LA FRANCIA DE LE PEN: COMUNITARISMO CONTRA EL COMUNITARISMO

La Francia de Le Pen: comunitarismo contra el comunitarismo

Mario Durán Domínguez


En 2010 el geógrafo Christophe Guilluy publica un libro llamado Fracturas francesas en el que aborda la dimensión de clase de las migraciones internas en Francia. La hipótesis que planteaba era la existencia de una Francia periurbana que habría visto crecer su población gracias a los contingentes procedentes de los barrios periféricos de las grandes ciudades. Guilluy plantea que la causa de este trasvase demográfico está directamente relacionada con la inmigración internacional.

Los habitantes venidos de las ciudades a las zonas periurbanas se corresponderían con un perfil concreto según Guilluy. Una población con dos características bien precisas: sus ingresos modestos y un origen francés o procedente de las migraciones anteriores a los años setenta, fundamentalmente compuestas por individuos venidos de otros países europeos. Según el autor, estas personas habrían huido de las grandes ciudades a causa del derrumbe económico y sobre todo cultural, este último inducido por la llamada comunitarización.

El término comunitarismo ha tomado gran relevancia en el debate político galo, desde los políticos de extrema derecha hasta las estrellas del rap, pasando por todo tipo de comentaristas que utilizan este concepto en debates y entrevistas. El comunistarismo aludiría a una suerte de libanización[i] de la República; es decir, la República con sus leyes y sus valores comunes a todos los ciudadanos ya no regirían la vida en común en los barrios con fuertes tasas de inmigración. La convivencia republicana habría dejado paso a la coexistencia comunitarista. En esta nueva sociedad posrepublicana comunitarista nos encontraríamos con un Estado cada vez más residual que cede paulatinamente la soberanía a unas comunidades con sus propias reglas y marcos culturales. Estas comunidades no guardarían ningún tipo de lealtad hacia las instituciones de la República, ni compartirían ningún proyecto estratégico con el resto de colectivos. Siempre según Guilluy, las poblaciones «autóctonas» se desplazaron a las áreas periurbanas debido a su incapacidad para adaptarse a este contexto de fragmentación cultural.

Si bien este cuadro antes descrito alude a una cierta tendencia y no a una realidad unívoca, lo cierto es que hay elementos en la cotidianidad que viven millones de franceses que validan estos planteamientos. Sin embargo, la mera llegada de inmigrantes no explica el problema. Francia es un país que ha recibido flujos migratorios significativos desde los años treinta y no es hasta los años ochenta que el problema empieza a tomar el cariz antes descrito.

La mutación del estado providencia y el fin del trabajo como generador de derechos parecen ser dos factores que repercuten mucho más en estas transformaciones que la sola recepción de inmigración. Estos dos factores tienen una incidencia decisiva en la manera que tienen las personas de estar en el mundo. Veamos esto con más detalle.

Pongamos que soy un joven trabajador español que llega a París en los años sesenta. Posiblemente estaría trabajando al día siguiente en una de las numerosas grandes fábricas que rodeaban la capital francesa por aquella época. Posiblemente ese mismo día la CGT u otro sindicato contactaría conmigo. En un solo día tendría cómo ganarme la vida y si quisiera tendría detrás de mí una organización que está luchando con éxito por un marco legal que me protege y que está dispuesta a protegerme y ayudarme con mis problemáticas concretas.

Ahora pongamos que soy un joven trabajador español que llega a París en 2017. Es muy posible que si no tengo ahorros suficientes no pueda establecerme, ya que el trabajo no se encuentra de manera inmediata como hace medio siglo, cuando los trabajadores ni siquiera conocían el mismo concepto de currículum, pues no lo necesitaban para ser contratados. Si encuentro trabajo es muy probable que ninguna estructura sindical esté montada y nadie esté dispuesto a protegerme.

Estas dos situaciones implican dos maneras muy diferentes de estar en el mundo.

En la primera vemos a un individuo que disfruta de anclajes en lo social gracias al trabajo, una fuerza colectiva que le protege y una posición en la sociedad que es respetada. Vivimos en una república que tiene el trabajo en el centro, es del trabajo de donde emanan los derechos y la producción industrial que absorbía la mayor parte de la mano de obra inmigrante era pieza central en la economía. Los trabajadores tienen en su mayoría la consciencia de que sin sus manos el mundo no se mueve. El trabajo da derechos y algo incluso más importante: un lugar en el mundo, una identidad.

En la segunda vemos a un individuo sin posibilidad de acceder a estos anclajes a través del trabajo. El trabajo te da un salario, pero los derechos sociales no te los garantiza nadie. El trabajo en su mayoría no pertenece a la producción industrial, ésta a su vez ha perdido su posición de centralidad en el tejido económico. Ahora es el sector servicios quien ofrece la mayoría de los puestos de trabajo y la socialización en este contexto es radicalmente diferente. El trabajo precario de hoy en día no da un lugar en el mundo, sino que contribuye a la desubicación en el mundo. La formación de la identidad ya no tiene en el trabajo uno de sus componentes más que de manera muy residual.

A esto habría que añadir el «reagrupamiento familiar» del decreto del 29 de abril de 1976 del gobierno de Valery Giscard d’Estaing, que permitió a los inmigrantes traerse a sus familias, y la disminución sensible de matrimonios mixtos. La familia como núcleo primario de socialización pasó a reforzar el componente étnico de las identidades.

La desaparición del trabajo como elemento formador de la identidad implica una mayor preeminencia del factor étnico en la configuración de las identidades. Desaparecido el elemento protector del trabajo, es la comunidad étnica el único resorte al que pueden recurrir los individuos para buscar protección. El único apoyo real que tiene un inmigrante cuando llega a Francia no es su clase social, son sus compatriotas. Ya no es el sindicato quien te asesora legalmente, es la asociación de inmigrantes. El repliegue comunitario afectaría a toda la sociedad y se expresaría espacialmente en la segregación territorial que señalaba Guilluy.

El conflicto entre comunidades no sólo se estructuraría en torno al territorio como antes hemos apuntado, también en torno a los recursos de un Estado cada vez más desertor que concibe las ayudas sociales de manera asistencial y no como derechos emanados del trabajo. Los derechos sociales dejan de ser tales y se convierten en ayudas sociales no ligadas al trabajo, lo que implica una cierta conciencia de no participación en su creación por parte del receptor. Este hecho marca profundamente la percepción de las políticas públicas por parte de la población. Las ayudas sociales se ven de manera creciente como recursos finitos ya que dependen de un presupuesto cada vez más recortado. Al no percibirse como algo generado por el receptor, no se conciben como un derecho que exigir a quien las otorga, sino como un recurso que debe disputarse a otras comunidades. La lógica del conflicto cambia de vertical a horizontal.

La identidad es el nudo gordiano, el tema principal sin el cual no se puede explicar la emergencia del Frente Nacional (FN). La ruptura generacional dentro del voto obrero entre una generación socializada políticamente antes de los años ochenta y otra generación socializada después corresponde al cuadro antes descrito.

Es irónico que un partido que nació cuestionando los pilares básicos de la República sea ahora el que se erija como su defensor. Es irónico, pero no extraño. La idea de una república que podía convertir en francés a quien fuera que habitase en su territorio se anclaba en unas condiciones materiales concretas que lo hacían posible. Desaparecidas éstas, la República entra en una indefinición que hace posible su resignificación en términos incluso opuestos a los que un día tuvo. Esto es así porque la República no es sólo una refinada construcción intelectual que atenta contra las bases del tradicionalismo, que ve la nación desde un punto de vista esencialista. También es, paradójicamente, parte de la identidad francesa, y las identidades existen porque hay un otro que no las comparte. Es por ello que el cambio del discurso del FN no opera en el vacío, sino que toma la geografía de un conflicto preciso.

El FN no es un producto en el mercado electoral que gracias a un sofisticado discurso da respuesta a todas las necesidades, logrando así seducir a sus compradores. El FN es una fuerza social que responde a unos cambios profundos en la sociedad, los cambios en su discurso sólo pueden explicarse parcialmente por la capacidad de agencia de sus líderes. Podríamos decir que el Frente Nacional es una respuesta comunitarista que dice estar contra el comunitarismo.


[i] El término alude a la diversidad de jurisdicciones civiles en función de la adscripción religiosa de cada ciudadano en Líbano.

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