LA CONTRADICCIÓN SOCIALDEMÓCRATA

La contradicción socialdemócrata

Francisco Fernández


Este artículo estará compuesto de dos partes en las que se intentará acceder a algunos de los elementos que constituyen el proceso de envejecimiento y entrada en crisis de la socialdemocracia para algunos países europeos, aunque aquí se trate especialmente el caso español. Lejos de intentar plantear nada que suponga un asentamiento serio en la literatura o un análisis profundo, éstas son algunas anotaciones de interés sujetas, en este caso, a las contradicciones en las que se ha visto o ha sido envuelta la socialdemocracia, especialmente desde comienzos de la crisis.

Sin tener interés en retomar el manido y endeble argumento, envuelto habitualmente de lo nostálgico, de la socialdemocracia en sus orígenes como la fidedigna y coherente respuesta de la izquierda a las realidades del momento, tenemos que pararnos a recordar que los orígenes de la socialdemocracia, o al menos de aquellos que se llamaban socialdemócratas, lejos están de los planteamientos contemporáneos que cabalgan entre una suerte de neokeynesianismo y el Estado liberal con tintes sociales en el que se mueven hoy las ideas de la socialdemocracia.

La socialdemocracia europea, de ser una de las tendencias políticas preeminentes y gobernante de buena parte de los países de la Unión ha pasado a ser un proyecto en crisis. Sería inexacto, desafortunado y aventurado plantear que la socialdemocracia europea es un proyecto moribundo, que los estándares en los que se mueven sus ideas son caducos o que su proyecto en los últimos años ha estado basado en mentiras. Sin embargo, con respecto a esto último, es fácil acceder a la idea de que algo de esto hay, que existe cierto clima o halo de engaños, de medias verdades y de muchas contradicciones en la política de la socialdemocracia, al menos en los últimos años en Europa.

 

Ilustración de Nacho Fernández-Trujillo – @nachoooft

Buena parte de los países de la Unión Europea han estado dirigidos durante parte de la crisis por gobiernos abanderados de la socialdemocracia, lo que les ha supuesto a muchos de ellos un desastre político y consecuentes derrotas electorales en siguientes elecciones. Algunos de estos gobiernos en los países más afectados por la crisis, especialmente por el paro y la deuda, como España y Grecia, se han visto «obligados» a llevar a cabo recortes y políticas económicas y sociales desfavorables para la mayor parte de la población y contrarias a los estándares de las lógicas de la socialdemocracia, como recortes de los presupuestos sociales o una manifiesta incapacidad de cubrir el bienestar de los desempleados. Y es que, uno de los grandes acuerdos de la población de los países del sur era la proclamación de un capitalismo honesto, justo y congruente. En algún momento esto ha sido equiparado con la socialdemocracia, la idea de «el fin del capitalismo de amiguetes», en el que los estándares ideológicos y las formas y lógicas de funcionamiento del capitalismo no se vieran alteradas pero que, al menos, contaran con un carácter de seriedad institucional y una dimensión sensible con lo social, cuestión en la que difícilmente éstos han podido ser solventes.

Sin embargo, el interés en esta ocasión es plantearnos que durante un tiempo la socialdemocracia se convirtió en una postura fácilmente reivindicable por todos, lo que nos lleva a pensar que no significaba nada concreto más allá de cierta evocación de inversión y asistencia estatal, ayudas sociales, estimulación del empleo, enaltecimiento de lo público, etc., pero sin ser concreto en lo que significan estos lugares comunes de la política. ¿Qué partido puede plantear que está en contra del acceso universal a la educación o a la sanidad sin miedo a perder votos?

Tres de los cuatro partidos que obtuvieron mayor número de escaños en España en el tiempo reciente se habían presentado (al menos sus líderes) como socialdemócratas. Esto ha solido presentarse como una estrategia electoral con el fin de acercarse al dato inexacto y poco útil en términos electorales que dice que la mayoría de los españoles se sitúan en el centroizquierda moderado (signifique eso lo que signifique), es decir, en torno a 4 o 4,5 en la escala de izquierda (1) – derecha (10). Sin entrar a considerar lo que frecuentemente es de poca utilidad cuando establecemos medias de las consideraciones sobre valores inespecíficos de los votantes en términos absolutos y sin ser contrapuestos con otras mediciones, las situaciones y abstractos a las que esto ha dado lugar pueden ser cuanto menos curiosas. Una de las más llamativas puede ser que el partido que ha pactado con la derecha política española y ha sido paladín del liberalismo, Ciudadanos, se haya visto obligado a renegar estatuariamente de su proclamación socialdemócrata. Otra, que Pablo Iglesias, quien encabeza y encabezaba la lista de Podemos —partido considerado públicamente a la izquierda de la izquierda moderada—, fuera capaz de reclamarse a la vez heredero del marxismo de Kautsky, Lenin, Luxemburgo y Bernstein (este último considerado uno de los fundadores de la socialdemocracia y «moderación» del marxismo)  estableciendo una equivalencia simétrica entre éstos y sin mostrar miedo a la posible perplejidad de los que leen este planteamiento. Poco hay que añadir a la pasmosa situación del PSOE, donde Sánchez y Díaz pretenden ubicarse como fidedignos representantes de la izquierda como si acabaran de aparecer de la nada y si no tuvieran ningún recorrido público.

Ilustración de Nacho Fernández-Trujillo – @nachoooft

A todo esto, deberíamos añadir la construcción de una mitología en torno al bienestar de los países escandinavos como paradigma de la socialdemocracia. Más allá de las críticas que han proliferado en los últimos tiempos a la situación real de estos países, como el libro de Michael Booth, los artículos en prensa sobre el racismo o las condiciones de precariedad para los migrantes o los reportajes televisivos como los de Jordi Évole, los cuales plantean una visión no tan idílica, lo que nos ocupa ahora es cómo en los países del sur se ha armado un discurso sobre las sociedades y sistemas escandinavos que se contradicen frecuentemente al plantearlos como referencia. Basándose en datos macro sobre contexto social, tasas a nivel nacional o graduación de la «felicidad» y el bienestar difícilmente medibles, los distintos candidatos utilizan explicaciones someras de los porqués de dicho triunfo de la socialdemocracia, donde ésta no termina de estar claro en qué consiste y dónde se ofrecen visiones poco realistas o muy parciales de las realidades de estos países. Donde algunos sitúan la vaga idea de una vigente libertad empresarial como motor de bienestar, otros lo hacen con la repartición de la riqueza a través de lo impositivo.

Estas cuestiones nos indican que en este contexto la socialdemocracia ha perdido el significado que pudiera haber podido tener en algún momento. Tal vez, más que todo el mundo miente cuando habla de socialdemocracia, deberíamos plantearnos que nadie lo hace. Cuando algo significa tantas cosas a la vez y tan enfrentadas entre sí, esto de lo que hablamos acaba no significando nada.

Ilustración Nacho Fernández-Trujillo – @nachoooft

 

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