LA CORDILLERA DESDE MONTMARTRE

La cordillera desde Montmartre

Marina Solís de Ovando Donoso


«No es que te ame, patria:
soy algo tuyo que anda afuera…»

L. Rojas

En septiembre de 1988, los siete integrantes del grupo de música Illapu pusieron los pies en suelo chileno por primera vez desde hacía siete años. Impuesto el título de «activistas marxistas que participan en la campaña de desprestigio de Chile en el exterior», en 1981 se les había prohibido cruzar la frontera que marcaba el aeropuerto de Pudahuel (el mismo al que llegaban en ese momento nada más acabar una de sus giras). Entre Francia y México vivirían los siguientes años, lejos de la Cordillera y el Pacífico… hasta ese septiembre tardío en el que protagonizarían un regreso histórico marcado por dos aspectos fundamentales. El primero sería su ferviente y activa participación en la campaña del NO en el plebiscito de 1988, aquel que clamaría por la marcha de Augusto Pinochet y el fin del régimen militar bajo el que se veía gobernado Chile desde 1973. Este activismo por parte de la banda dejaba claro lo poco interesados que estaban en «pasar desapercibidos» después del terror del exilio al que se habían tenido que doblegar tiempo atrás. El segundo elemento fue la aparición de un nuevo disco, el primero grabado en su tierra después de casi una década, y con él, el single Vuelvo para vivir. Esta canción, que comenzaba con las palabras «Vuelvo a casa, vuelvo compañera», acabó convirtiéndose en un himno para las víctimas del exilio en Chile, aparte de hacer que la carrera del grupo pasase a girar en torno a ese tema hasta el día de hoy.

No todos los emigrantes forzosos de la dictadura chilena corrieron la misma suerte, ni tampoco el mismo camino que Illapu. Muchos marcharon antes y con amenazas peores sobre sus nombres… y muchos de ellos nunca regresaron. Ya no sólo por el terror de lo que pudiera suceder si volvían, sino porque, en muchos casos, la vuelta llegó a perder su significado, desvaneciéndose como una ráfaga débil en medio de la tormenta. Pues esas personas tuvieron que esconder el cuaderno donde hasta entonces habían estado escribiendo su vida, con todas las líneas que para esa receta se necesitan: ahí estaban sus actividades políticas y sus residencias habituales, su barrio y sus lugares de trabajo, pero también las personas que habían ido apareciendo por el camino, su formación como estudiantes o profesionales (no te llevas un currículum al exilio), sus experiencias y reconocimiento de terreno, sus anécdotas o batallitas de la infancia… a veces, incluso sus nombres. Todo ese material hubo que ocultarlo hasta estar seguros de que nadie podría encontrarlo jamás; y tan bien escondido estaba, tanto se convencieron de que no debían ir a buscarlo ni echar la vista atrás, que llegó un instante en que fue fácil olvidarse de dónde lo habían puesto. Pues, aunque al principio siempre existía la certeza de que en algún momento regresarías, de que pronto todo se arreglaría «allá en casa», la espera se hacía cada vez más dura, y el tiempo corría en ese otro lugar al que habías emigrado. Aderezada con la rabia de saber que otros habían intentado que no estuvieses vivo, llegaba la inevitable ansiedad que todos los humanos tenemos precisamente por vivir, vivir sin pensar en nada, vivir a toda costa. Y así, poco a poco, aparecieron nuevos barrios, trabajos, amistades, nuevos instantes que recordar e incluso nuevos futuros dibujados en el horizonte, sobre nuevos contextos y nuevos paisajes. El deseo de volver se empezó a difuminar, confundiéndose con el anhelo fugaz de que Madrid tuviera mar o que desde Montmartre pudiera verse la cordillera de los Andes, con la felicidad de encontrar un bar chileno en una esquina de Las Ramblas donde hacían buen Pisco Sour… o de que alguien de los de allí viniera a verte.

«Pero, ¿y entonces, —se preguntarían algunos— qué es esta punzada de dolor que me atenaza a veces, por la noche cuando hay silencio, al mirar por la ventana y pensar… qué estará pasando por allí?». Y ese pinchazo era la nostalgia, y al tiempo, la extraña sensación de saber que, como exiliado, de Chile, de Argentina, de España, de Alemania, de tantos otros sitios, no te has movido simplemente de un lugar hasta otro: te has dividido y ahora tienes que vivir con un trozo de ti lejos de donde paran tus pies. Como si esa tristeza nunca pudiera superarse, como si tampoco quisieras hacerlo porque ya es tuya, igual que ese pedazo del mundo que dejaste atrás, como si ese hubiera sido el trato. A eso parecían referirse las palabras de Alberti durante su propio exilio italiano, cuando le rogaba a su nueva ciudad: «Dejé por ti todo lo que era mío. / Dame tú, Roma, a cambio de mis penas, / tanto como dejé para tenerte».

La canción estrella de Illapu sonó por la megafonía de un pequeño supermercado de barrio en Santiago de Chile en septiembre de este año, cerca del día de la fiesta nacional (que allí es una fiesta muy importante, celebrada por todos y de forma muy estridente). Al oírla, un hombre con el pelo algo rizado y cano, gafas y mullido abrigo se detiene en mitad del pasillo. A su lado camina una chica bajita y con el pelo largo que se queda mirándolo para ver qué ha sucedido. El hombre fija la mirada en el suelo, y susurra el estribillo sin cantar: «vuelvo… a vivir en mi país…». Me mira. «Es esta canción, que me agarra un poco… no sé por qué, la verdad…». Sigue su camino, en silencio. Y yo sigo mirando a mi padre, que está en Chile conmigo de vacaciones; ese hombre chileno que se fue de allí en el setenta y cuatro, y que, al igual que mi madre, me crió en Madrid y dice siempre, orgulloso, que él es madrileño y más que ninguno que haya nacido aquí, «que tú no has elegido nada, yo lo soy por elección», pero que nunca perdió el acento y que dice que se desorienta mucho porque «¿dónde está la Cordillera?». Y, cuando lo miro, veo en sus ojos la ternura de todos los que se han acostumbrado a la nostalgia, a pensar en el país como un pequeño amasijo de ideas, palabras e imágenes que puedan llevarse tan dentro del corazón que ni ellos sepan que lo tienen hasta que el pinchazo aparezca. Porque eso fue lo único que nadie pudo quitarles. Porque esa fue, por encima de las estrellas y los aviones, su auténtica victoria.

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