzoncillos en el patio del cuartel. Porque perder las llaves en el permafrost postsoviético también fue supervivencia y madurez… a tu manera. Esta amalgama de experiencias acabarán colgadas de tu cuello cual medalla olímpica, y querrás hablar de ellas hasta el aburrimiento. Pero, ¡cuidado amigo! El «amigo pesado que se fue de Erasmus» se ha ganado su sitio en cualquier grupo de amigos que se precie, concretamente en la esquina del fondo de la mesa. No queremos que acabes siendo tan cansino como tu padre, así que controla.

 

 

Sin embargo, antes de darle el disgusto a tu madre querrás hacerte una idea de a lo que te enfrentas. Seguro que el «de puta madre» de cualquier amigo aventajado se te haya quedado corto, así que aquí te dejo un puñado de consejos que quizá te sean útiles a tu llegada:

 

1. Aprende a lidiar con las expectativas. American Pie hizo mucho daño a nuestros cerebros preadolescentes. Cierto que la idea de mudarte un año a otro país es más atractiva que una tarde en el parque comiendo pipas, pero cuidado con las expectativas. Tener a la mitad de la familia preguntándote si te vas de «Orgasmus» puede llevarte a un bucle de retroalimentación positiva que puede explotarte en la cara el primer día.

 

2. A la caza del piso prometido. Encontrar tu sitio en un país nuevo será como jugar al Grand Prix pero sin Ramón García. Deberás recorrer la ciudad con un trinomio básico en la cabeza: posición, compañeros y presupuesto. Echarás de menos el idioma a la hora de negociar, o simplemente para cagarte en la puta madre del que te ofrece un trastero sin ventana a precio de dúplex. Resígnate. No viniste de Erasmus para quedarte en casa.

 

 

3. Cómo socializar sin morir en el intento. La comunidad Erasmus en los primeros días se subdivide en dos categorías: los que llegaron demasiado pronto y los que llegaron demasiado tarde. Los que tuvieron prisa en llegar se convierten en administradores de WhatsApp, organizadores de eventos y, a decir verdad, bastante populares. La seguridad con la que se mueven en el nuevo escenario social deja a los rezagados con aún más miedo al ridículo, buscando temas banales de los que nunca hablarían para entablar conversación en una comunidad tan grande que a la deriva van, como pollos sin cabeza. Este miedo es infundado, por supuesto, pero casi todos pasamos por
lo mismo.

 

4. Adios botellón, hola cerveza. Siento decepcionarte, pero fuera de España se te hará casi imposible comprar una triste bolsa de hielo. Y sabiendo lo que nos gusta a los españoles una copa «del tiempo», vete despidiendo del equipo «vaso de tubo, espirituosa hasta el segundo hielo y soda hasta el cielo», y abraza la cerveza… o los lingotazos. Adaptarte al nuevo destino incluirá melopeas folclóricas. No obstante, si eres de los que no puede renunciar a los botellones, siempre podrás acabar los viernes en la pescadería en busca de un poco de escarcha para mojitos. Quizá te corones rey y señor de las fiestas de piso, pero de las posibles consecuencias no me haré responsable.

 

5. Erasmusfornication. No importa si en España ligaras menos que Bob Esponja en pleno síndrome de abstinencia; aquí encontrarás medias naranjas como para hacerte un litro de Fanta. Nuestro sistema de valores degenera, y la excusa «Tengo novio/a» a la hora de ligar se traduce como un semáforo en ámbar: «Deberías parar ahora mismo; pero si nadie te ve, avanza con precaución». Las infidelidades ya no son un tema del que hablar, y es que, como oirás hasta la
saciedad, «Si es que en el Erasmus…».

 

 

Pero no vayas sólo por la fiesta y los lunes al sol. Aprovecha la experiencia para convertirte de verdad —y no sólo de boquilla— en un ciudadano europeo, para acercar ideas y unir corazones. Hagamos un proyecto de Unión Europea distinto del para que fue concebido. L’Auberge spagnole ni de lejos se acerca a la experiencia en primera persona. Así que coge las maletas y vuela. Porque se lo debes a tu generación, la generación Erasmus.

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