LA CIUDAD DESDE LAS VENTANILLAS

La ciudad desde las ventanillas

Marco Enia


Quien se pregunte si en la sociedad actual hay todavía espacio para el rito ―con su mezcla inextricable de consuelo y tedio― tan sólo tendrá que acercarse al aeropuerto más próximo. Allí, en la letanía de gestos que acompañan el embarque y luego el vuelo, quedan los vestigios más puramente contemporáneos de lo ritual.

La estructura en partes del viaje en avión tiene una precisión y un detalle ajeno a cualquier otro medio de transporte. Hay, primero, la liturgia de los controles. Una larga procesión de gente se acerca, con paso lento y algo temeroso, al detector de metal, esperando que se le conceda la gracia de pasar al primer intento. Pero antes hay que cumplir con un ceremonial preparatorio: quitarse los zapatos, el cinturón, el abrigo; abrir la maleta y sacar el ordenador y la bolsa de líquidos; enseñar al oficiante el billete como seña de identidad. Y siempre hay quien se equivoca, porque no sabe, y se queda fulminado por una muchedumbre de miradas: las mismas que, según mis recuerdos de infancia, las señoras mayores dedicaban en misa a quien se quedara sentado en el momento de la comunión. Hay luego la análoga liturgia del embarque, otra procesión a la espera de que se produzcan gracias muy terrenales y humanas: que la maleta tenga el tamaño adecuado, que pueda subirse al avión, que en el compartimento haya espacio para guardarla. Y, finalmente, la liturgia más triste de todas, la de las demostraciones de seguridad, llevada a cabo en toda soledad por un asistente de vuelo en medio de la indiferencia general. En ese momento, la suya es una soledad arquetípica, comparable a la de toda mujer u hombre en la historia puesto frente a una multitud hostil: es la soledad de la actriz ante un público frío, la del extranjero frente a hombres que no entienden sus palabras, la del delantero que falla el penalti frente a la grada adversaria. Pero lo que hace de todo esto un rito, más que una sucesión bien ordenada de acciones, es su carácter implícitamente apotropaico y propiciador. Precisamente porque se repiten siempre iguales a sí mismas, tales liturgias superponen un orden racional y comprensible a un acontecimiento que la mayoría sigue percibiendo como un inexplicable acto de magia. Somos muchos los pasajeros que no creemos que un avión pueda volar de verdad, y somos los que más necesitamos todo este teatro.

Así que, con todos estos esfuerzos para tranquilizarme, al cabo de un rato, me entra inevitablemente el tedio que antes mencionaba. Toca pues inventar estrategias para sobrevivirlo, ya que no siempre uno tiene entre las manos un libro merecedor de horas de atención. Una táctica que en este sentido funciona bastante bien es el juego de los parecidos: fijarse en cosas que recuerden a otras. Muy útil cuando el avión cruza un cielo de nubes, que siempre se parecen a otras cosas, resulta sin embargo menos efectiva en aquellos días en que la tierra es una vacía extensión de luz y aire, tendida entre la claridad blanquecina de la troposfera alta y las manchas celestes del mar. Este juego resulta más satisfactorio de noche, cuando detrás de las ventanillas aparece una ciudad; por ejemplo, ahora, mientras escribo, se está empezando a ver la ciudad donde vivo. Desde esta altura, con esta oscuridad, parece una entidad vagamente monstruosa, una bestia en reposo de piel transparente y entrañas a la vista ―las manzanas como músculos, las calles como venas y arterias, y toda la gente como minúsculos glóbulos rojos empeñados en recorrer con paciencia, día tras día, el mismo trayecto―. Otras posibles analogías morfológicas: un conjunto de estrellas; una procesión religiosa nocturna, con velas; un incendio; una hoja de roble; un avestruz.

Este mismo ejercicio de sublimación del tiempo me resulta algo más difícil en el trayecto del aeropuerto a casa en el metro: sus ventanas no suelen ser tan generosas como las del avión, y generalmente lo que muestran es un homogéneo fondo negro. No es que no puedan ocurrir cosas interesantes detrás de estas ventanas, todo lo contrario. Una vez vi aparecer nítidamente el perfil de un dragón, con el fuego, las alas, las escamas, y todo lo que la iconografía prevé. Descubrí a continuación, con un asomo de decepción, que era la publicidad de una célebre serie televisiva, colocada para la ocasión en el túnel. Otra vez creí vislumbrar unos fantasmas vagando confusos por un andén inexistente. Resulta que se trataba de una estación de trenes abandonada desde hace décadas y transformada con el tiempo en un atracción turística. ¡Ay, la vida! Tan prosaica, tan poco a la altura de nuestras expectativas más imaginativas, más ilusionantes. Pero más allá de estas ocurrencias ocasionales hay, en el metro, algo que parece hecho adrede para aliviarme el viaje. Hay en esta ciudad unas paradas que se llaman como otros lugares, a saber: Bilbao, República Argentina, Cartagena, Colombia, Ibiza, Oporto, Sevilla, Tetuán. Así que, al cruzarme con una de estas paradas, me gusta imaginarme un mundo donde haya una real correspondencia entre las palabras y las cosas; en tal mundo uno bajaría, pongamos, en Oporto, subiría a la superficie y se encontraría paseando por la Ribeira, o en el puente Dom Luis, o frente a la Torre dos Clérigos. En tal mundo, si alguien quisiera pasar un rato en la costa mediterránea podría bajarse en Tetuán y subir a un paisaje de callejones, casas blancas y el mar como un zafiro. O podría tomar el camino largo: bajar en República Argentina (más concretamente en Buenos Aires), allí salir y tomar el subte local hasta la estación de Palermo. Se encontraría así en una ciudad doblada bajo el peso de sus años, que esconde sus rincones más felices como si fueran nostalgias. Si este alguien fuera yo, me iría al Orto Botanico a oler los jazmines y abrazar la Magnolia gigante; tomaría un café con D., con A. y M., con V. y, por qué no con G.; me pasaría por casa de mis padres para un saludo. Cuesta acostumbrarse a la idea de que las cosas son las que son, y las palabras también, y toda coincidencia es puramente casual.

Los viajes en avión tienen esto, que ofrecen una experiencia de la ciudad completa y comprimida en poco tiempo: te permiten mirarla desde arriba y desde abajo, recorrerla con la rapidez de un bus o con tu propia lentitud, arrastrando las maletas. Y todo esto, sólo para descubrir una obviedad, o sea que toda ciudad vista desde el cielo o desde las profundidades del subsuelo es la misma cosa: un caleidoscopio de imágenes ilusorias, de apariciones borrosas, una fata morgana.

 

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