LA CHICA DEL LIBRO

La chica del libro

Marina Solís de Ovando 


—Y en ese mundo —dijo mi profesor de filosofía—, los libros están terminantemente prohibidos.

La simple idea me produjo un espantoso escalofrío. Mi profesor estaba hablando del concepto de antiutopía en una clase de primero de bachillerato, y de las tres novelas más importantes que habían abordado ese concepto a lo largo del siglo XX: 1984, Un mundo feliz, y Fahrenheit 451. Esta última era a la que hacía referencia en aquel momento concreto. Ninguna de las tres ambientaciones que había descrito me habían gustado, por supuesto; pero el planteamiento de un sistema que aceptase la posibilidad de que no se pudiera leer ningún libro por la razón que fuera me pareció, a distancia, el más espeluznante de todos. Pero también, —tal vez para huir de ese horror— activó una palanca en las profundidades de mi cerebro, provocando que me subiera en esa magnífica máquina del tiempo llamada memoria que tenemos los seres humanos, y retrocediera hasta encontrarme, frente a frente, con aquella chavala de ocho años sentada en las escaleras de un patio escolar, con los ojos clavados en La historia interminable.

 Esa chavala llevaba una pequeña cantidad de tiempo, inestimable a ciencia cierta, preguntándose con cierta extrañeza por qué no era como todos y todas las demás; por qué, en general, prefería la soledad a la compañía (sobre todo si se trataba de grandes masas infantiles), por qué no le hacía mucha gracia jugar a las cosas que las personas de su edad jugaban (sobre todo las chicas, pero tampoco es que el fútbol fuera una locura para ella), y por qué, a diferencia de casi todo el mundo que conocía, le gustarían más las clases que el recreo. Sería absurdo negar que aquellas preguntas provocaban en esa chavala muchas sensaciones que estaban lejos de la relajación a la que es común referirse cuando se recuerda la infancia; estaban más próximas al miedo, a la inseguridad, y, sobre todo, al sombrío convencimiento de que este mundo y ella no estaban sincronizados.

Y, sin embargo, a pesar de todo, esas sensaciones no se convirtieron jamás en las protagonistas de su vida: no asolaron su mente como si fueran un tanque de nitrógeno, ni le cerraron las puertas a una existencia inmensamente divertida y a un hilarante anecdotario. ¿Por qué? Bueno, como siempre, hubo más de un guerrero en el bando correcto: pero sería injusto negar el mérito que tuvo el batallón de los libros en esa gesta. Porque, entre todas las cosas por las que esa chavala sentía una pasión desbordante, los libros también formaban parte de sus «diferencias» con el mundo (al fin y al cabo, no a mucha gente le fascinaban como a ella). Pero los libros eran, sencillamente, demasiado buenos como para significar nada malo. Puede que ella fuera distinta de los demás por leer mucho, pero esa fue una diferencia que nunca le inquietó: aquello no podía ser un problema. Y si ser diferente en ese sentido no era un problema, ¿por qué iba a serlo en cualquier otro?

Así se construyó la más increíble fortaleza, que era a la vez armadura y espada contra el desánimo y el aburrimiento. Sobre esa fuerza invisible se erigió el camino en el que esa misma chavala, al llegar su adolescencia, lamentaría junto a sus mejores amigos que los nuevos libros de Harry Potter siempre salieran en exámenes; un camino que llegaría hasta su casa familiar de Santiago de Chile, donde el famoso Silmarillion de Tolkien se iba a evaporar en el efímero e injusto período de siete días; un camino que saldría de aquellas escaleras del colegio para subirse al tren de cercanías en dirección a la Facultad, donde las horas de viaje eterno se rellenarían con miles de puzles detectivescos entre páginas infinitas de novela negra, o con la angustia desértica de las historias de la depresión norteamericana; un camino en el que otro de sus amigos la convencería de cargar juntos una estantería abandonada hasta su casa, con el argumento premonitorio de «créeme, tú vas a llenar esta estantería en dos días»; un camino que llegaría hasta ese bar rockero de Vallecas donde sería apodada, con épicas resonancias, «la chica del libro».

Apenas tardé un día, después de aquella clase de filosofía de primero de bachillerato, en buscar Fahrenheit 451 y devorarlo; en cambio, sí tardé unos años más en leer la conmovedora historia que había detrás de su creación, la historia de un Ray Bradbury sin dinero suficiente para estudiar una carrera universitaria, pero encandilado por esas bibliotecas gigantes que había en el edificio académico. Un Ray Bradbury aquejado de una incurable sed de libros, enganchado a ellos sin tiempo para dar explicaciones, que pasó casi todos sus días y, sobre todo, sus noches, en las bibliotecas públicas, donde escribió el relato que lo tenía obsesionado y que terminó siendo Fahrenheit 451. Una épica historia de amor por los libros, un clamor desesperado por la salvación de los libros en tiempos de furia y fuego, un recordatorio feroz de que el hombre no es nada sin su memoria, como la Humanidad no es nada sin sus libros.

La verdad es que no sé, compañera, tocaya del pasado, amiga en miniatura —te advierto de que tampoco vas a crecer mucho más, lo siento— si ya has entendido que tienes una armadura que nadie puede quitarte, que los libros se han asegurado de que todo, absolutamente todo, vaya bien. Pero por si acaso aún te lo preguntas, te lo quiero garantizar desde este acuoso e impenetrable territorio que es el futuro. Porque es verdad que no eres la chica más normal del universo. Pero, aunque a veces eso resulte cansado, la batalla parezca cruel y el mandato de la gente normal se torne insufrible, no te preocupes, que vas con los buenos. Vas con Bradbury, con los libros y con las bibliotecas. Estás del lado que empuja al mundo a convertirse en un lugar mejor, de una forma u otra. Y no eres la única. Y vais a vencer.

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