LA ESTRATEGIA DEL YOGUR

La estrategia del yogur

La solución al tiempo de espera externamente impuesto

Pandorita


Relaciones las hay, muchas. Como diría Leonardo Dantés: «Las hay gordas, las hay flacas, las hay altas y las hay bajas». Sin duda el término relaciones engloba nombres mil. Pero, por mucho que creamos que nuestra relación es radicalmente distinta a la del vecino del quinto, todas las relaciones entre dos adultos que consienten (por favor, punto importante) tienen una estructura similar.

«Enamoramiento, amor febril, sólo pienso en él/ella, me acostumbro, quedamos todas las semanas, hablamos todos los días, “No sé qué somos”, por qué lleva una hora sin contestarme si lo ha leído, voy a llamar cinco veces seguidas para que no crea que soy una pesada, me ha dicho que me quiere y luego se ha pasado dos días sin llamarme, tengo que ajustarle la medicación o empezar a medicarme yo, menudo polvo nos hemos echado, ahora una semana sin vernos…».

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En el supermercado puedes elegir yogures con diferentes fechas de caducidad

Es decir, que en todas las relaciones llega un punto en el que la definición de la relación todavía no es estricta y queda uno en un impasse entre el todo y la nada, que fue realmente el origen de todos los males y no una niña abriendo una caja o una mujer comiendo una manzana. Este lapsus lleva al hombre (en tanto que género humano, no por sus cojones colganderos) a replantearse su existencia en general y el vínculo afectivo-amoroso que le une al ente que espera al otro lado del teléfono. Y el que espera, aquí sin duda, desespera.

El «Huy, lleva mucho sin escribirme» pasará a ser un mirar cada dos segundos el teléfono esperando que escriba. Esperando que llame. ¡Por favor! ¡Que haga señales de humo! Es un inventarse mil excusas inverosímiles por las que no te está llamando. Es un renacimiento de la creatividad en la interpretación de sus «me gusta» en Facebook.

Pues bien, chicas, chicos, monos, culebras y guepardos, vengo a contaros el método definitivo para aliviar la espera y saber cuándo llega el momento de poder acosar libremente con llamadas, mensajes, palomas mensajeras, emails, zumbidos de Messenger y piedras si las hubiera.

¿Sabías que las amazonas se cortaban un pecho para poder disparar el arco mientras montaban a caballo? Sacrificaban su femineidad en pro de su poderío. Pues bien, esto no tiene nada que ver.

El método, de origen milenario, consiste en introducir un fermento del rezumado de las glándulas mamarias de la especie de cuadrúpedo —generalmente conocido como bovino— en la cámara frigorífica de aquel lugar donde moramos y esperar a la putrefacción del mismo. Es decir: si queremos saber cuánto tiempo tenemos que esperar para poder sacar a la luz nuestra desesperación, tenemos que comprar un yogur, meterlo en la nevera y esperar hasta que caduque. Entonces y sólo entonces podremos dar por finalizada la espera. Generalmente recibiremos la llamada tan ansiada antes de que esto suceda, pero en la espera podemos hacernos mil preguntas.

Pero recuerda, una vez abierto, las fechas de conservación cambian.
Pero, recuerda: una vez abierto, las fechas de conservación cambian

¿Acaso tengo una heladera hiperpotente que me está alargando el tiempo de espera? ¿Qué químicos le han echado a este yogur que se ha vuelto imperecedero? ¿Si compro un yogur de piña tendré más suerte que con uno natural? ¿El yogur griego también conlleva una vida sexual más activa? ¿Hay una marca en concreto que funcione mejor? ¿Valen marcas blancas? Si el yogur ya tiene moho, ¿se ha acabado la espera o aún está bueno?

Llame o no llame, nos resistiremos a pensar que ya no gustamos. La autocrítica siempre fue difícil, aunque la afirmación retumbe en nuestra cabeza. Si escuchas esa voz retumbar entre tus parietales, no la ignores, ve al médico. Podrías ser esquizofrénico.

Si bien el método del yogur ―yogourt method― está avalado por los mejores especialistas en ocultismo y en lectura del tarot, la incertidumbre por el devenir de los acontecimientos nos convierte en seres susceptibles a los augurios más clásicos. No te sorprendas si un día te descubres mirando al cielo para discernir tu suerte en el vuelo de los pájaros, o en las condensaciones de esmog, si vives en la gran ciudad.

Si no puedes con la espera, la solución pasa por buscarse un nuevo acompañante, un nuevo yogur en la nevera. Así, acumulando productos lácteos, algunos que ya mutaron de color, otros más frescos, incrementaremos las posibilidades de dejar de llorar por el otro y darnos cuenta de que la desgracia en realidad no es tal. Acabaremos por ser conscientes de que nuestra felicidad no depende de la voluntad del otro, si no de nosotros mismos —por mucho que nos pese—. Entonces, llegará el día de vaciar la nevera.

Hasta entonces recuerda: todos los yogures son iguales.

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