LA «CITA A CIEGAS» EN LA INVESTIGACIÓN ESPAÑOLA

CUADERNOS ORIENTALES DE RUEDO IBÉRICO

La «cita a ciegas» en la investigación española (o del debate académico en tiempo de Sexenios)

Pablo Sánchez León


José Martínez a mí:

Me preguntabas en tu último mensaje si a mí también me están escribiendo colegas desde España solicitándome referencias a sus obras incluidas en mis publicaciones, para enumerarlas en esos epígrafes de “indicadores de calidad” que han de rellenar cuando solicitan los famosos Sexenios de investigación de la Agencia nacional de evaluación. Y sí, claro, la respuesta es afirmativa, y al igual que tú me ha hecho reflexionar bastante sobre toda esa economía política de la cita entre académicos, especialmente en nuestras áreas de humanidades y ciencias sociales, aunque creo que vale para todas por igual […]. Yo también creo como tú que el asunto está completamente desvirtuado; en cambio mi reflexión está siendo menos directamente política que la tuya: es cierto que el grado de aquiescencia de los académicos españoles con unos modelos impuestos de evaluación arbitrarios, injustos e ineficientes demuestra su incapacidad para protestar colectivamente como haría cualquier otro ciudadano en su esfera laboral; y es cierto que esto es realmente llamativo tratándose de profesionales muchos de los cuales se dedican no ya a estudiar sino también a alentar las protestas ciudadanas de todo tipo. Pero yo voy por otro lado. A mí lo que me parece destacable es que esa forma de funcionar, que se reduce a interesarse por las citas que recibe la obra propia, es la punta del iceberg de un fenómeno más general y característico del mundo académico español desde que existe la democracia: la manera en que los investigadores e intelectuales españoles suelen debatir públicamente sus ideas. Independientemente de cuáles sean estas, en calidad o en sesgo ideológico.

[…] Estoy terminando un pequeño ensayo sobre el asunto del que te envío una parte del borrador. Me lo han pedido para una publicación inglesa y lo que querían era que mezclase memoria personal y análisis de la situación.

 

[…] Cuando comencé mi formación como investigador, a mis colegas doctorandos les sorprendía como a mí la cantidad de tesis doctorales que se leían, y los trabajos de investigación que se publicaban, en los que abundaba un tipo de nota al pie cargada de bibliografía […]; pero eran referencias de las que después el autor no hacía uso real alguno en su texto. «Hay que cubrirse las espaldas, sobre todo con los tribunales», nos decían. Consecuencia: había que citar obras, a menudo irrelevantes, otras veces obsoletas, pero obligadas en cualquier caso. Yo mismo practiqué esa táctica, de la que sólo me he ido deseducando con los años y al tomar conciencia de sus implicaciones […]. Llamábamos a esas referencias «citas inorgánicas», porque no tienen relación alguna directa con lo que se está tratando, pero que se volvían obligadas para evitar ser pillado en evidencia (Nota: El peso de esta tradición es tal que sigue siendo habitual en España escuchar a colegas despreciar la obra de otro simplemente con esta frase sentenciadora: «No cita a Menganito». Menganito suele ser, o bien un conocido o bien una vieja autoridad). Con el tiempo he ido entendiendo que se trata de una práctica de muy largo abolengo y que no sólo se reproduce por el temor a experimentar cómo un miembro de tribunal o un colega crítico aprovecha ese vacío para desacreditar una obra, sino que se mantiene como parte de una determinada estructura performativa que conscientemente suplanta el conocimiento por la referencia citada y que a su vez reduce el valor de las obras ajenas a aquello que sirva para apuntalar las propias […]. Algo tan sencillo como reivindicar: «No cito a este autor, por reputado que sea en relación con este tema, porque no tengo con él ninguna discrepancia suficientemente relevante como para dedicarle atención en mi trabajo», es algo que no ha terminado de impregnar la cultura académica española.

 […] El asunto por tanto no está en dejar de hacer referencia a autoridades por obligación, sino en abrazar una cultura del aprendizaje en la cual la clave está en el conocimiento que proporciona el diálogo crítico con las ideas que no se comparten. 

Cuando trabajé en Estados Unidos aprendí mucho sobre una manera de organizar el intercambio de ideas que después tuve que medio olvidar al regresar a España. En el centro donde trabajé se organizaba un calendario de seminarios anual, normalmente temático, con el objeto expreso de discutir con autores que planteasen un enfoque crítico y más bien polémico, incluso abiertamente contrario, a la línea seguida por el grupo anfitrión. De hecho, lo raro era encontrarse en el calendario invitados a dar un paper que pertenecieran al mismo enfoque que el de mis directores de investigación; los había, pero muy esporádicamente, casi como para ofrecer un contrapunto en medio de una serie de seminarios marcada por el afán de debatir ideas que no eran las propias […]. Creo que aquello fue determinante para mi formación, porque al invitar a un académico de línea contraria o alternativa se volvía obligado trabajar en serio su obra, encontrar puntos débiles en sus argumentaciones y enfoques o métodos para rebatirlos […]. Se llegaba así a una extraña situación: por un lado, las razones de la discrepancia se hacían más sólidas al estar razonadas, y a la vez se producía un reconocimiento del contrario como sujeto, frenando la deriva hacia la hostilidad personal que amenaza siempre el intercambio intelectual. 

Prácticamente nada de esto se podrá encontrar en general en los seminarios que montan las instituciones, departamentos o grupos de investigación en España. Estos en general funcionan como espacios de recreación de ortodoxias cuando no de autobombo colectivo, en los que se denuestan las líneas contrarias (que obviamente no cuentan con valedores presentes) y todo lo más se alaba al invitado en la medida en que ratifica y expande las certidumbres que ya se poseían […]. Aunque en España también he visto alternativas especialmente retorcidas, más impropias aún del mundo académico, consistentes en «invitar» a un autor que acaba de terminar un texto a «debatirlo» en un espacio con prestigio para en la práctica movilizar a una tropa de sicarios que se dedica a reiterar la condena de que es objeto el trabajo desde el inicio del seminario por parte de los popes que dirigen eso que llaman, mal, «seminario de investigación». No daré nombres, pero estoy seguro de que al leer esto bastantes de mis colegas españoles se sentirán aludidos, unos por haber pasado por esa «novatada», otros por ser practicantes habituales de ellas.

Todo esto da lugar curiosamente a una sensación o queja muy extendida entre los académicos más comprometidos con la marcha de la disciplina, y desde luego entre los más inquietos, que se escucha a menudo en conversaciones entre colegas, sobre todo cuando se hace balance de congresos: «Es que no hay debate». Estoy de acuerdo en que se discute poco la obra ajena en España, pero el termómetro de esto no son los congresos […].  Es muy difícil discutir en condiciones en un congreso, más aún hoy en día, en que los congresos se han convertido en cualquier cosa menos una actividad intelectual: son actos académicos, qué duda cabe, pero no de debate intelectual; todo lo más en ellos se presentan resultados de la investigación, pero no con afán de discutir: o sí, con afán de reducir el ámbito de la discusión a los veinte minutos de preguntas del público. Eso no es debatir […]. En general en España lo que hace la gente en los congresos es cerrar acuerdos sobre asuntos ya en marcha o establecer relaciones nuevas con colegas, a los que se aprovecha para invitar a actividades del grupo propio, a comisiones de contratación, tribunales de tesis y cosas del estilo. Todo lo que implique extender relaciones de poder se efectúa en los congresos, en cuyos pasillos es donde normalmente se dirimen los destinos de carreras académicas enteras, donde no sólo se consagra la inclusión y exclusión en la comunidad, sino donde se negocian y renegocian los estatus y en general el reconocimiento.  

[…] En cambio el lugar adecuado para el debate son los textos, los artículos y libros que se publican, y que dejan además la marca documental acerca del cuándo, el dónde y el contexto en el que se ha producido el debate. Cuando se produce.

[…] Vuelvo ahora entonces sobre la cultura de la cita en el mundo académico español. Cuando comenzaron a hacerse públicos los índices de citas, la idea era servirse de ellos para conocer la recepción de una determinada obra, tesis o línea de reflexión en la comunidad de pares procedentes del mismo campo; también para hacerse una idea de la capacidad de una perspectiva o categoría de desbordar los límites de la disciplina y servir de fermento para renovaciones analíticas en otras. Eso es algo que me enseñaron a hacer en Estados Unidos de manera práctica empleando los anuarios del ISSCI (International Social Sciences Citation Index), que entonces se editaban aún en papel: a fijarme en un artículo especialmente relevante de un sociólogo o antropólogo y reconstruir a partir del índice los contornos del debate académico que había provocado en el corto y el medio plazo. La utilidad del recurso era realmente manifiesta, y uno llegaba a recomponer las piezas de toda una discusión en la que podían participar, en ocasiones sin ser plenamente conscientes de su impacto, autores muy diversos y con intereses muy variados que entraban todos a escrutinizar los problemas, las deficiencias o las discrepancias con un enfoque emergente concreto […]. Recuerdo que en aquel tiempo saqué adelante dos textos organizados básicamente a partir de la reconstrucción de debates que efectué siguiendo las citas de unas pocas obras […]. No tengo claro que los índices sigan desempeñando esta función […] desde luego en el mundo académico español que conozco han dejado de tenerla desde el momento en que se han convertido en puros listines donde los investigadores van a buscar cuántas veces ha sido citada la obra propia. Esto es realmente llamativo teniendo en cuenta que no me consta que hayan llegado nunca a desempeñar una función de consulta bibliográfica de consideración sobre la obra de otros autores.

[…] Lo habitual entre los académicos españoles es no citar las obras del contrario y, cuando lo hacen, despacharlas en alguna nota al pie, por otro lado, cargada de valoración negativa; no suelen confrontar las visiones e interpretaciones que no coinciden con la propia, menos aún cuando ello implica discutir con autores que han puesto ésta abiertamente en cuestión. Y normalmente sin contra-argumentar: se trata de evidenciar una mezcla de menosprecio o desdén por la crítica y de desacreditar en concreto la posición del contrario, distorsionándola o restándole entidad […]. Muy a menudo lo que se hace es identificar al crítico con una determinada catadura moral o sesgo ideológico que supuestamente lo desacredita de antemano como interlocutor, o presentar el enfoque contrario como obsoleto; o apilar otras autoridades en su contra, como si por referir a terceros la cuestión quedase zanjada. 

Destacan especialmente los especialistas en la República y la Guerra Civil, que ni se citan mutuamente ni menos discuten las aportaciones del contrario, quien es despachado de antemano como un interlocutor no válido porque al parecer su trabajo no es «científico». Lo curioso es que cualquier lector medianamente informado y crítico verá con rapidez que quien blasona de método científico suele ser el que menos motivos tiene para hacerlo.

A esta forma de no debate y no razonamiento la llamo «escolástica» por su evocación de las maneras que la cultura moderna española ha heredado de las retóricas de la época de la Contarreforma, cuando las autoridades imperiales aprendieron a responder a las acusaciones de abusos de poder de todo tipo tratando de zafarse con toda suerte de juegos retóricos. La carga anti-política o de desactivación de lo político que tiene este procedimiento está fuera de duda. Sus recursos son sin embargo abundantes, aunque no por ello menos espurios: la reducción al absurdo del argumento contrario, el silogismo extemporáneo, la mezcla de discursos incoherentes entre sí, pero efectistas, la proliferación de autoridades, la confusión consciente de niveles de discusión… Por debajo de toda esta economía política, como también de la postura entre muchos nostálgicos de eso que llaman «debate», se insinúa un imaginario de Juicio Final también muy característico de mis antiguos colegas de trabajo españoles. La idea se ha escuchado repetidas veces: «Menudo varapalo le ha dado Zutanito a Menganito», como si esa crítica, por el hecho de producirse, condenase al autor y su obra, independientemente de su contenido. Recuerdo que durante un tiempo algunos colegas y yo nos dedicábamos a espetar a este tipo de comentarios: «Ah sí, ¿me podrías reproducir los argumentos que conforman ese “varapalo?” …». Muchas veces no había respuesta.

[…] Un estudio etnometodológico que simplemente describiera, al estilo de como lo haría un entomólogo, la casuística de tropos y mecanismos discursivos que se despliegan en algunos de los mal llamados «debates», permitiría detectar algunos de los problemas menos visibles pero más enquistados del modo español de discutir en público. 

[…] Lo más elemental ha ido quedando escamoteado. Que la obra propia sea sometida a crítica, y a una crítica meticulosa y prolija, por negativa o demoledora que sea, es toda una medida del valor de dicha obra. Hace años, en un texto que firmamos varios colegas a propósito de una polémica pública sobre la ideología de los profesores universitarios españoles, escribimos que la calidad de una comunidad académica se mide por los «mentís» y las desautorizaciones que los miembros están en condiciones de darse unos a otros por razón de las obras y resultados ajenos. Esto me sigue pareciendo una máxima elemental que debiera presidir la actividad intelectual de los académicos. La otra es evitar centrar la crítica en una obra o una línea cuando uno no tiene intención de ofrecer una propuesta alternativa; menos hacerlo con un autor en concreto cuando no se está dispuesto a contraponer una forma entera de operar asimismo alternativa. 

[…] Yo me eduqué en esa otra tradición, que finalmente en la academia española posfranquista no ha terminado de asentarse. Y eso que mi experiencia de aprendizaje fue con obras publicadas en castellano, disponibles entonces en las bibliotecas universitarias y que los profesores incluso nos hacían leer […]. Recuerdo muy en concreto el impacto que causó en mí leer un libro de Perry Anderson, allá por mediados de los años ochenta, que se titulaba en inglés Arguments within English Marxism, es decir, Polémicas dentro del marxismo inglés […]. No sé si entiende bien el motivo de mi sorpresa: ver a autores que pertenecían los dos al mismo campo, el de la teoría social y sus relaciones con el conocimiento histórico, y además a la misma «escuela» o línea de reflexión, el materialismo histórico, dedicar su tiempo a polemizar entre ellos, discutir abiertamente las tesis del contrario, cuando precisamente compartían bastantes supuestos de partida y seguramente muchas de las opiniones acerca de la función del conocimiento para la transformación social y política, acerca de la situación de la disciplina académica de la historia, acerca, en fin, de otras interpretaciones contendientes; ver o leer, repito, esa polémica entre quienes desde fuera aparecían sin duda como cercanos y afines, me influyó profundamente. Sólo más tarde comprendí que una actitud así no forma parte inherente de ningún paradigma: no es un atributo del marxismo, sino que es un producto cultural, tan contextual históricamente como volátil, y amenazado, como salta a la vista al comprobar lo que ha sucedido en la universidad española posfranquista, donde apenas sobrevive como una especie animal en permanente peligro de extinción. 

[…] Han pasado los años, y ahora es más difícil acordarse de ese libro de Perry Anderson,que para empezar fue publicado en España con el título cambiado, seguramente para hacerlo atractivo entonces, pero que hoy lo deja desfigurado: Teoría, política e historia, y sólo en el subtítulo Un debate con E.P. Thompson. Por el camino, La formación histórica de la clase obrera en Inglaterra ha sido reeditado aprovechando el enorme tirón que tienen en el contexto actual algunos clásicos que abordan las grandes transformaciones de la modernidad. Porque el libro de Thompson es, sin lugar a dudas, un «clásico»: lo que sucede es que lo es sobre todo por la altura de las críticas que ha recibido, y que lo convierten en un texto seguramente preñado de intuiciones, pero muy deficitario tanto en el terreno teórico como en el empírico […]. No tengo nada que objetar a esas nuevas ediciones de esa obra, salvo que vienen a hacer tabula rasa de aquello que constituye la verdadera riqueza de la contribución de Edward Thompson: los valiosos debates que produjo al ser publicado su libro, en torno de los cuales entre otras cosas el materialismo histórico se renovó profundamente… pero para en ese mismo proceso sentenciar al baúl de la historia el relato contenido en La formación histórica. Todo eso desaparece al publicarse una nueva edición del libro “desnuda”, descontextualizada, desmemoriada: es como tener que volver a empezar desde cero. Salvo para quienes conocemos el alcance de esa crítica en su día formulada y podemos librarnos del embrujo fácil que produce toda narrativa histórica bien trabada y no sometida a escrutinio crítico.

[…] Así que ahora cuando veo a gente joven, estudiantes o no, con el libro de Thompson en la mano, devorando esa narración tan sugestiva como problemática sobre los orígenes de la clase obrera inglesa, pienso en la suerte que tuve en leer en su día la implacable diatriba de Perry Anderson, en la que deshacía uno por uno los supuestos y las categorías con las que Edward Thompson había edificado su narrativa. Hay pocas situaciones que me produzcan tanta sensación de libertad […].

[…] Las polémicas sobre el conocimiento del pasado en el Reino de España son diferentes, mucho. Lo que me lleva a abordar una última dimensión fundamental en esa economía política de la discusión intelectual en una democracia que se precie, que es la función crucial que efectúan los editores, las editoriales, en la traslación hacia fuera de las polémicas internas al mundo académico. Unos editores sólo interesados en el mercado no harán sino devaluar la oportunidad de poner ante los lectores obras de calidad; pero si además no tienen en cuenta el contexto de polémica en el que se insertan las obras que publican, distribuirán sobre los lectores materiales acríticos y contribuirán a la reproducción de autoridades inmerecidas.

 […] Pero si todo esto es de alguna importancia no es porque nos deba preocupar demasiado la salud mental de los profesionales de la cultura: al fin y al cabo, es a ellos a quien corresponde velar por ella y cuidarse de entrar, como suelen hacer, en querellas personales y ambiciones privadas desmesuradas. La importancia se encuentra en el reflejo de su actividad sobre la esfera de opinión pública, porque esa ya nos afecta a todos. Los públicos tendemos a reproducir los malos hábitos de nuestros publicistas. 

[…] Termino con un ejemplo de esto. Recientemente me he topado con una nota en el periódico El País sobre un libro recién publicado por Germán Labrador acerca de la cultura juvenil radical durante la transición. El texto, firmado por Javier Rodríguez Marcos, no llega a la categoría de crítica de libros, ni siquiera por extensión. El autor no entra en el contenido del libro más que para señalar asuntos marginales, sin acometer una crítica; sólo maldice, sólo denuesta, sólo sentencia: el libro es en su opinión decepcionante, y eso es todo lo que merece ser dicho de él. Pero además lo hace de una manera que, para un lector medio, resulta críptica, casi indescifrable. Ello es porque está escrito desde la pulsión por enquistar, en lugar de abordar, una polémica que tiene su origen fuera de la esfera pública, en el campo académico: es la larga sombra de personalidades de ese universo la que en última instancia mueve la mano de este supuesto «crítico», quien sólo escribe para reproducir una estructura académica de clanes y extender su lógica de enemistades declaradas sin haber jamás dialogado. La responsabilidad recae también, qué duda cabe, sobre unos medios de comunicación que desvirtúan no sólo la función de la crítica sino la definición de lo público, al prolongar los vicios del poder corporativo académico más allá de sus fronteras, sobre unos lectores a los que se rocía con argumentaciones que despistan y oscurecen el contenido de la obra tratada, y a los que en realidad se menosprecia, porque el texto no va dirigido a ellos sino a las huestes propias y al mentor de turno. En ese escenario de tintes coloniales es donde se sigue reproduciendo el debate escolástico español. 

 

Leave a Comment