LA DEGRADADA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA Y LOS TAXISTAS DE LOGROÑO

La degradada universidad española y los taxistas de Logroño

Cuadernos orientales de ruedo ibérico

Pablo Sánchez León


Me escribe mi colega y amigo José Martínez, emigrado laboral y exiliado en Corea del Sur, quien sigue con interés las noticias que le llegan de aquí, del otro extremo de Eurasia. Me ahorro los párrafos de interés por mi estado de salud y ánimo, y voy directamente a las partes donde trata el asunto:

… ¿Qué tiene que suceder para que las llamadas «nuevas fuerzas del cambio» se ocupen de una maldita vez por el estado de la Universidad en España? Este verano he podido echar un vistazo al informe sobre las universidades del mundo y los datos son demoledores: no hay ninguna universidad española entre las primeras 200 del planeta. Algo así de rotundo no puede achacarse solamente a los recortes en el gasto público de los últimos años; no creo que mantras como la crisis o las políticas neoliberales puedan esgrimirse siquiera en un lugar destacado: es un asunto de mucha más larga cola.

[…] Me preocupa el pésimo estado de la enseñanza superior y la investigación en España, pero asimismo el silencio, que empieza a ser ensordecedor, de las fuerzas del cambio. No puede ser más paradójico: esas fuerzas se nutren precisamente de jóvenes —y no tan jóvenes— docentes e investigadores universitarios. […] Estos nuevos representantes políticos llevan ya varios años hablando de todo, absolutamente de todos los problemas de los ciudadanos, menos de la Universidad, que es de donde la mayoría de ellos procede. ¿Por qué? ¿Cómo se explica algo así? ¿Qué dicen al respecto los medios en España? La respuesta a esta última cuestión es lo único claro hasta ahora: nada, los medios no dicen nada… sencillamente porque ellos forman parte del pacto de silencio sobre la situación de la Universidad.

[…] He leído sus programas electorales y, en fin, ahí lo que hay es el típico aluvión de propuestas para mejorar esto o aquello, pero sin un diagnóstico de partida en absoluto comparable al que se hace sobre el resto de la administración o las finanzas. […] Pero, ¿dónde están los argumentos acerca de la casta, o de la trama, en relación con la Universidad? ¿Dónde el señalamiento de quienes parasitan esas instituciones y bienes públicos y comunes? ¿Acaso no es la Universidad una metáfora o un ejemplo a escala de todo lo que vienen denunciando? […] Y no hablamos de un sector marginal precisamente. No lo es para ningún programa de partido que se tome en serio la recuperación de la posición de España en la economía mundial, que aspire a dar el salto hacia la producción de alto valor añadido, o simplemente que valore la formación crítica de los ciudadanos. ¿No son esos objetivos de las nuevas fuerzas políticas del cambio?

Se me dirá que sí han dicho algunas cosas, aunque pueden haber sido hasta la fecha parcos; mi colega Aulo Casamenor me recuerda que cuando surgieron las fuerzas del cambio el de la Universidad era de esos temas que, considerándose importantes, se decía: «Ahora no es el momento de abrir ese melón». Pero yo creo que con esa parquedad no han dejado de ser elocuentes. Ya en 2014 hubo en la televisión pública una muy agresiva entrevista a Pablo Iglesias.[…] El entrevistador estuvo desde luego desconsiderado y ofensivo, pero el líder de Podemos dio una respuesta que pone los pelos de punta a quien conozca un poco el estado de la Universidad y la trayectoria del propio líder: «A la Universidad se va a estudiar». ¿Es así?, ¿a la Universidad sólo se va a estudiar? ¿No sirve para adquirir conciencia crítica e iniciarse en la conciencia civil crítica y activa? ¿No hay problemas en la universidad española que justifican la implicación política de estudiantes o profesores? […] Sólo en este año 2017 ha salido a la luz, por ejemplo, que un rector ha urdido toda su carrera académica a base de plagios, y ni ha dimitido, ni menos se ha abierto una investigación que esclarezca cómo ha llegado a ser catedrático con ese historial, quiénes le han aupado, cómo ha podido sortear las varias evaluaciones que le han acreditado como tal; y ha salido también, por ejemplo, a la luz el caso de una investigadora en temas de cáncer que ha desarrollado durante años una cadena de experimentos falsos sin que en su entorno las sospechas de fraude motivasen ninguna intervención institucional. ¿Qué está pasando?

[…] ¿Alguien puede imaginarse un taxista de Logroño que llegue a representante en alguna institución y diga de su gremio de origen que no necesita buscar soluciones a los problemas porque no los hay? ¿Qué crédito hemos de conceder al político que se presenta afirmando que en su sector profesional de origen no hay política, no hay conflicto, sólo administración? […] ¿Cómo hemos de tomarnos el que un representante argumente que lo que hay que hacer en determinado sector conflictivo es sólo seguir las normas? ¿Qué nos dice de su actitud para con la institución en la que se inició como trabajador?

Hasta los taxistas de Logroño tienen una percepción, y normalmente crítica, de la situación de su sector; máxime en estos tiempos en los que se enfrentan a la competencia de nuevas formas de gestión del servicio que ofrecen. Negar o eludir abordar el conflicto interno, los abusos de poder, la patrimonialización oligárquica —formas todas de corrupción y tiranía— que campan por las instituciones de enseñanza superior e investigación en España, es algo que resulta muy expresivo, pero no de la nueva sino la más vieja de las políticas: la del político «profesional» que se presenta sin anclajes con ningún sector, como un sujeto desinteresado… lo cual le permite precisamente definir sus intereses desde el poder que adquiere. […] ¿No se supone que los representantes de las «nuevas fuerzas del cambio» iban a romper con esa falsa indiferencia e iban a vincularse con las demandas de la gente?

[…] El diagnóstico más elemental es que la degradación de la Universidad y el CSIC es un problema de cultura: un conjunto de prácticas colectivas compartidas muy correosas y naturalizadas que reproducen la selección adversa (la elección de los menos capaces y sobre todo los menos adecuados). Esto es el efecto y a su vez la causa de que no podamos hablar de una Universidad democratizada después de cuarenta años de democracia. Anclada en la herencia franquista, el peso de esa cultura impide a la universidad española, en cada una de sus partes y en su conjunto, establecer con la sociedad unos fines que todos sus miembros cooperen a mantener en el tiempo por encima de intereses patrimoniales más o menos espurios. La universidad española está en proceso de degradación porque sus miembros no se comportan en ella como ciudadanos. Y la expresión de ello es su silencio compartido.

[…] A esa cultura de silencio que se extiende afuera de la Universidad es a la que estos líderes y representantes vienen haciendo el juego. […] Algo bueno ha tenido esa actitud, no obstante, y es que por el camino han aparecido informes y datos que impiden argumentar que todo el problema de la universidad pública española es la falta de adecuada financiación. […] Con sólo ese input no reescalará en el ranking mundial.

[…] No atreverse a denunciar —o no valorar o no desear abordar— el estado degradado de la universidad española tiene efectos que ya se notan. Y no sólo en su posición en el ranking mundial; también en la manera en que la Universidad se presenta públicamente ante asuntos de importancia para los ciudadanos.

Un ejemplo es el reciente manifiesto difundido por profesores universitarios e investigadores ante la crisis institucional creada con la iniciativa de la Generalitat de Cataluña de promover un referéndum de independencia. ¿Qué aporta este manifiesto a la mejor comprensión del problema generado con la decisión de convocar el referéndum? Porque, no debería hacer falta recordar, no lo han firmado individuos particulares sino profesores universitarios e investigadores del sector público, a los que legítimamente se debe reclamar una aportación que refleje aquello que justifica su actividad profesional en el sector público y por lo que la sociedad los mantiene con sus impuestos.

Pues bien, por no aportar, el manifiesto ni siquiera recomienda el diálogo que la mayoría de la opinión pública viene reclamando a los agentes implicados en esta crisis. Tampoco acoge la percepción dominante entre los formadores de opinión, quienes han subrayado una y otra vez que la clave del asunto está en la política y la negociación: al contrario, he aquí a un conjunto amplio de expertos universitarios negando la mayor y diciendo que este asunto sólo incumbe al derecho, y al derecho penal en última instancia. […] No hay una mínima contextualización histórica del problema, un mínimo recorrido sintético por el conflicto que ha desembocado en esta crisis; menos aún hay un abordaje diferente, distanciado, alternativo, que es lo que se esperaría de personas que dedican su tiempo y esfuerzo a pensar acerca de los problemas de convivencia en la sociedad global, a cambio de lo cual reciben su salario y en general se ven libres de las zozobras del mercado de trabajo.

Podrán decir estos profesores que ellos han redactado y firmado el manifiesto como ciudadanos; pero, entonces, ¿por qué lo presentan en público como un manifiesto de profesores universitarios? Lo lógico en ese caso es que hubieran promovido otro tipo de manifiesto más inclusivo socialmente, o haberse adherido a otros elaborados por agrupaciones sindicales o políticas, o simplemente haber suscrito las palabras y decisiones del gobierno de Madrid, que van en su misma línea.

[…] Me pregunto si habría alguna diferencia entre este manifiesto y el que podrían haber redactado los taxistas de Logroño, igual de legítimamente concernidos como ciudadanos con el tema del referéndum catalán. Es más, creo que de estos seguramente se podría esperar una actitud más sensible hacia el conflicto, y hacia el valor de la negociación política para resolverlo, porque ellos reconocen abiertamente encontrarse en una encrucijada como profesión. […] En cambio, y he aquí el problema, al firmar un documento tan insensible hacia la encrucijada en que se halla el encaje territorial de las naciones en el Estado, estos profesores universitarios e investigadores muestran no reconocer ningún conflicto interno digno de consideración en su propio entorno laboral. Ese mismo entorno que, a la luz de las encuestas internacionales, está en plena degradación.

[…] Pero no están solos en esa falta de sensibilidad hacia los conflictos en su comunidad laboral. La paradoja de las paradojas es que estos profesores firmantes, a pesar de situarse en las antípodas de las nuevas fuerzas del cambio en relación con el problema de Cataluña, se identifican con la postura que mantienen éstas acerca de la Universidad. Una postura que se resume así: la universidad española no tiene problemas dignos de abordaje o, si los tiene, produce profesores e investigadores tan insensibles a ellos que es como si no los tuviera, al punto que, cuando estos profesionales saltan a la arena pública o a la política, no refieren a los problemas que viven en su medio laboral ni traen consigo un diagnóstico sobre ellos. Lo que hacen es callar y hacer como si su entorno no necesitase de la política y la negociación, reproduciendo así una cultura no democrática que impide a la universidad española desarrollar su función social con mínimas garantías.

[…] Hay una subcultura universitaria cuyos miembros vienen camuflando su muy limitada y conservadora mira política a través de su estatus profesional como profesores e investigadores, y hay otra subcultura universitaria no menos marcada cuyos miembros vienen camuflando su muy limitada mira profesional en un ideario supuestamente progresista y solidario. No son la misma cosa, pero estas dos subculturas universitarias se retroalimentan entre sí: juntas conforman el statu quo universitario español. Ambas comparten que no conciben el bien público que deben gestionar como tal bien público, sino como un espacio comunitario sin conflicto, y patrimonial, propio, y no de los ciudadanos […]. Sin atajar una no se avanzará en suavizar el perfil de la otra, y viceversa.

[…] Vivo desde aquí no con pena sino como un drama para todos que las llamadas nuevas fuerzas del cambio vengan optando por avalar, amparar y hasta reproducir las trazas de esta cultura corporativa cuyos miembros parasitan la investigación y la docencia públicas. España no saldrá de la crisis con un sector de la I+D en condiciones de dar el apoyo a la economía española en la globalización, y sobre todo los ciudadanos seguiremos sin poder hacer rendir cuentas a nuestros profesores e investigadores.

Al mismo tiempo, las fuerzas del cambio expresarán que, lejos de ser lo que dicen ser, se quedan en una vuelta de tuerca más en la reproducción de las élites por vía del capital social (que no el humano). Unas élites que, en el mejor de los casos, sólo aspiran al rendimiento de cuentas en los demás sectores de la economía, la sociedad y las instituciones públicas, pero no en el que les ha producido a ellos como profesionales y les ha catapultado a la condición de representantes de las demandas ciudadanas de cambio y empoderamiento […].

 

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